La democracia se afianza en África Occidental

En una sucesión de acontecimientos inesperada, el pasado 21 de enero, Yahya Jammeh, presidente de Gambia durante 22 años, abandona el diminuto país rumbo a Guinea. Su marcha pone punto y final a la contestación de los resultados de las elecciones generales de diciembre, en las que Adama Barrow, candidato de una coalición de siete partidos de la oposición, resultó vencedor. Si a alguien hay que atribuir el mérito de tan feliz desenlace, es sin duda a la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO/ECOWAS). Combinando habilmente amenaza militar con diplomacia, la CEDEAO consiguió desalojar al dictador del Palacio Presidencial de Banjul sin derramar una sola gota de sangre.

Transición pacífica de poder

Como afirmó Obama recientemente en respuesta a cómo gestionaría la transición de poder al presidente electo Trump, la transición pacífica de poderes es uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad que se considere democrática. De esta manera, ningún país puede considerarse una democracia consolidada hasta que no se haya producido una transición pacífica de poderes como resultado de una contienda electoral. Aunque Jammeh se resistió a abandonar la presidencia, al no haber sido necesario el uso de la fuerza, tan solo la amenaza, sí que se puede hablar de una transición pacífica de poderes en Gambia. De hecho, en un primer momento Jammeh aceptó su derrota electoral sin paliativos. Sin embargo, una vez miembros del equipo del presidente electo Barrow apuntaron a que a Jammeh se le podrían llegar a pedir responsabilidades por los casos de abusos de derechos humanos cometidos durante su mandato, este cambió de posición. Escudándose en una serie de irregularidades que no habían afectado el resultado electoral, proclamó la invalidez de las elecciones y declaró el estado de emergencia.

Lo ocurrido en Gambia no se puede entender como un caso aislado, sino que es el reflejo de unos vientos democráticos que llevan años soplando en África Occidental. De este modo, Gambia se une a un nutrido grupo de países que han visto como las urnas desalojaban a líderes que hasta hace muy poco parecían eternos. Destacan los casos de Ghana y Nigeria. El 9 de diciembre, el mismo día en que Jammeh decidía no aceptar los resultados de las elecciones que se habían celebrado una semana antes, John Mahama, el presidente de Ghana, felicitaba al presidente electo Nano Akufo-Addo por haberle derrotado en unas elecciones generales. En cuanto a Nigeria, el año 2015 marcó un punto y a parte en la historia reciente del país. Ese año Muhammadu Buhari ganó las elecciones al Presidente Goodluck Jonathan del PDP, partido que había gobernado Nigeria desde la restauración del orden constitucional en 1999. Otros países de la region que destacan por su compromiso con los valores democráticos son Benin, Costa de Marfil, Liberia, Senegal y Sierra Leona.

Diplomacia africana

Una vez el dictador abandonó Gambia, fueron numerosas las voces que, tanto procedentes del continente africano como del exterior, celebraron el resultado como un triunfo incontestable de la diplomacia africana. La exitosa utilización de la doctrina del palo y la zanahoria por parte de la CEDEAO pone en valor la capacidad de la diplomacia africana. En el caso de Gambia, esta ha tomado la forma de un organismo regional africano capaz de hacer imponer la voluntad popular emanada de las urnas sin necesidad de injerencias occidentales. Aunque la CEDEAO dista mucho de ser un club perfecto (conviene recordar que no todos los países miembros son democracias), no está de más aplaudir el hecho de que en África Occidental se esté instalando la idea de que perder unas elecciones debe conllevar una transición democrática.

En un contexto de incertidumbre internacional, con un presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que es una incógnita tanto en cuanto a su política en África como a su compromiso con la ayuda internacional, es fundamental que la Unión Europea se involucre de un modo más activo para fortalecer los mecanismos y foros de resolución de problemas exclusivamente africanos. Aunque la ayuda oficial al desarrollo responde a una deuda histórica, erigiéndose como una compensación claramente insuficiente por la etapa colonial, y, por tanto, no debe desaparecer, la política de la Unión Europea debe ir encaminada a emancipar a África de la dependencia de la ayuda. De este modo, la Unión Europea tiene que usar sus herramientas diplomáticas para apoyar activamente propuestas como la del ex presidente del Banco Africano de Desarrollo (BAFD/AfDB), Donald Kaberuka, para establecer un nuevo modelo de financiación para la Unión Africana (UA/AU) no dependiente de financiación extranjera. En la actualidad, el 70% de la financiación de la UA proviene de países donantes. De acuerdo a Kaberuka, una tasa del 0.2 % sobre el valor de las importaciones de los países africanos sería suficiente para garantizar la independencia financiera de la UA. A su vez, esto reduciría notablemente la influencia de potencias extranjeras en la toma de decisiones acerca de la resolución de conflictos en el continente. En definitiva, se trata de reforzar las instituciones africanas, no de suplantarlas.

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