La ‘caravana’ migrante o las turbulencias de Centroamérica

La agenda centroamericana vuelve a ocupar la agenda mediática regional e internacional a raíz de la llamada caravana migrante, un nuevo intento por parte de ciudadanos centroamericanos, mayoritariamente hondureños, de llegar a la frontera sur de Estados Unidos cruzando a pie Guatemala y México. En realidad, no estamos hablando de un fenómeno nuevo, ni tan siquiera tiene un particularidad específica que la haga diferente a anteriores caravanas, y tampoco nada hace pensar que no vuelva replicarse en los meses posteriores. El contexto centroamericano actual, marcado por altísimos niveles de violencia, no hace presagiar un cambio de tendencia en los próximos años.

Para entender qué está pasando hay que empezar por situar la realidad de las migraciones mexicanas y centroamericanas. Hablemos claro, las migraciones para llegar a la frontera sur de Estados Unidos han sido frecuentes y recurrentes. También las irregulares. De hecho, los primeros registros documentados se remontan a 1925, cuando fueron detenidas 22.199 personas por la versión de principios del siglo XX de la actual Border Patrol. De forma cíclica, con picos que han llegado al 1.028.246 en el año 1954, 1.892.544 en 1986 o el 1.676.438 en 2000, cientos de miles de personas han intentado hacer exactamente lo mismo que estos días hacen los participantes de la caravana migrante. En los últimos 10 años, según datos de la misma Border Patrol, se han dado curiosamente las cifras más bajas de inmigración irregular hacia EE.UU. Tendríamos que remontarnos a finales de los años 70 del siglo pasado para encontrar cifras similares. La realidad de los datos contrasta con el ruido mediático, la cuenta de Twitter del presidente Trump y la desinformación.

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Estos días se han conocido los datos de migrantes irregulares que han sido detenidos en la frontera sur en el año fiscal 2018, que acaba de finalizar. Hablamos de un aumento del 25% de detenciones respecto el año fiscal 2017, aproximadamente unas 520.000 personas en total. Pero son cifras similares a la de años recientes (2014 o 2016), y muy lejos del millón de detenidos de los años 90 y de principios de siglo. Es necesario mirar en perspectiva para evitar lanzar mensajes apocalípticos. No, no estamos en los peores años de la inmigración irregular de la frontera sur de Estados Unidos.

 

Paralelamente, hay que analizar el único gran cambio de tendencia migratoria que se ha producido en la última década. Los mexicanos ya no son el gran colectivo que intenta cruzar la frontera sur de Estados Unidos, ahora son también los centroamericanos los que ocupan su lugar y, en varios años, superándolo numéricamente. Pero ¿por qué centroamericanos? ¿Por qué hondureños, salvadoreños y guatemaltecos? La realidad centroamericana es tozuda. Y dura, muy dura. El Triángulo Norte lleva más de 20 años inmerso en una espiral de violencia y pobreza que ha matado a miles de personas, desdibujado el Estado de derecho en los tres países, limitando el acceso a derechos básicos, o forzado el desplazamiento interno y fuera de sus fronteras de miles de personas. El Gobierno de Honduras ha reconocido oficialmente que hay desplazados internos a causa de la violencia. Por contra, el Gobierno de El Salvador se niega a reconocer esta realidad, aunque es un hecho incontestable que miles de salvadoreños han tenido que dejar sus hogares e instalarse en otras regiones del país huyendo de la presión de las maras, el crimen organizado y la violencia de Estado. Los tres países llevan varios años ocupando los primeros puestos de la lista de países con las tasas de homicidios más elevadas del mundo, siendo comparables a la violencia producida en países en conflicto abierto. Pero en Honduras, Guatemala y El Salvador no hay guerra. O sí.

La caravana migrante que estos días recorre México no es más que el síntoma inequívoco del hartazgo de la sociedad centroamericana de una realidad que hace imposible vivir en una sociedad en paz. Una llamada de auxilio ante la incapacidad manifiesta de gobiernos de uno y otro signo político de garantizar su seguridad o de ofrecer una alternativa a una realidad que está marcando a las nuevas generaciones centroamericanas.

Mientras las miles de personas que forman la caravana caminan día a tras día buscando una alternativa a su vida actual, hay tres actores claves que van a tener que tomar una decisión más pronto que tarde: la administración Trump, el Gobierno saliente de Peña Nieto y los gobiernos centroamericanos. El presidente estadounidense ya ha tomado sus primeras decisiones, polémicas, reactivas, que ponen más presión sobre los gobiernos centroamericanos y mexicano pero no ofrece ninguna solución a la caravana migrante. Los gobiernos centroamericanos están apostando por ponerse de perfil, siendo conscientes que cualquier propuesta política que implique el retorno de sus nacionales será falsa, pues no pueden garantizar su seguridad. El último actor es quien, a su pesar, tendrá que decidir cómo gestionar esta crisis, todavía migratoria, evitando que se convierta también en política y humanitaria. Lo segundo ya se está produciendo. Lo tercero es lo más preocupante. No hay soluciones fáciles. Alguien tendrá que ceder. Peña Nieto acabará su mandato de una forma un tanto surrealista; con México convertido en un país policía, también para los centroamericanos.

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