La desigualdad: una verdad incómoda

En 2006, el político y, como el mismo se definió, “futuro presidente de Estados Unidos” Al Gore, conmovió al planeta con su documental ganador de dos Oscars “Una Verdad Incómoda”, en el que exponía con un lenguaje asequible y didáctico las causas y consecuencias del calentamiento global. El documental y su trabajo en pro de la concienciación y de la sensibilización sobre el cambio climático le sirvieron también para ser acreedor del Premio Nobel de la Paz, que compartió en 2007 con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático. Ambos eventos sirvieron para concienciar masivamente a la población sobre la importancia de luchar contra el Cambio Climático, y generar un movimiento de participación ciudadana que trascendió los muros del debate académico o de políticas públicas en el que se había confinado el fenómeno hasta la fecha. Había, sí, con anterioridad, campañas y trabajo de organizaciones ecologistas y de la sociedad civil, pero a partir de aquellas fechas el cambio climático se convirtió en parte de la agenda pública como no lo había sido antes.

Hoy, diez años más tarde, persiste en nuestra sociedad cierta sombra de duda sobre la realidad del cambio climático antropogénico. Es decir, que existe un aumento de temperaturas es innegable y existe un altísimo consenso sobre el mismo, pero que ese aumento de temperaturas esté causado por la acción del ser humano es todavía motivo de controversia. Y es motivo de controversia no por la falta de evidencias –abrumadoras- de la relación entre la emisión de gases de efecto invernadero y el incremento de las temperaturas, sino porque subsiste un pequeño pero importante grupo de científicos que dedican una parte importante de sus esfuerzos a negar, matizar, incluso retorcer esas evidencias para establecer márgenes de duda que permitan ensombrecer el debate público y entorpecer o retrasar decisiones vitales. Las relaciones entre los lobbies petroleros y este tipo de investigaciones está probada (como se puede ver aquí y aquí) y sus argumentos suelen variar entre la inexistencia del cambio climático antropogénico (los datos no son correctos, no se utilizan las métricas adecuadas), la existencia de una conspiración internacional políticamente orientada (los gobiernos, generalmente), los escasos efectos reales que tendría el cambio climático (la adaptación será menos costosa que la mitigación), o el enorme coste que significaría luchar contra él (en términos de empleo y bienestar). El negacionismo climático tiene también sus stars (como Bjørn Lomborg) y sus redes de difusión sociales plenamente activas. El objetivo de estos trabajos es hacer aparecer ante la sociedad como opiniones lo que son evidencias físicas.

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Merece la pena tener presente este debate, nacido en la ciencias “duras” (física y química) en un momento en el que se abre paso ante la opinión pública un fenómeno mucho menos tangible y cuya medición, interpretación y conocimiento está, hasta el momento, sometido a las limitaciones propias de las ciencias sociales: la desigualdad económica y social.

Por qué las sociedades son desiguales ha sido siempre motivo de reflexión para los científicos sociales, que han dado las más variadas explicaciones al fenómeno con toneladas de bibliografía, pero hemos de reconocer a Thomas Piketty y a su libro “El capital en el Siglo XXI” el mérito de volver a situar este fenómeno en la agenda pública. En paralelo a su aparición, otros economistas y científicos sociales han tratado de explicar la desigualdad, sus dimensiones y sus  consecuencias, destacando el trabajo de Branko Milanovic, Richard Wilkinson o el laureado con el premio Nobel de 2015 Angus Deaton. Otros estudios se han publicado en el Fondo Monetario Internacional, la OCDE, o el Banco Mundial. A este trabajo intelectual cabe añadir los esfuerzos de sensibilización y comunicación desarrollados recientemente por OXFAM o en España por la Fundación Alternativas. En este mismo espacio, Agenda Pública, se ha tratado con profusión el tema.

Tratar la desigualdad, su medición, su correcta interpretación de causas y consecuencias es un tema incómodo, y, como en el caso del cambio climático, no faltan voces que pretenden construir una “alternativa negacionista”, que alcanzó su mayoría de edad con las reacciones al trabajo de Piketty, y que de manera regular aparecen en los medios de comunicación en forma de artículos de opinión o incluso de informes aparentemente basados en evidencias.

Las argumentaciones en relación con la desigualdad, en términos discursivos, no son diferentes a las utilizadas en el campo del cambio climático: las estadísticas son erróneas, las evidencias no recogen este u otro aspecto de la realidad, los efectos de la desigualdad no son tan graves, o sencillamente se trata de un alarmismo políticamente orientado. La mayoría de estos informes y artículos de opinión serían rápidamente desechados por cualquier científico social mínimamente formado, pero hace falta cierto adiestramiento para destapar algunos de los argumentos utilizados.

Citemos algunos ejemplos. El primero, el argumento de que la desigualdad en consumo es menor que la desigualdad de rentas. Se utiliza el indicador del coeficiente de Gini –indicador que mide el grado de desigualdad en la distribución de una variable- sobre el consumo en vez del comúnmente aceptado indicador sobre la renta. Dado que la desigualdad sobre el consumo es menor que la desigualdad sobre la renta, y el consumo es mejor indicador del bienestar que la renta, las desigualdades sociales son menores de lo que nos transmiten los informes de desigualdad. A modo de ejemplo. Bill Gates percibe anualmente una renta, supongamos, de 10.000 millones de dólares, y yo de 10.000 dólares. Desde el punto de vista de la renta, es un millón de veces más rico que yo. A lo largo de un día cualquiera, Bill Gates se toma un café, come, compra un libro y cena –supongamos que en un restaurante de lujo. Su consumo diario ha sido de 1000 dólares. Yo me tomo un café, como, compro un libro y ceno en casa. Mi consumo ha sido de 20 dólares. La desigualdad en el consumo se ha reducido a que Bill Gates consume sólo 50 veces más que yo. Ergo nuestra diferencia de bienestar no es tan alta como la marcada por la renta.

Este ejemplo supone un retorcimiento de los principios básicos sobre los que se realiza la ciencia social, en la medida en que obvia lo que sabe cualquier estudiante de primero de economía: que la propensión marginal al consumo es menor que uno y que de cada euro adicional que ganamos, destinamos proporcionalmente más al ahorro que al consumo. Una persona pobre consume toda su renta y una persona rica consume sólo un porcentaje de su renta, ahorrando –y, por lo tanto, incrementando su riqueza patrimonial- una proporción mucho mayor de sus ingresos. (Este es, por otro lado, el argumento en contra del efecto distributivo de los impuestos indirectos sobre el consumo). Obviar el efecto que tiene sobre el bienestar, la seguridad, y sus rentas futuras el ahorro acumulado de Bill Gates es distorsionar intencionadamente la realidad.

Otro ejemplo, en este caso, más complejo: lo importante no es la desigualdad sino la pobreza, y durante el último siglo miles de millones de personas han salido de la pobreza. Fijémonos en la pobreza y no en la desigualdad. Es un argumento muy poderoso. Si comparamos los niveles de renta y pobreza de los últimos cien años, -por poner un período- el incremento global de bienestar es abrumador. Si ponemos nuestra vista en cien años atrás, todavía más. Una persona de clase media hoy tiene mucha mejor calidad de vida que Luis XVI o que la Reina Victoria. Vive más tiempo, tiene acceso a recursos que no tuvieron los personajes más poderosos de hace apenas unas decenas de años, su salud y su educación es, probablemente, mucho mejor. Por lo tanto, no cabe preocuparse por la desigualdad. Este argumento suele completarse con la idea de que las medidas de pobreza que manejamos son relativas –en concreto, se considera pobreza monetaria aquella por la que una familia o persona recibe menos del 60% de la renta per cápita mediana de un país o economía- y que por lo tanto, quien es pobre en Luxemburgo no lo sería en España.

Esta “familia de argumentos” obvia que las mediciones de la pobreza y la desigualdad son, en sentido estricto, siempre relativas. La alternativa a la medición de la pobreza monetaria como porcentaje por debajo de la renta mediana de una economía es la determinación de una cesta de productos mínima por debajo de la cual la vida humana se vuelve imposible o indigna. El inconveniente de utilizar esa definición de pobreza es que requiere elegir qué forma parte de esa cesta de productos. La “cesta de productos” necesarios para una vida digna en 1900 no es la misma que la “cesta de productos” en 2016. El umbral de una vida digna viene dado por la frontera de posibilidades de producción: cuando más lejos se encuentre alguien de esa frontera, más pobre será. Por lo tanto, medir la pobreza en términos “absolutos” supone en realidad una medida relativa: relativa a la producción de una economía. En su magnífica obra “La Riqueza y la pobreza de las Naciones”, David Landes cuenta como el millonario Nathan Roschild murió probablemente de una infección de estafilococos, bacteria cuyo principal enemigo es el jabón de manos y la higiene personal. Decir que Roschild era pobre porque vivió en una era donde no se conocían las virtudes de lavarse las manos es sencillamente absurdo. La riqueza y la pobreza son términos relativos a las capacidades de producción y de bienestar existentes en una economía o sociedad en un momento dado. Siempre, sin excepción.

En cualquier caso, los indicadores como el coeficiente de Gini, el ratio 80/20, o el indicador de pobreza monetaria relativa no son sino algunos de los que se utilizan para medir el incremento en la pobreza y la desigualdad. De hecho, el indicador que utiliza la Unión Europea es un indicador sintético que recoge además de la pobreza monetaria, las privaciones materiales realmente existentes, como la dieta, el acceso a calefacción o el poder disfrutar de al menos una semana de vacaciones al año. Todos y cada uno de estos indicadores avanzan en una misma dirección: es notorio y concluyente que en España se está incrementando la pobreza y la desigualdad. Sostener lo contrario sin ruborizarse sólo es posible a través de someter dichos indicadores a un proceso de contorsión tal que desfiguraría el propio concepto de evidencia empírica (sumando o restando factores a antojo, por ejemplo, hasta encontrar aquella clave con la que contradecir años de investigación empírica sólida).

Son sólo unos ejemplos, que se podrían multiplicar, pero que exceden el objetivo de este post. Con todo, el incremento de las voces negacionistas del fenómeno de la desigualdad, sus causas y consecuencias, deberían llevar a los científicos sociales a encender las luces amarillas: los datos existentes sobre distribución de la renta y la riqueza son escasos, se recogen con no pocos problemas metodológicos –como se ha esforzado en demostrarnos en repetidas ocasiones el poco sospechoso de negacionismo Angus Deaton- y los trabajos sobre la misma, si bien están ganando en calidad de información y análisis, siguen muy dispersos. Quizá debiéramos pensar en promover un Panel internacional sobre desigualdad auspiciado por Naciones Unidas o el Banco Mundial, al estilo del ya citado Panel intergubernamental sobre cambio climático, que permitiera aunar metodologías, esfuerzos y establecer hechos concluyentes. Las resistencias intelectuales que ha debido afrontar el Cambio Climático nos avisan de la necesidad de extremar el rigor y la precisión en las mediciones y usos terminológicos. Si las ciencias “duras”, como la física y la química, se están encontrando con este nivel de resistencia por parte del negacionismo, las ciencias sociales deben extremar sus esfuerzos para evitar que el charlatanismo y la opinión infundada ensombrezcan un debate tan pertinente y serio como es el de la creciente desigualdad económica y social.

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1 Comentario

  1. Dubitador
    Dubitador 01-29-2016

    Disiento del concepto “ahorro”.

    Considero que solo puede considerarse ahorro lo que se detrae del gasto, de lo que se podria efectivamente gastar.

    Los millones de Gates no los puede gastar en nada efectivo y es muy diferente gastar que invertir o depositar a plazo y es totalmente diferente la inversion de alguien que apuesta una fraccion critica de su patrimonio que quien hace lo propio con un capital cuya perdida no supondria ningun efecto en su nivel de vida. Ademas el Banco de Inglaterra ha reconocido que la inversion, los creditos que la banca otorga, no tienen nada que ver con el nivel de ahorro, con el volumen de dinero que la clientela pone a su disposicion.
    http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/mar/18/truth-money-iou-bank-of-england-austerity

    Tambien suelo rechazar el concepto “familias” en los analisis econometricos, pues no veo que se pueda hacer efectiva separacion de aquellas “familias” cuyo poder economico equivale al de miles de familias.

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