La digitalización de España: ¿debemos preocuparnos?

El interés y la preocupación por lo digital se ha incrementado en los últimos años, tanto en España como en el ámbito internacional. Para unos, el interés proviene de su impacto en la economía y de su capacidad para generar mejoras en la productividad y en el crecimiento económico. Para otros, la preocupación surge por los riesgos que conlleva un desarrollo descontrolado sobre nuestros derechos y por la presión que ejerce sobre el aumento de las desigualdades. La mayoría de las personas comparte aspectos de ambas visiones y están convencidas de la necesidad de un desarrollo vigoroso que impulse un crecimiento económico inclusivo, a la vez que reclaman medidas para mitigar sus posibles efectos negativos sobre el empleo, el reparto de la riqueza y los derechos ciudadanos. A todos les une el interés por conocer el nivel real del desarrollo digital de la economía y la sociedad para elaborar juicios fundamentados y realizar propuestas viables.

La dificultad de medir el desarrollo digital

Sin embargo, medirlo no es una tarea fácil, sobre todo si queremos ser precisos y objetivos. Dependiendo de a quién escuchemos, al menos en España, podríamos pensar que somos un país retrasado y que volveremos a perder, de nuevo, el tren de esta nueva revolución tecnológica; o que somos un líder mundial y la envidia del resto del mundo. Defensores de una y otra posición encontrarán indicadores oficiales para sostener ambas afirmaciones.

La dificultad principal proviene de qué se entiende por ‘desarrollo digital’. Indicadores relacionados con digitalización hay para todos los gustos, pero lo que no hay es consenso sobre cuáles usar para medir este fenómeno, algo que se deriva de la inexistencia de una teoría sólida sobre en qué consiste. Si a esto se une el carácter subjetivo de algunos de estos indicadores, el cóctel explosivo está servido.

En estas circunstancias, por desgracia, cualquier debate público suele transformarse en un intento por justificar prejuicios: unos intentarán demostrar que estamos muy bien –y apuntarse de manera indirecta este éxito– y otros que estamos muy mal –y, de paso, hacer al otro responsable de lo mal que estamos.

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Los interesados en destacar nuestras excelencias se desviven por encontrar en qué indicadores salimos bien, importando poco la relevancia de los mismos, y por buscar las debilidades de aquéllos en los que salimos mal. Para estos, la unidad de comparación no será con los países más avanzados, sino con la media de la Unión Europea o con países semejantes en tamaño, según convenga. Y viceversa.

En los debates públicos y en los estudios académicos se han usado todo tipo de indicadores como medida del desarrollo digital de un país: el porcentaje de hogares con conexión a Internet; el de personas que se conectan; el de quienes usan la banca electrónica, leen la prensa digital, usan las redes sociales; el porcentaje de empresas con webs, de las que venden en Internet; de las personas que compran en la red o de las que realizan electrónicamente trámites con las administraciones públicas. Centenares de indicadores con sucesivas subdivisiones que hacen siempre posible encontrar alguno que favorezca nuestra tesis favorita.

Avances en la medición

Afortunadamente, se ha avanzado en el conocimiento de los vectores que impulsan la revolución digital y se ha afinado en los indicadores que podían dar una medida más real de su desarrollo. Hemos aprendido, por ejemplo, que las infraestructuras son básicas para permitir el desarrollo tecnológico; pero también que éstas sólo muestran su utilidad cuando son usadas por los ciudadanos, empresas y administraciones públicas; y que su valor aumenta de manera exponencial a medida que más se utilizan. También hemos aprendido que emplear unos pocos indicadores no refleja adecuadamente el nivel del desarrollo digital de un país.

La Comisión Europea intentó resolver este problema en 2014, diseñando un índice sintético denominado DESI (Digital Economy and Society Index) que integra los resultados de un conjunto extenso de indicadores y que se está consolidando como referencia. No es el único que existe, pero presenta algunas ventajas indudables: se elabora a partir de indicadores objetivos, no sometidos a valoraciones personales; existe un control férreo que garantiza su objetividad; permite comparar la evolución en el tiempo de todos los países de la Unión Europea; los indicadores y el procedimiento de elaboración son públicos y, por tanto, sus resultados replicables.

También presenta algunas debilidades: no existe para fechas anteriores a 2014; no permite establecer comparaciones con países que no pertenecen a la Unión Europea; la importancia que concede a cada apartado para construir el índice global puede no coincidir con la que cada país o cada experto considere más relevante y puede que los grandes epígrafes dejen fuera aspectos relevantes. Pero es lo más avanzado que tenemos por ahora.

El DESI actual se construye a partir de cinco grandes bloques que miden, respectivamente, el nivel de conectividad digital del país; el porcentaje de usuarios de internet y las competencias digitales de la ciudadanía; el tipo de uso que hacen los internautas; la digitalización de las empresas y de las administraciones públicas. Se puede alegar con razón que quedan fuera elementos importantes que deberían tomarse en consideración para tener una fotografía más nítida, pero se debe admitir que ya presenta un nivel de resolución destacable para poder hacer comparaciones entre países, entre áreas y en su evolución temporal.

Así pues, usando los indicadores individuales hasta 2014 y el DESI a partir de 2014 es posible elaborar una descripción bastante precisa del desarrollo digital en España y de su evolución en relación con el resto de países de nuestro entorno europeo.

Aplicando estas simples reglas, se puede comprobar cómo en los últimos 10 años hemos pasado de estar en el furgón de cola del desarrollo digital en Europa a situarnos en la zona intermedia. Con datos de Eurostat, en 2007 sólo el 38,2% de los hogares españoles disponían de banda ancha, frente al 42,2% de la Unión Europea, y sólo el 43,7% de la población usaba regularmente Internet, frente al 51%.

En 2017, estas diferencias prácticamente se habían eliminado: el 82,7% frente al 84,7% y el 80% frente al 80,9%, respectivamente. En el caso de las empresas, en 2007 sólo el 48,9% de las pequeñas y medianas disponían de web frente al 62,7% de la UE, pasando el año pasado a una relación 76,6%-76,8%. En usuarios de la Administración electrónica, la situación ha ido más allá, invirtiendo la situación de partida: en 2007, en España solo el 31,3% se relacionaba con las administraciones públicas a través de internet; 10 años más tarde, los porcentajes fueron el 52,4% y el 48,8%.

A partir de 2014 se pueden usar las ediciones anuales del DESI para hacer comparaciones más precisas. En una escala de 0 a 100, en 2014 España se situaba ligeramente por debajo de la UE, en el puesto 16º con 43 puntos frente a 43,2. Desde 2015, España se ha situado de manera sostenida por encima de la media y en 2017 se situaba en el puesto 14º, con 53,7 puntos frente a 52,2.

Índice de economía y sociedad digital 2017Fuente: DESI

En 2006, con Zapatero al frente del Gobierno, se aprobó el Plan Avanza 2006-2010 con el objetivo de “converger con los países de la Unión Europea y de la OCDE en el acceso y uso de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones”. Esta meta se planteaba desde el convencimiento de que el desarrollo digital de España era claramente inferior al de la media europea, como bien mostraban los indicadores. Este plan tuvo su continuidad en el Plan Avanza 2.

En 2013, un nuevo Gobierno, con Rajoy al frente, aprobó la Agenda Digital para España, alineada con la nueva Agenda Digital para Europa, nuevos objetivos e indicadores para medir su cumplimiento. Es la vigente. Previsiblemente, a lo largo de este año tendremos una nueva Estrategia Digital para una España Inteligente, sobre cuyos pilares el Gobierno ya realizó una consulta pública a finales del verano pasado.

¿Qué ha ocurrido en estos años? ¿España ha convergido con Europa? ¿Ha dejado de ser una preocupación nuestro desarrollo digital?

Se ha conseguido plenamente converger con la media europea. El DESI indica claramente que la superamos por primera vez en 2015 y que desde entonces nos hemos mantenido sostenidamente por encima. Los datos del año pasado revelan también que, en relación con los países de un tamaño semejante, sólo Reino Unido y Alemania se encuentran mejor, y los germanos a corta distancia. No sería de extrañar que en 2018 podamos, incluso, superarlos, como ya hicimos con Francia en 2016.

Esto no significa que España esté más avanzada digitalmente que ambos países -las diferencias entre ellas son muy pequeñas, posiblemente menores que los márgenes de error- pero tampoco se puede afirmar lo contrario. Esto es importante destacarlo porque en 2006, cuando se aprobó la primera estrategia digital, estábamos claramente por debajo –a gran distancia– de la media de la Unión Europea. Doce años después, tras pasar por una profunda crisis económica y una dramática caída del empleo, España ha conseguido avanzar más en digitalización que la media europea, superándola y cogiendo a países que hace sólo unos años pensábamos que eran inalcanzables.

¿Significa esto que no haya que preocuparse por el desarrollo digital de España? Claramente no. Lo conseguido es un gran éxito, pero todavía estamos lejos de los países de cabeza y ni siquiera ellos piensan que ya esté todo conseguido. Las inquietudes de motivaban el interés de la ciudadanía por lo digital siguen sin encontrar todavía una respuesta satisfactoria y requieren de actuaciones decididas, tanto desde lo público como desde lo privado. Pero eso será objeto de otra reflexión.

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