La ‘belgicanización’ de Cataluña

El discurso sobre la fractura civil o la división social en Cataluña después del trágico otoño de 2017 ha penetrado en el debate político y mediático. Diversos son los actores que sostienen que la sociedad catalana está al borde de la ruptura, a punto de partirse en dos mitades irreconciliables con diferentes preferencias a nivel político, nacional y cultural. Dos bloques que se han solidificado  a la luz de los acontecimientos vividos desde los plenos del Parlament de septiembre de 2017 hasta la Declaración Unilateral de Independencia (DUI), pasando por la nefasta jornada represiva del 1 de Octubre.

Según el filólogo y ensayista Jordi Amat en su imprescindible La confabulación de los irresponsables, los acontecimientos políticos de octubre de 2017 (en especial, la jornada del 1 de octubre, pero también el parón nacional del día 3) han creado un nuevo demos en Cataluña, es decir, una nueva comunidad política que reclama el derecho a decidir por sí misma para autogobernarse al margen del Estado. Este derecho se relaciona directamente con el acto de soberanía que fue, para todos aquellos que participaron, el referéndum unilateral celebrado el primero de octubre.

La existencia de esta comunidad política en Cataluña que quiere autodeterminarse, decidir al margen del resto de la población del Estado, es la génesis de la crisis constitucional de la que Ignacio Sánchez-Cuenca habla en La confusión nacional. El catedrático madrileño afirma que el conflicto catalán se basa en la existencia de dos demos diferenciados: uno español, que quiere decidir sobre cuestiones que afecten a la integridad territorial del Estado, y otro catalán, que quiere poder elegir libremente si pertenecer o no a España, pero sin el concurso de los primeros; es decir, decidirlo únicamente ellos. Ésta es la base primigenia del conflicto.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

El demos soberanista lleva años manifestándose de forma pacífica y exitosa desde 2012 y obteniendo la mayoría parlamentaria en los últimos años. En cambio, el segmento catalán del demos español, que quiere que todo el Estado decida sobre la cuestión catalana, tomó forma en la gran manifestación del 29 de octubre (tras la DUI fallida), convocada por Societat Civil Catalana y a la que asistieron los representantes de Ciudadanos, PSC y PP, y que cogió por sorpresa a cierto establishment mediático soberanista. Nunca la ciudad de Barcelona se había inundado de tantas banderas españolas. Fue una manifestación en la que, por primera vez en mucho tiempo, se reivindicaba la identidad más española. La tensión vivida desde septiembre también impulsó a aquellos segmentos de la sociedad catalana que se habían sentido expulsados del proceso independentista y que temían sus consecuencias políticas, económicas y sociales. La manifestación de aquel domingo de octubre solidificó el bloque unionista que, a pesar de sus muchas diferencias (como las que existen en el seno del bloque independentista) encontró en el rechazo a la independencia su elemento aglutinador.

Los resultados electorales del 21-D consolidaron la existencia a nivel electoral de estos dos bloques antagónicos, deteriorando las posibilidades del espacio intermedio que representaba Catalunya en Comú–Podem (CatECP), una formación política no independentista pero con un importante segmento de su electorado (alrededor del 20%) cuyas preferencias políticas tienen similitudes con las del bloque independentista. Ahora bien, ¿existen realmente a nivel demoscópico esos dos bloques nacionales claramente diferenciados en Cataluña?

La fotografía más fiel al contexto político inmediatamente posterior al de las últimas elecciones al Parlament de Cataluña son los datos provenientes de la encuesta postelectoral del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) de la Generalitat que, bajo el título Estudi de context polític a Catalunya 2018, ofrece una panorámica detallada de los cambios políticos y sociales que el mes de otoño del 2017 provocó en la sociedad catalana.

Esta encuesta, que ha pasado desapercibida por la aceleración y la instantaneidad que caracterizan el día a día político, nos ofrece una serie de preguntas sobre las preferencias del electorado con relación a la cuestión nacional, su comportamiento electoral y su consumo de medios; lo que, cruzado con variables identitarias como la lengua propia o el sentimiento de pertenencia, nos da información útil para discernir si existen dichos bloques antagónicos. A continuación, encontramos los gráficos que muestran los cruces realizados.

El cruce de estas variables nos ofrece una fotografía de la división existente en el seno de la sociedad catalana: en los encuestados cuya lengua propia es el catalán son mayoría los que prefieren un Estado independiente, votarían en un referéndum por la independencia o votan a partidos independentistas. El mismo patrón siguen aquéllos que se declaran más catalanes que españoles o únicamente catalanes. En cambio, entre los que consideran el castellano como lengua propia o se sienten igual o más españoles que catalanes, las opciones de encaje en el resto de España, el no a la independencia o el voto a partidos no independentistas es abrumador.

Pero esta división no sólo se traslada al comportamiento político. El último barómetro del CEO nos muestra cómo el consumo mediático también viene fuertemente marcado por el sentimiento de pertenencia o la lengua que los encuestados consideran propia. Como podemos observar en los siguientes gráficos sobre consumo televisivo, vemos que la mayoría de las personas con una identidad predominantemente española o dual se inclinan por cadenas de ámbito estatal y en castellano, mientras que la mayoría de las personas con identidad más catalana consumen únicamente medios de ámbito catalán y en lengua catalana. Lo mismo sucede si analizamos dicho consumo televisivo por la lengua propia de los encuestados.

Los datos que hemos presentado muestran la división de la sociedad catalana en dos bloques con unas preferencias políticas, territoriales, de comportamiento electoral y de consumo mediático diferentes por razón de lengua propia o sentimiento de pertenencia. Existen dos comunidades cuya identidad determina el posicionamiento territorial, el voto o el medio de comunicación que consumen. La sociedad catalana se ha polarizado en función de su identidad nacional, que ha pasado a marcar gran parte de su comportamiento político.

No obstante, este proceso de polarización no es fruto de un día. Aunque no es el objetivo de este artículo discutir sobre su inicio u origen, sí que es preciso citar a diversos analistas como Astrid Barrio y Juan Rodríguez Teruel en su capítulo sobre el sistema de partidos catalán en Politica i govern a Catalunya. Des de la transició a l’actualitat, y a Oriol Bartomeus en su El Terratremol silencións: relleu generacional i transformacions del comportament electoral a Catalunya, que dan cuenta de la polarización que se ha producido en los últimos años a nivel nacional en el seno de la sociedad catalana y de las diferentes causas que pueden explicar dicho comportamiento. Diversos posts (aquí, aquí y aquí) de estos autores también certifican esos cambios en las preferencias territoriales, en el grado de nacionalismo y en el comportamiento electoral en función de la identidad nacional o la lengua propia del votante, y cómo el paso del tiempo los ha ido acrecentando.

El proceso independentista ha polarizado a la sociedad catalana por razón identitaria en los últimos años. Por lo tanto, la fractura social en Cataluña existe.

Ahora bien, la existencia de esta fractura no hace que Cataluña viva al borde del enfrentamiento civil, tal y como asegura el nuevo ministro de Exteriores de manera irresponsable e imprudente; pero sí que acaba con el mantra de que es ‘un sol poble’, como no se cansa de repetir el independentismo. Actualmente, Cataluña camina hacia una ‘belgicanización’ de su sociedad, es decir, hacia la existencia de dos comunidades con unos perfiles identitarios y lingüísticos muy diferenciados, cuyas preferencias territoriales o sobre el futuro, comportamiento electoral o sistema mediático son muy diferentes, existiendo así cosmovisiones claramente contrapuestas entre ambos bloques. Estas diferencias se trasladan, como no podía ser de otra manera, al futuro político del país: aquellos de identidad más dual o española apuestan por el no a la independencia; aquellos en los que predomina la identidad catalana, por el estado independiente. El único puente entre los dos bloques o comunidades lo representa el espacio de los comunes, que alberga en su seno una variedad identitaria, lingüística y de modelos de estado que rompe las visiones monolíticas que son mayoritarias en ambos.

Contra esta belgicanización hacen falta nuevos consensos, acuerdos y pactos que impliquen un reconocimiento mutuo de los diferentes actores políticos y sociales inmersos en este conflicto, sobre todo a nivel catalán, y que permitan la creación de un nuevo marco de convivencia en el que la mitad de los catalanes no viva de espaldas a la otra mitad. Un acuerdo entre catalanes es clave para afrontar esta división y reducirla. Esta opción es apoyada por el 37% de los ciudadanos, según la última encuesta de La Vanguardia. Establecer un diálogo entre las distintas fuerzas políticas y sociales catalanas que reconozca la existencia de estos dos bloques diferenciados es el primer paso necesario para resolver el conflicto que vivimos.

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.