Inversión social: nuevas políticas sociales para las nuevas realidades

Las políticas sociales no son solo un gasto que protege a los ciudadanos, también pueden ser una inversión que los preparare para hacer frente con éxito a los desafíos de la vida. Además, un Estado de Bienestar poderoso no solo no es un freno al crecimiento económico, sino que puede ser una pieza clave en el desarrollo de una economía inclusiva y competitiva.

Son dos ideas básicas del paradigma de la denominada “inversión social”, que emergió con fuerza a lo largo de los años 90. Se trata de adaptar el Estado de Bienestar a las nuevas realidades sociales: igualdad de género, envejecimiento poblacional, globalización, desempleo de larga duración o emergencia de nuevas relaciones interpersonales, entre otros factores. El objetivo es renovar el contrato social del bienestar en Europa para garantizar su sostenibilidad y convertirlo en el motor de una economía basada en el conocimiento.

Los sistemas de protección social de posguerra se construyeron entorno a una serie de garantías de mantenimiento de los ingresos y de protección frente al funcionamiento del mercado. Estas incluyen, principalmente, transferencias monetarias como pensiones y prestaciones por desempleo. Son las medidas que se han dado en denominar “pasivas”. Estas prestaciones han sido esenciales para amortiguar las consecuencias del funcionamiento cíclico de la economía y para la corrección de las desigualdades. Sin embargo, estas prestaciones por sí solas no equipan a los individuos para hacer frente a las dificultades en un contexto económico y social como el actual.

Pensemos en una joven pareja con hijos en edad preescolar: sin servicios de guardería accesibles, el ejercicio de una actividad profesional por ambos progenitores puede llegar a ser inviable. Además, los hijos quedarán excluidos de las ventajas cognitivas que proporciona el acceso a servicios de atención a la primera infancia. Pensemos en un obrero sin cualificaciones que ha sido despedido tras la deslocalización de su fábrica: es probable que la prestación por desempleo sin ninguna medida eficaz de acompañamiento no permita por sí sola su reincorporación al trabajo. A menudo, personas mayores con necesidades de atención socio-sanitaria no pueden acceder al acompañamiento que necesitan, lo que puede conllevar un aumento del nivel de dependencia y el recurso forzado a la atención familiar.

Circunstancias como estas, que resultan familiares a millones de ciudadanos a lo largo y ancho de Europa, pueden generar exclusión y perpetuar situaciones de desventaja y desigualdad que el sistema de protección social puede amortiguar solo en parte. La extensión de medidas “activas” que propone la inversión social se marca como objetivo prevenirlas. Se trata de generar nuevos derechos y políticas sociales que capaciten a los ciudadanos, desde la infancia, para prevenir la exclusión, la pobreza y el desempleo en las diferentes etapas de sus vidas, y a conciliar mejor la vida profesional y la vida privada. Estas medidas contribuyen también a garantizar la sostenibilidad del Estado de Bienestar, pues permiten prevenir más para ‘reparar’ menos y facilitan el acceso a empleos de calidad al mayor número posible de ciudadanos.

Desde la infancia hasta la vejez: inversión a lo largo del ciclo vital

Estas medidas activas han de empezar en la infancia, la etapa vital clave para la inversión social. Organismos internacionales han resaltado en repetidas ocasiones los beneficios del acceso a los servicios de atención y educación para la primera infancia: los niños de 0 a 3 años que tienen acceso a guarderías y escuelas preescolares obtienen en etapas posteriores de sus vidas resultados académicos claramente mejores que sus compañeros que no tuvieron esa oportunidad. Al mismo tiempo, estos servicios posibilitan el acceso de las mujeres al mercado de trabajo, favoreciendo así la realización de la igualdad de género.

En etapas posteriores, la inversión social impone que los sistemas educativos luchen contra el abandono escolar. El objetivo es prevenir la salida al mercado de trabajo de jóvenes sin cualificación, que pueden ser especialmente vulnerables a la coyuntura económica. El desarrollo de sistemas de aprendizaje a lo largo de la vida permite a los trabajadores mejorar sus perspectivas de encontrar trabajo y de hacer valer sus nuevas cualificaciones. Al invertir en las capacidades de los trabajadores, el Estado favorece la creación de empleos altamente cualificados que generan mayores retornos en forma de impuestos y cotizaciones sociales.

La individualización de la sociedad y la realización de la igualdad de género implican una reducción del rol de las familias en la prestación de cuidados a familiares dependientes. El desarrollo de servicios de atención socio-sanitaria accesibles y de calidad ayuda a prevenir el surgimiento o deterioro de la dependencia. Estos servicios permiten además proteger los recursos de familiares más jóvenes, que pueden mantenerse activos profesionalmente y contribuir al sistema.

¿Nuevo paradigma europeo del bienestar?

A pesar de la dificultad de medir la inversión social, los estudios coinciden en señalar que este tipo de medidas es prevalente en los países nórdicos y mucho menos habitual en los países de la Europa continental y mediterránea.

image1-2

Gasto en políticas de inversión social (eje horizontal) y gasto en políticas financiadas por la seguridad social (o “pasivas”, eje vertical) en 2007, % de PIB

(Fuente: Hemerijck, A., Changing welfare states. 2013, Oxford: Oxford University Press, citado en Dräbing, V., Welfare transformation and work & family reconciliation: what role for social investement in European welfare states, NEUJOBS Policy Brief No D.5.6, septiembre 2013)

Con el fin de promover la extensión de este enfoque a lo largo de Europa, la Comisión Europea lanzó, en 2013, una comunicación sobre la inversión social. Pese a recibir una atención limitada, se trataba de un paso no desdeñable en la promoción de un nuevo lenguaje sobre la política social y un intento de introducir las ideas básicas de la inversión en los debates europeos. La comunicación tuvo la virtud de desarrollar el enfoque de ciclo vital y de dar mayor coherencia a las llamadas a invertir en capital humano que la Unión Europea había lanzado regularmente desde la adopción de la Estrategia de Lisboa en 2000.

La estrategia europea de inversión social desarrolla elementos importantes. Sin embargo, aparece desconectada de dos elementos esenciales: la política educativa y la estrategia económica. Es esencial inscribir la inversión social en una estrategia de desarrollo de un modelo productivo innovador, inclusivo y competitivo. Por ejemplo, el objetivo de prevenir el abandono escolar y la provisión de competencias y conocimientos, desde la infancia y a través de los sistemas de formación a lo largo de la vida, ha de servir para promover la creación de empleos de calidad.

El recorte indiscriminado de partidas de gasto social en los países más afectados por la crisis perpetúa, muy al contrario, sistemas de bienestar anquilosados, desigualdades de ingreso y de género y modelos productivos incapaces de crear empleos de calidad. La desconexión entre las invitaciones a desarrollar la inversión social y la aplicación estricta de las reglas europeas de estabilidad presupuestaria parece por lo tanto clara. Un modelo basado en la austeridad fiscal, los empleos precarios y servicios públicos mal financiados y sin capacidad de innovación es la antítesis de la inversión social

Inversión y protección, dos pilares complementarios

Esta desconexión permite evocar algunos de los principales argumentos de los críticos de la inversión social. La activación, es decir, las medidas de formación y conciliación de la vida profesional y personal, no es una estrategia eficaz sin políticas de estímulo de la demanda que favorezcan la creación de empleo. Al mismo tiempo, muchos ciudadanos pueden encontrarse definitiva o indefinidamente alejados del mercado de trabajo o tener ingresos claramente insuficientes – por ejemplo, por encontrarse en situaciones de pobreza o exclusión, o por tener una minusvalía; las garantías de ingresos dignas son imprescindibles e irremplazables.

La ‘tercera vía’ de Anthony Giddens y Tony Blair en Reino Unido ilustra una lectura parcial e inoperante de la inversión social. Esta interpretación concibió la inversión social como reemplazo progresivo de la protección social, reducida a mínimos y reservada solo a aquellos sin posibilidad alguna de trabajar. Así, la inversión en educación se disparó durante los gobiernos laboristas, pero no se revirtieron los recortes del Estado de Bienestar de los gobiernos conservadores precedentes y el país siguió caracterizado por profundas desigualdades y la multiplicación de empleos precarios.

Repensando el modelo de bienestar

La estrategia de inversión social, combinada con una protección social generosa, ofrece por lo tanto interesantes perspectivas de reforma de nuestros Estados de Bienestar. La inversión social puede contribuir a dar más oportunidades a los jóvenes, a realizar la igualdad de género y a ofrecer los servicios adecuados a las personas que buscan un empleo o desarrollan una dependencia. También puede contribuir a la sostenibilidad del Estado de Bienestar y al desarrollo de economías inclusivas y competitivas en el mundo globalizado. En un contexto falto de reflexiones de fondo sobre el modelo social al que aspiran los europeos, un déficit especialmente llamativo en la socialdemocracia, la inversión social ofrece elementos interesantes para el debate.

Autoría

Patrocinado por:

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.