El incierto futuro cultural de los jóvenes

¡La juventud está de moda!

¡No lo crean!  Esta frase tan sólo es un eslogan para captar su atención, pero la realidad no es ésa. Aunque hay quienes al menos lo intentan. Libros como El muro invisible, recientemente publicado por Politikon, buscan desde un activismo académico y divulgativo poner el foco sobre las generaciones más jóvenes y sobre las dificultades que tienen para intervenir en la agenda pública y, por tanto, influir en las decisiones que configurarán su futuro. Demostrar el agravio del que son víctimas sin provocar susceptibilidades en las generaciones mayores no es fácil (ni siquiera sabemos si es posible).Los autores plantean la cuestión con el fin de convencer al mayor número de lectores.

Sin duda, una de sus ideas fuerza es el análisis multifocal sobre la juventud. Lejos de la uniformidad, los jóvenes están lacerados por fuertes desigualdades fruto de dos disfunciones: por un lado, como consecuencia de un sistema educativo dual que genera tantos licenciados como abandonos precoces; y, por otro lado, un sistema laboral caracterizado por otra dualidad, la que conforman la contratación temporal y la indefinida. Ambas atraviesan de lleno la realidad de los jóvenes y condicionan su futuro y actitud frente a cuestiones que van mucho más allá de la realidad formativa o laboral: la planificación de la natalidad, la adquisición de vivienda, etcétera.

Sin embargo, y aunque los autores no lo pretendan así, quedan muchos aspectos que configuran la realidad social de los jóvenes que ni tan siquiera están esbozados en el libro. Uno de ellos, y quizás importante, es el aspecto cultural. ¿Cómo son los jóvenes españoles culturalmente hablando? En relación con las generaciones precedentes, ¿siguen una línea de continuidad o buscan un rasgo generacional propio? Y en cualquiera de los casos, como receptores de políticas públicas, también en cultura, ¿son las administraciones públicas conscientes de sus necesidades?

Los jóvenes como consumidores culturales

Una de las atribuciones que, de manera generalizada, poco rigurosa y simplista se aplica a los jóvenes es que son hedonistas y consumistas. Nacidos en los años de mayor prosperidad que jamás hayan visto nuestras sociedades occidentales, muchos estudios demuestran que, pese a que no cuestionan el progreso material, el consumo o el individualismo, son una generación que también desarrolla unos valores antídoto. Y como señala Belén Barreiro en La sociedad que seremos, son más austeros y sobrios que generaciones precedentes, quizá como consecuencia de la crisis económica, que les ha hecho valorar mejor el esfuerzo del gasto y el valor del ahorro.

Por ejemplo, un reciente estudio realizado por la Fundación Europea de Estudios Progresistas sobre los millennials en varios países europeos ponía de relieve que los jóvenes pertenecientes a esta generación, pese a su pesimismo sobre la política y los partidos políticos (quizá por sus expectativas no atendidas), valoran mayoritariamente las actividades colectivas y culturales. Contrariamente a la imagen de una generación encerrada en la pantalla del móvil, los jóvenes encuentran actividades como escuchar música, ir a conciertos, estar con amigos, practicar deporte, ir al cine o cocinar mucho más interesantes que otras como la política, la religión o -curiosamente- ir al teatro.

Parece que los jóvenes han emprendido tímidamente un camino, pese a los estereotipos, de diferenciación respecto a otras generaciones. Un camino que les lleva a resaltar valores propios y a desarrollar patrones de comportamiento diferentes; también como consumidores culturales.

Sin embargo, aunque admitamos que las diferencias digitales entre generaciones son evidentes, deberíamos matizar esta afirmación. Los jóvenes son digitales, cierto, y también son el segmento de la población que tradicionalmente más gasta individualmente en cultura de forma individual, pero ¿lo son todos por igual? O, tal y como se deduce de las desigualdades socioeconómicas y educativas que sufren los jóvenes y que mencionábamos al inicio, ¿pueden éstas condicionar el comportamiento individual en su relación con la cultura? Dicho de otra manera, quizá con generalizaciones como la de que los jóvenes consumen mucha cultura y particularmente cultura digital, nos olvidamos de que en su seno sufren, como el resto de la sociedad, una profunda segmentación. Los jóvenes integrados, siguiendo la denominación de Barreiro, son efectivamente digitales, gastan mucho en cultura y son los que marcarán muchos de los cambios y tendencias culturales del futuro. Pero al lado, o más bien detrás, se quedan todos esos jóvenes empobrecidos, muchos de ellos víctimas de la precariedad laboral y/o con escasa formación, que difícilmente acompañarán a los primeros en su viaje generacional y cultural.

Los jóvenes como receptores de políticas culturales

Aun admitiendo muchas de las críticas que se han dirigido a las políticas culturales en los últimos años y que han terminado por socavar sus bases de legitimidad, hay que reconocer que la acción de las administraciones públicas en el ámbito cultural todavía sigue siendo muy importante en nuestro contexto sociopolítico. Por ello, resulta también trascendente atender a cómo interactúan las políticas culturales con los jóvenes.

Lo primero que descubrimos es la escasa existencia de políticas culturales públicas directamente dirigidas a los jóvenes. Hay que descender a niveles locales para identificar algunas. Es el caso de medidas como los bonos culturales para este segmento de la población, orientados a incentivar el consumo de determinados productos o servicios, o los programas directamente orientados a esta franja de edad. Aun así, la poca prevalencia de políticas culturales orientadas a la juventud no tiene por qué ser interpretada, a priori, como algo negativo. Las políticas culturales, como en general todas las públicas, buscan sobre todo dirigirse al mayor número posible de destinatarios. De ahí que la tendencia sea orientar cualquier política pública cultural hacia una captura eficiente y amplia del interés público y hacia el mayor grado posible de universalización.

Al margen de las políticas públicas, encontraríamos las de precios que, muy extendidas en la mayoría de equipamientos y programas culturales, buscan favorecer el acceso de los jóvenes. Los diferentes descuentos, precios reducidos o exenciones de pago para este colectivo se pretende premiar o favorecer su acceso, corrigiendo las diferencias socioeconómicas entre los jóvenes al menos en lo que respecta al grueso de programas y equipamientos públicos. No obstante, es verdad que su permanencia en la cultura cuando dejen de ser jóvenes está muy fuertemente condicionada por el nivel educativo y cultural que adquieren. De ahí que la dualidad educativa de la que hablábamos al inicio sea la más clara y persistente amenaza.

Mención aparte merecerían las programaciones culturales, y aquí sí que nos encontraríamos con dinámicas no muy propicias para los jóvenes y donde la brecha generacional sí que se manifiesta de manera clara. Se da la paradoja de que las prácticas culturales en las que participan de manera más generalizada son todas aquellas que tienen que ver con las llamadas industrias culturales, ya sean las previas al paradigma digital (músicas actuales, cine, editorial) o las nuevas (videojuegos, internet, diseño). Todas ellas son terreno de la iniciativa privada, mientras que las prácticas culturales de las que se ocupan tradicionalmente los poderes públicos (música culta, artes plásticas, teatro, danza) cuentan con menores índices de participación e interés juvenil.

Por tanto, y de una manera quizá algo generalizada y como consecuencia de un concepto generacional y restrictivo del concepto de cultura que las administraciones públicas aplican en sus políticas públicas y sus programaciones culturales, los jóvenes se ven abocados a hacer el esfuerzo de integrarse en él o a quedar excluidos. Esta visión también es deudora de la idea de que la parte más popular o comercial de la cultura es el terreno natural de las industrias culturales. Así, los poderes públicos no tendrían por qué ocuparse de los jóvenes puesto que ya lo hacen las industrias culturales o sólo les interesa el ocio y la fiesta.

Por consiguiente, no hay forma de pensar en un mayor papel de los jóvenes en la cultura si no es a través de su integración como consumidores y como receptores de políticas públicas. No se trata, por tanto, de concentrar todos los recursos en desarrollar sólo la industria del videojuego u otorgar bonos culturales (tan en boga entre algunas fuerzas políticas), sino que se trataría de abordar dos frentes. Por una parte, corregir las desigualdades que amenazan su generación, particularmente las educativas y las laborales. Y, por otra parte, nada más necesario que actualizar las programaciones públicas y el diseño de las políticas integrando los valores culturales y estéticos de los jóvenes. Éstas serían, sin duda, las bases de una buena política cultural que a la postre, en sentido estricto, ni siquiera sería sólo cultural.

Si, como aventuran los autores de El muro invisible, estamos ante una ventana de oportunidad para conseguir introducir los intereses de los jóvenes en la agenda pública -si no en su integridad, sí parcialmente-, nos hallamos también ante la oportunidad de introducir en esa agenda de intereses la cultura, otra forma de entenderla y desde la perspectiva joven. Una cultura que les integre aportaría elementos reforzados y complementarios para la identificación y la cohesión social. Algo que, sin defender que deba producirse exclusivamente a escala nacional, sí que ha de ser una prioridad de nuestras sociedades occidentales, o cuando menos europeas, a la hora de imaginar su futuro.

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