Kofi Annan y el momento multilateral

El 18 de Agosto moría, en Suiza, el político ghanés Kofi Annan, a los 80años de vida. Su deceso ha sido noticia internacional en un mundo donde las ideas que promovió y defendió hace años que no ocupan las primeras páginas de opinión. Porque Kofi Annan pertenece, por derecho propio, a otra generación de políticos; a la que protagonizó los años dorados del nuevo orden mundial instalado tras la caída del muro de Berlín, donde él desempeñó un papel indispensable.

Annan fue, prácticamente toda su vida, un hombre de Naciones Unidas. Trabajó en el sistema desde su incorporación en 1962 a la Organización Mundial de la Salud, pasando por diferentes cargos hasta alcanzar en 1997 la Secretaría General, puesto que retendría hasta 2007, cuando fue sustituido por Ban Ki Moon.

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Durante su mandato como secretario general, la Organización de las Naciones Unidas aprobó los Objetivos de Desarrollo del Milenio, puso en marcha el Pacto Mundial –que vincula al sector privado al desarrollo sostenible y los derechos humanos–, acometió el proceso de reforma de la ONU más ambicioso de los que hemos conocido desde su creación, evitó el bombardeo de Irak en 1998 y se opuso radicalmente a la invasión norteamericana de 2003. Gestionó las Naciones Unidas con la principal superpotencia mundial enfrentada a él durante la mayor parte de su mandato. Tras los fiascos de Naciones Unidas en sus últimas intervenciones en Somalia, los grandes lagos o Bosnia –a los que no fue ajeno–, Annan fue un firme defensor del concepto de la Responsabilidad de Proteger, como principio rector de las intervenciones humanitarias de las Naciones Unidas, pero también de utilizar los medios del multilateralismo para evitar el recurso a la violencia. Al finalizar sus dos períodos al frente de la organización, fundó la Fundación Kofi Annan, desde la que siguió interviniendo en el panorama internacional a través de misiones de mediación y negociación, proyectos de desarrollo sostenible y lucha contra el hambre y la desnutrición, particularmente en África.

Para toda una generación, Annan representaba el potencial del multilateralismo para gobernar la rampante globalización. Y no sólo en lo económico, sino también en los aspectos de seguridad internacional. Dos caras de la misma moneda: el nuevo orden mundial requería de una gobernanza socioeconómica y de una gobernanza en materia de paz y seguridad. Annan fue capaz de situar a las Naciones Unidas en el centro del debate, defendiendo su independencia como organización y afirmando su liderazgo, sin dejar de reconocer la necesidad de una reforma en profundidad del sistema.

Su vida no es un dechado de virtudes, tampoco: su hijo estuvo implicado en uno de los mayores casos de corrupción de la ONU, el caso del petróleo por alimentos en Iraq, y no falta quien le responsabiliza directamente de la inacción de la ONU en el genocidio de Ruanda, cuando era el director de las operaciones de mantenimiento de la paz.

No hay grandes héroes sino personas normales en tiempos extraordinarios, y es muy probable que el carisma y encanto personal de Annan y su método de gestión de la organización fueran insuficientes hoy en día. Annan vivió sus primeros años al frente de la ONU con una coalición de países proclives a ser cómplices de sus ideas: los progresistas ocupaban la mayoría del consejo en la Unión Europea, los demócratas gobernaban en Estados Unidos y el mundo acababa de experimentar una de las mayores olas de democratización de la historia, con la caída del bloque del Este, el fin del Apartheid y la profundización de las democracia en América Latina. Era, sencillamente, otro mundo.

La Guerra de Irak y la crisis económica de 2008 arrasó con su modelo de entender las relaciones internacionales y el mundo, y hoy las Naciones Unidas están lejos de ser el actor principal que fue durante aquellos años. El bajísimo perfil de su sucesor, del cual se ha dicho que era más secretario que general, pudo contribuir a generar esta sensación de falta de liderazgo, pero lo cierto es que el nuevo secretario general, António Guterres, lo va a tener muy difícil para volver a situar a la ONU en la mesa de los mayores. Lo que ha cambiado no es el liderazgo de las Naciones Unidas, lo que ha cambiado es el mapa de la globalización: hoy, en un contexto de unilateralismo desaforado, de retorno de los regímenes iliberales, de vuelta al proteccionismo y de debilitamiento de la cooperación internacional, el liderazgo de Annan habría servido de poco.

El caso de Annan no es único: otros líderes internacionales son venerados y convertidos en referentes morales y políticos pasados los años, cuando las circunstancias ya no son las mismas. La mejor manera de defender su legado no es realizando un ejercicio de nostalgia sobre los buenos viejos tiempos, sino comprendiendo lo que Annan y otras personas de su estatura política aprendieron en su momento: en un mundo cambiante e incierto, hay que saber construir y promover nuevas reglas de juego.

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