La ciencia: una empresa de vocación pública

A través de este artículo compartimos reflexiones sobre la ciencia y su relación con el mercado. No ofrecemos conclusiones claras, sino que se trata de un texto abierto, sujeto a discusión, a partir de las intuiciones y el conocimiento de dos jóvenes investigadores.

La ciencia como mercancía

En el siglo XX, uno de los debates más interesantes sobre la relación entre ciencia y sociedad se refería a la libertad de los científicos. Más concretamente, a cómo la política podía afectar a la libertad del científico para investigar. Ese debate se ha desplazado y ha ganado peso otro, de características similares, sobre la relación entre ciencia y mercado. En un artículo para el Observatorio Social La Caixa, Andrea Saltelli representa a quienes sostienen que la ciencia no se pensó para el mercado, aunque hay quien pone más énfasis en los beneficios potenciales que puede producir la colaboración entre la ciencia y esta institución. A continuación señalamos algunos elementos que invitan a la precaución sobre esa colaboración.

El argumento de quienes juzgan beneficiosa la relación entre ciencia y mercado se basa en que esta primera, tratada como otra mercancía, podría generar más beneficios. La competencia impulsa el desarrollo de la investigación, ya que los científicos y las instituciones en las que desarrollan su investigación dedican mayores esfuerzos para conseguir resultados novedosos y susceptibles de crear beneficio económico. Además, muchos resultados rentables también pueden generar beneficios para el conjunto de la sociedad. Los descubrimientos médicos y farmacéuticos son ejemplos claros y recurrentes de progreso y mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos. Sin embargo, no queremos pasar por alto los problemas que pueden causarse al tratar a la ciencia como una mercancía más.

El mercado: un espacio limitado

Nuestro argumento principal tiene que ver con la incapacidad del mercado para promover un desarrollo universal e íntegro de la ciencia, ya que sus contribuciones son limitadas y selectivas. También con su incapacidad para extender al conjunto de la población los beneficios que se extraen de los descubrimientos científicos. El comportamiento de los agentes en el mercado está guiado por incentivos económicos, lo que explica que se trate de una institución que impulsa la investigación en las materias en que se desarrollan aplicaciones con una alta demanda. Esto puede generar algunos problemas.

1. ¿Quién financia la investigación básica? Los descubrimientos que acaban siendo económicamente rentables en muchas ocasiones no son deterministas -no provienen de estudios diseñados inicialmente para tal fin-, sino que son producto de la acumulación de conocimiento o se logran tras haber llevado a cabo otros tantos estudios previos que: a) contaban con una finalidad distinta o b) no obtuvieron resultados beneficiosos y/o positivos. Si no contamos con un sistema científico que dé oportunidades para llevar a cabo investigaciones de dudosa rentabilidad, no se generarían oportunidades para desarrollar y conocer muchos de los descubrimientos que finalmente contribuyen al progreso y a la transformación de la sociedad (Maxwell, por ejemplo, no pensaba en la radio, la TV o la telefonía móvil cuando desarrolló las ecuaciones fundamentales del electromagnetismo). Y que, adicionalmente, pueden tener un saldo económico positivo.

2. Conocer: ¿qué y para qué? El conocimiento, per se, es provechoso para la sociedad aunque no genere provecho económico. A veces, el conocimiento básico no se traduce en conocimiento aplicado que dé lugar a patentes, nuevas técnicas para producir o nuevas terapias médicas. Hay toda una gama de saberes que en principio no generan rentabilidad pero si generan un tipo de información capaz de favorecer el progreso cultural, humano y social. Imaginen la cantidad de barreras humanas que existirían si no conociéramos en profundidad la morfología de las distintas culturas y los lenguajes; la de veces que repetiríamos errores similares por no conocer bien los principales acontecimientos que han tenido lugar a lo largo de la historia; el despilfarro de recursos que genera el diseño e implementación de intervenciones públicas llevadas a cabo sin saber nada sobre experiencias similares (o sin evaluar) y sin profundizar sobre el comportamiento humano y de las instituciones, etc. La concepción mercantil de la ciencia, al generar solo una clase de incentivos y promover unos intereses específicos y limitados, pone el foco en unos saberes y desplaza otros. ¿Cómo desarrollar robots inteligentes si no hemos reflexionado sobre las consecuencias éticas de tal empresa?

La ciencia puede funcionar como mercancía, pero es algo más que eso. Hacen falta otros incentivos, aparte de los económicos, que garanticen su desarrollo integral. De ahí que sostengamos que se trata de una empresa de vocación pública, que nace con el propósito de ampliar el conocimiento y contribuir al progreso de la sociedad a través del mismo.

La ciencia como servicio público

Como ocurre con frecuencia, reconocer las limitaciones de la aplicación de la lógica del mercado a la ciencia no pasa necesariamente por oponerse a ella, sino que advierte de la necesidad de ofrecer algunos contrapesos. Uno de ellos son los sistemas públicos de ciencia e investigación. Estos (1) permiten que se genere conocimiento sobre cuestiones que no suscitan interés al mercado por no tener rentabilidad económica. También (2) ponen coto a algunas de sus dinámicas perversas. En numerosos casos la industria patrocina y promueve estudios que muestran conclusiones favorables a sus intereses -como los casos de industrias alimentarias financiando estudios que subrayan los beneficios de sus productos o advierten de los peligros que tienen productos sustitutivos o de la competencia-. Instituciones que ponen menos énfasis en el beneficio económico y de carácter independiente tienen mayor potencial para evaluar estos trabajos e identificar casos de fraude o investigaciones sesgadas. Por último, (3) podríamos añadir un tercer contrapeso deseable para que la colaboración entre el mercado y los centros de investigación públicos tenga un efecto más beneficioso. Los centros privados de investigación deberían contribuir, con garantías de independencia, al mantenimiento de los centros públicos que producen ciencia básica y la ponen a disposición de quienes la convierten en aplicaciones con alto valor económico.

La existencia de sistemas públicos potentes -dotados de recursos materiales y humanos- de ciencia e investigación es la mejor vía para promover un desarrollo completo del cuerpo de la ciencia. Permite que se desarrollen investigaciones plurales e innovadoras sin esperar obtener beneficios en el corto y medio plazo. Y finalmente, también sienta las bases para que centros privados y otras instituciones (como las empresas) puedan aplicar el conocimiento que de ellas emana para mejorar la vida de los ciudadanos.

La apuesta por unos centros de investigación públicos bien dotados supone, además, una estrategia adecuada para recuperar la confianza y la credibilidad de los ciudadanos en los científicos y expertos. Sobre todo en momentos como este, en que se están viendo tan cuestionadas desde algunos medios y poderes públicos. Lo hemos visto en casos como el referéndum del Brexit o las (no) políticas contra el cambio político. Urge recuperar el valor del trabajo de los y las investigadoras como herramienta de progreso independiente de intereses particulares que son, con frecuencia, poco transparentes.

Artículo realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”

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