La discriminación “sin querer”

A los economistas nos encantan tener explicaciones racionales para todo. Según los últimos datos de la OECD, en España las mujeres que trabajan ganan de media un 8% menos que los hombres. ¿No parece demasiado, no? De hecho si miramos a simple vista las diferencias de salarios entre hombres y mujeres en España con respecto a la OECD no estamos tan lejos de países ejemplares como Dinamarca o Noruega. El problema de esa conclusión es que en realidad estamos comparando peras con manzanas y no hombres y mujeres con trabajos y características similares. Estos ajustes son necesarios para describir la verdadera brecha de género.

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En España, la participación laboral femenina es relativamente baja y por consiguiente las mujeres que deciden trabajar son aquellas que van a ganar salarios mayores. Si voy a ganar 1,000 euros al mes y hay que invertir la mitad en la guardería y canguros porqué mi pareja gana más que yo, pues casi mejor me quedo en casa, ¿no?

Así pues,  para el caso español el gráfico compara los salarios de la mayoría de hombres en edad de trabajar con las mujeres que son más productivas en el mercado laboral. De hecho, Claudia Olivetti y Barbara Petrongolo comparan países de la OCDE y muestran como esta brecha de género cuando tenemos en cuenta esa auto-selección en características tales como la educación en el mercado laboral español prácticamente se duplica hasta llegar casi al 20%.

Sara de la Rica emplea datos aún más completos para el caso español al estimar la brecha salarial entre hombres y mujeres de la misma edad que trabajan en la misma empresa y ocupación y calcula que es del 14%.

Aquí ya viene cuando se nos acaban un poco los recursos estadísticos. Si estamos comparando a un hombre y a una mujer tan similares, ¿porqué las mujeres cobran menos?

Me voy a centrar en una posible teoría. Creo que a menudo nos topamos con lo que suele ser una forma de discriminación sutil e inconsciente a la que seguramente todos hemos sucumbido en algún momento y para la que debemos hacer un ejercicio consciente para combatir.

Esta discriminación “sin querer” puede empezar de muy joven. La carrera que uno quiere llevar a cabo depende en gran parte de las asignaturas que podemos escoger en el colegio. Un estudio de Victor Lavy compara las notas que dan los profesores de primaria a los estudiantes con las de exámenes similares en los que no saben quién es el autor del examen. Los profesores que cuando saben el nombre del estudiante tienden a dar peores notas a niñas, (probablemente inconscientemente), es menos probable que éstas escojan más adelante asignaturas que faciliten el acceso a carreras científicas mejor pagadas. Así pues, la concepción que uno (o los demás) tiene sobre nuestras capacidades numéricas puede tener un impacto en la productividad a largo plazo.

Y desgraciadamente no parece que sea algo generacional de profesores anticuados porque los más jóvenes también pecan en sus valoraciones: los alumnos valoran peor a profesoras mujeres. En un experimento en un curso universitario virtual en el que lo único que cambiaba era el nombre del profesor, las evaluaciones de los alumnos eran sistemáticamente peores si el nombre del profesor era mujer independientemente del contenido o interacción virtual.  Y para muchos académicos su continuidad y salario dependen en parte de la valoración de estudiantes.

Irónicamente, a pesar de estar citando mayoritariamente trabajos llevados a cabo por economistas, nuestra profesión no sale muy bien parada. En un trabajo reciente, Heather Sarsons, una estudiante de doctorado en la universidad de Harvard, demuestra que cuando las profesoras universitarias llevan a cabo artículos de investigación con hombres, es menos probable que se les conceda un  ascenso que a sus co-autores masculinos a pesar de tener el mismo CV. Es decir, a no ser que el trabajo sea puramente individual (cosa muy poco común fuera y dentro de la academia), el mérito común se lo suelen llevar ellos.

Quiero seguir pensando que estos sesgos son inconscientes. Al fin y al cabo, muy pocos reconocemos que discriminamos a propósito. De hecho es más fácil identificar y luchar con la discriminación evidente que contra algo prácticamente intangible.  Nos toca entonces preguntarnos si antes de juzgar una acción o hecho nos hemos esforzado en separar lo que vamos a juzgar de la cáscara del interlocutor, ya sea ésta su género, edad, origen de nacimiento, timidez o aspecto físico. ¿Reflejan nuestras acciones juicios preconcebidos? ¿Nos aseguramos que en una reunión hemos escuchado la opinión de todos, de los que hablan más o menos? ¿Hemos pisado a alguien con nuestra agresividad? ¿Estamos pagando más sólo a los que negocian mejor o a los que realmente se lo merecen? ¿Valoramos a las mujeres en política por la calidad de sus discursos?

Pongamos como ejemplo a Betsey Stevenson y Justin Wolfers.  Ambos son economistas y una pareja mediática en EE.UU. muy consciente de esto sesgo involuntario. Justin reconoce que a pesar de trabajar juntos y compartir responsabilidades, a menudo los periodistas se equivocan y siempre a su favor ya sea dándole más crédito, refiriéndose a él como doctor y a ella como señora o sencillamente ignorando su participación en estudios conjuntos. 

Por otro lado, Betsey dejó la carrera académica temporalmente para trabajar como asesora para la Casa Blanca y durante esa etapa pudo comparar las diferencias de trato entre instituciones. En una entrevista durante su visita a Australia,  describía cómo sus opiniones parecían más válidas en las reuniones gubernamentales que en las académicas. Ella lo atribuye al esfuerzo constante por parte de sus compañeros de cámara para reconocer el sesgo involuntario de genero durante sus interacciones.

Aunque me frustra no poder medir hasta qué punto esta teoría explica la brecha salarial en España, mi intuición me dice que ahí tenemos una clave. Sí, es cierto que uno tiene que reivindicar lo que le corresponde, pero eso no es siempre fácil de hacer. En realidad, debería costar menos reflexionar si hemos tratado a todos por igual. No porqué hayamos discriminado “sin querer” somos inocentes. Es por ello que es deber de todos hacer un esfuerzo de reflexión consciente y constante para averiguar si nuestros juicios de valor y acciones perjudican el mérito de los demás.

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1 Comentario

  1. Manuel
    Manuel 05-13-2016

    El filósofo de la ciencia, y didacta Geere, en el año 1998, ya nos dice que el nivel de aceptación de una nueva teoria científica por la comunidad científica, es segun el status social y el sexo del emisor de la nueva teoria científica.

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