La democracia con Internet, en 2016, fue una democracia peor

El servicio online de publicidad de Google excluirá los sitios que propagan noticias falsas. Mark Zuckerberg asume la responsabilidad de Facebook en la difusión de contenidos mentirosos y anuncia que su red social incorporará una herramienta para identificarlos. Dado el gusto por la falsedad de Donald Trump, como han demostrado los verificadores de datos, por ejemplo, de Politifact, y su empleo de Twitter como primer canal de comunicación, The Washington Post contextualizará y corregirá los tweets del Presidente de Estados Unidos.

Posverdad es la palabra del año 2016 para el Diccionario Oxford. Este adjetivo califica situaciones en las que los hechos objetivos influyen menos que las emociones o las creencias personales en la conformación de la opinión pública. Los sentimientos condicionaron en mayor medida que los datos los resultados del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE y las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Las campañas de ambas convocatorias estuvieron protagonizadas por falsedades o, en el mejor de los casos, un tratamiento igual de la mentira y la verdad. No solo las redes sociales, sino también algunos medios convencionales, incluida la BBC, en lugar de verificar hechos y dar difusión solo a datos ciertos, optaron por desempeñar un rol de árbitro, equilibrando la cobertura de informaciones y desinformaciones.

Las sociedades y la política posverdad son muy anteriores a la aparición de Internet y su uso con fines políticos. La novedad este año es que las redes sociales demostraron una enorme capacidad para dar difusión a noticias falsas. Por ello, me permito recordar a los científicos sociales su responsabilidad insoslayable en la búsqueda y divulgación de la verdad, y dedico esta pieza al rol de los comunicadores sociales. Estos últimos deben evitar la tentación de convertirse en cronistas de la posverdad, ya que, sin verificación de hechos y construcción de relatos colectivos, desde diversas posiciones ideológicas pero a partir de informaciones ciertas, no hay periodismo, ni conversación pública, ni democracia.

Cuando el ciberespacio se convirtió en un entorno envolvente y comenzó a percibirse el impacto de las TICs en la elaboración de políticas, los modelos de Administración pública, la representación política y la misma noción de ciudadanía, predominaban las posiciones favorables al impacto democratizador de Internet. Como muestra del mejor ciberoptimismo, sirvan los argumentos de Shirky en su pieza clásica ‘The political power of social media, publicada en Foreign Affairs en 2011. La Red realza la transparencia como valor democrático, y parecía ampliar el espacio público con efectos positivos sobre la libertad y la igualdad. Podría permitir a cualquier ciudadano competir con los profesionales de la comunicación en la creación y diseminación de información política, e, incluso, favorecer transiciones a la democracia.

Sin embargo, al menos hasta la fecha, parece que las previsiones no solo ciberescépticas sino incluso ciberpesismistas eran más atinadas. La evidencia empírica indica que puede ser más fácil hablar en el ciberespacio que a través de los medios de comunicación convencionales; pero, la clave es que ser escuchado sigue resultando igual o más complicado. Los bloggers ampliamente seguidos, por hacer referencia a uno de los fenómenos de pronta aparición en el momento en el que Internet comenzó a emplearse con fines políticos, en particular en Estados Unidos, son muy pocos y casi todos varones blancos profesionales bien educados. Muchas voces continúan fuera del espacio público también en la Red.

Partiendo de la idea de slacktivism, movilización de baja intensidad o perezosa, Luis Arroyo habla de “sofactivismo”: la participación en los asuntos públicos en línea, frente a la(s) pantalla(s), sin levantarse de la silla o del sofá. Las TICs son solo una herramienta más de conversación, no preferentemente política, y de entretenimiento. Como mucho, pueden facilitar la movilización de personas ya políticamente activas. Incluso, Internet puede estar ampliando la brecha entre los grupos más y menos participativos. Los contenidos políticos constituyen una parte modesta del tráfico digital. La Red se emplea sobre todo con propósitos lúdicos y comerciales, lo que, nada menos, coadyuva al proceso de banalización de la política o a la política espectáculo.

La revolución no será twitteada, como Gladwell adelantó en The New Yorker en 2010. El cambio social no se consigue sin estrategia, jerarquía, riesgo de los promotores, conceptos ajenos a muchos cibernautas. La actividad en redes sociales responde a acontecimientos antes contados por los medios de comunicación tradicionales, que tienen mucha mayor capacidad para la construcción y difusión de relatos colectivos. En el caso de la primavera árabe, este papel creativo fue desempeñado por cadenas como Al-Jazeera, mientras que las redes únicamente respondieron a lo acontecido, nutridas en buena parte por comentarios de usuarios que, desde otras regiones, seguían la actualidad de estos países con fines informativos y analíticos. Del mismo modo, Wikileaks tuvo éxito cuando puso los cables secretos a disposición de cinco grandes cabeceras internacionales: Der Spiegel, El País, Le Monde, The Guardian y The New York Times.

En definitiva, se ha caído en la tecnoutopía de siempre. Internet y las redes sociales no nos convertirán en ciudadanos más participativos y amantes de la verdad. Pero, al menos, dos grandes riesgos de la política con TICs deben ser controlados. El cibernauta puede estar leyendo, además de falsedades, solo informaciones sobre un número limitado de temas que le apetecen o entretienen más. Se encuentra solo, ajeno al relato que tradicionalmente podría proporcionarle su periódico de referencia en su edición en papel, con una definición de los asuntos políticos prioritarios, fruto, entre otros factores, de la experiencia de su equipo humano. Incorporar herramientas informáticas y personas para detectar y controlar desinformaciones en línea, como acaban de anuncia Facebook y Google, es una buena noticia. No obstante, lo principal es proteger el perfil del comunicador social, profesional llamado a verificar y contrastar hechos y opiniones así como a construir relatos. Si éste se debilita, resulta más complejo el seguimiento de la agenda pública y el control democrático de los representantes políticos. Finalmente, el principal riesgo del abuso de las redes sociales y, en general, de Internet es el proceso de hiperindividualización por el que el usuario deja de percibirse como miembro de la comunidad para convertirse en punto de referencia casi único. Se trata de individuos que, como señala Byung-Chul Han, viven en un enjambre, aislados, carentes de un nosotros capaz de andar en una dirección o emprender una acción política común (En el enjambre, Herder Editorial, 2014).  Si se quiere evitar que la ola de este cambio cultural se lleve por delante todo lo que no empieza por yo/mí/me/conmigo, el entorno más inmediato y los educadores de nativos digitales deben mantenerse prevenidos.

Autoría

2 Comentarios

  1. José J. Sanmartín
    José J. Sanmartín 01-12-2017

    Felicito a la autora por la originalidad y la calidad de su análisis, así como por la ajustada ponderación de argumentos.

    • Cristina Ares
      Cristina Ares 01-12-2017

      Muchas gracias. Únicamente quería llamar la atención sobre la necesidad de profundizar en este debate y adoptar, tanto en el ámbito doméstico como en el más público, las medidas precisas para corregir los efectos negativos del abuso de las redes sociales.

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