¿Jurado?

El jurado es una institución lamentablemente politizada al menos desde el siglo XVIII. Su origen se remonta tradicionalmente a la Inglaterra de la Carta Magna (1215), aunque muy probablemente sea más antiguo, hundiendo sus raíces directamente en Roma, donde también había jurados aunque no se los haya identificado habitualmente como tales. Sea como fuere, en el siglo XVIII un insigne jurista inglés –BLACKSTONE– se refirió al jurado como la “gloria del derecho inglés”, identificándolo con el disfrute de las libertades individuales. A partir de ahí, los juristas de la Revolución Francesa reprodujeron –plagiaron incluso– esas mismas palabras. Y ya entonces se produjeron las reacciones políticas, no tanto contra el jurado específicamente, sino en general contra el Liberalismo propio de la Ilustración. Esas reacciones políticas eran claramente conservadoras y buscaban preservar todas las estructuras del Antiguo Régimen. El jurado no era sino una amenaza más contra el antiguo establishment que por fortuna desapareció.

Lo que es curioso es que esa identificación progresista-conservador de los juradistas y antijuradistas respectivamente, haya perdurado hasta nuestros días. Buena parte de la responsabilidad la tiene la historia de EEUU. Cuando lucharon por su independencia a finales del XVIII, necesitaban desconectarse de los lazos institucionales de la metrópoli inglesa. En ese momento, el jurado fue obviamente un órgano ideal. Ya no juzgarían los jueces de Inglaterra, o bien americanos pero instruidos con el derecho inglés. A partir de entonces juzgaría solamente el pueblo americano. Así fue hasta mediados del siglo XIX, cuando los abogados estadounidenses observaron que demasiadas veces los veredictos del jurado eran sorprendentes por la ausencia de conocimientos jurídicos de sus integrantes. Sin atreverse a pedir en su mayoría explícitamente la abolición del jurado –nadie quería contrariar sus legendarios antecedentes liberales claves en la independencia–, optaron los abogados por evitar el proceso con jurado abriéndose a negociar el acuerdo que fuera entre sus clientes y la parte contraria. Se inició así una cultura –más bien una tendencia– proclive a la negociación para apartarse del proceso judicial, pero que en realidad no procedía de un amor por el pacto o la cultura de la paz, sino que lo que buscaba principalmente era eludir al jurado. En lo civil y en lo penal, puesto que para ambos procesos estaba dispuesto el jurado.

Sin embargo, esos hechos de la historia jurídica estadounidense permanecieron ocultos, fijándose los juristas más bien en la parte más legendaria de la historia. De ese modo, las posiciones se reforzaron. Progresista: juradista; conservador: antijuradista. En la actualidad, en el mundo del derecho probablemente no existen muchas afirmaciones que sean más falsas que la anterior. Hay conservadores juradistas y progresistas antijuradistas. Pero lo que sorprende más es que unos y otros han ido lanzándose acusaciones de retrógrados o libertarios simplemente de forma intuitiva, con un desconocimiento casi total de la historia explicada en los dos párrafos precedentes.

Si se hubiera conocido dicha historia se habría observado que el jurado surge habitualmente en momentos de grave crisis social derivada de la ausencia de instituciones, posterior, en ocasiones, a una revolución provocada tantas veces por la corrupción del sistema. Y es preciso decir que en esos momentos de crisis en los que el poder judicial es absolutamente corrupto y probablemente ignorante, está plenamente justificado que exista el jurado. Cuando el Estado no existe, debe devolverse el poder plenamente al pueblo para que lo ejerza directamente sin más, en espera de soluciones más depuradas.  

Sin embargo, cuando el Estado sí que existe, sus jueces no son corruptos –o hay suficientes mecanismos para evitar que lo sean– y además están debidamente formados, contando con conocimientos jurídicos de excelente calidad, de manera que cualquiera –y no una élite política o económica– que los tenga pueda llegar a ser juez, el jurado deja de tener sentido. Igual que los curanderos ceden el paso a los médicos o los mismos jueces a los peritos en caso de que se precisen en el proceso conocimientos técnicos de biología, ingeniería, química, etc. Siempre que hay una profesión técnicamente más preparada para decidir lo correcto sobre un asunto, hay que darle prioridad.

Y así es con los jurados. Existiendo jueces honestos y bien formados, los jurados no aportan realmente nada a un proceso. Como es obvio, no hay saber popular o intuitivo que pueda superar al del especialista en ningún ámbito de la ciencia, y el Derecho no es una excepción. Tampoco reflejan mejor los jurados lo que más reprocha la sociedad en cada momento porque, mejor que el “saber popular”, disponemos de una ley previa, el código penal, que debe ser siempre aprobada, más que ninguna otra, con tremenda prudencia, reflexión, análisis y precisión del lenguaje. Por cierto, cuando no es así, se favorece que el sistema entre en crisis.

Tampoco decide mejor un jurado que un juez porque esté “libre de formalismos” o ataduras técnico-procesales, porque esos tecnicismos son imprescindibles para el respeto de algo que interesa a todos: los derechos fundamentales, de los que el jurado no puede prescindir. Y tampoco valora el jurado las pruebas mejor que un juez. La valoración de la prueba consiste, entre otras cosas, en determinar si un testigo o un acusado miente, o si un dictamen pericial está técnicamente bien hecho. No es una actividad ni mucho menos fácil, y en ningún caso se puede desarrollar de forma intuitiva, sino que el juzgador debe motivar con precisión por qué da un hecho por probado. El jurado carece de toda formación para llevar a cabo esa labor. Por eso en EEUU, a diferencia de España, no se le pide al jurado que motive, sino simplemente que diga “culpable” o “no culpable”. Aterra pensar en lo que puede esconderse detrás de esa falta de motivación.

En definitiva, el jurado puede ser útil en muchas ocasiones históricas. Pero no cuando el sistema –democrático– funciona debidamente.

Autoría

2 Comentarios

  1. Eduard Ariza Ugalde
    Eduard Ariza Ugalde 05-04-2016

    Ha sido una lectura de lo más interesante. Nunca se me habría ocurrido que detrás de la no exigencia de motivación del juzgado norteamericano subyaciera precisamente el miedo a esa motivación. Coincido con usted en que el jurado ha quedado desfasado, porque el Estado ya garantiza un poder judicial técnico y honesto a los ciudadanos. El problema es ¿quién le pone el cascabel al gato?

  2. sara bruna quiñonez estrada
    sara bruna quiñonez estrada 05-05-2016

    Perfectamente de acuerdo, sin en ocasiones los jueces aun con veinte años de experiencia se nos dificulta valorar las pruebas, que decir de quienes son absolutamente ajenos a las reglas que rigen las mismas?

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