Impuesto de sucesiones: una herramienta esencial para combatir la desigualdad

El pasado viernes, el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, desataba la polémica con unas declaraciones donde se mostraba partidario de suprimir el impuesto de sucesiones y donaciones porque según él “es injusto pagar dos veces por lo que es tuyo”. Estas declaraciones tuvieron una respuesta inmediata en las redes, con multitud de argumentarios que desmontan la falacia de la doble imposición y la falsa injusticia del impuesto. En este artículo intento completar todas estas razones arrojando luz sobre sus consecuencias macroeconómicas. Y es que el impuesto de sucesiones es una herramienta imprescindible para acotar la desigualdad y su transmisión generacional en nuestra sociedad.

Antes de hablar de las consecuencias del impuesto de sucesiones sobre la desigualdad, no quiero dejar de repasar brevemente algunos argumentos. Para empezar, es importante decir que el impuesto de sucesiones y donaciones tasa una transferencia de patrimonio, y la persona beneficiaria está pagando por primera vez. Decir que el impuesto de sucesiones es doble imposición sería lo mismo que decir que lo es el IVA porque ya hemos pagado el IRPF sobre nuestro sueldo. Por otro lado, afecta a una pequeñísima parte de la población, la de mayor patrimonio, mientras que la amplia mayoría de herencias están exentas o cuentan con importantes bonificaciones. En una sociedad como la española, donde el 10% más rico posee más de la mitad de la riqueza, y la mitad baja de la población apenas el 6.6%, Rivera atiza el discurso del miedo, que cala en el pequeño ahorrador que ha conseguido acumular gracias al fruto de su trabajo y no de rentas, generando una narrativa de falsa injusticia, minando paulatinamente la legitimidad recaudatoria del Estado, que es el al fin y al cabo el seguro colectivo de que el progreso se convierte en Bienestar compartido. El argumento de Rivera no es técnico, es ideológico.

Es cierto que el diseño del impuesto dista de ser óptimo y cabría tener un debate amplio sobre cómo mejorar su diseño para hacer su recaudación más progresiva y efectiva. Un campo de mejora evidente es su armonización, tanto de mínimos exentos como de tipos impositivos. Y es que este es un tributo cedido a las comunidades autónomas, y las condiciones de tributación cambian mucho de CCAA a CCAA. Esta situación propicia el dumping fiscal o la competencia desleal, por la facilidad de los residentes de otras comunidades para empadronarse donde la fiscalidad sea más conveniente. Allí dónde el capital se mueve libremente, debe enfrentar la misma fiscalidad.

Pero entrando en materia: Albert Rivera comete una grave incongruencia. En palabras del economista Branko Milanovic, es incompatible defender una sociedad meritocrática y estar en contra del impuesto de sucesiones. Como señalaba el economista David Lizoaín en un hilo de twitter, el respaldo al impuesto de sucesiones tiene una larga historia dentro de la tradición del liberalismo progresista, que ponía énfasis en la igualdad de oportunidades y la necesidad de igualar las condiciones en la que los ciudadanos de distintas procedencias “entran” en la sociedad. Quienes lo hacen sobre un colchón de patrimonio heredado, tienen ventajas “inmerecidas” sobre el resto, y más probabilidad de tener mejor fortuna por la simple razón de que el capital genera rentas. Sin olvidar que además del patrimonio material, las familias con más recursos ya han proporcionado a sus descendientes una formación de calidad, y un gran bagaje de capital social y cultural (red de contactos, empoderamiento, etc.), cuya igualación es una quimera y sólo puede contribuir a ello un sistema educativo eficaz y de calidad. Borja Barragué y César Martínez desarrollan aquí la idea de que el impuesto de sucesiones es un instrumento para la igualdad de oportunidades.

Pero creo que con este debate de las sucesiones, a menudo los árboles no nos dejan ver el bosque: entramos en discusiones morales sobre méritos e injusticias, y no vemos el panorama general y el papel fundamental que tiene este impuesto a la hora de acotar la desigualdad. No hay razón para que los grandes patrimonios no tributen las veces que haga falta si ello conlleva una mejora colectiva. Y los expertos en desigualdad saben que las herencias y donaciones inter-vivos son el mecanismo más importante de perpetuación de la desigualdad entre generaciones, permiten la acumulación de grandes patrimonios y minan los principios básicos de una sociedad liberal y democrática.

Para entender por qué, hagamos un pequeño ejercicio de contabilidad. El primer dato es que las personas con mayor patrimonio suelen tener mayor tasa de ahorro: esta es una realidad que se conoce en economía como mínimo desde la Ley de Engel. El gráfico siguiente muestra las tasas de ahorro del 1% y el 10% más ricos y el 90% más pobre (Saez y Zucman, 2014). Vemos como el 90% más pobre de la población apenas ahorra, mientras que el 1% más rico ahorra hasta un 40%. Esto significa que en un período determinado, el 90% de la población sólo dispondrá de sus ingresos, mientras que el 1% dispone de sus ingresos del período y del 40% de sus ingresos del período anterior.

Por otro lado, es fundamental reconocer que el capital genera rentas. Estos mayores ahorros de la parte alta de la distribución de riqueza se convierten en inversión. Es decir, que el 40% de ahorros del gráfico anterior generan un rendimiento de un período al otro. Supongamos que dos personas que necesitan 1000€ al mes para sobrevivir, cobran 1000€ y 1500€ al mes respectivamente. Supongamos que los ingresos crecen al 2%, es decir, el año siguiente cobrarán 1020€ y 1530€ respectivamente. La persona que cobra 1500€ consume 1000, ahorra e invierte 500€ y recibe un rendimiento del 4%. Los ingresos de la persona 1 el año que viene son 1020€, mientras que la persona 2 cobra 1530€ por un lado, y 4%*500€ = 20€ por el otro, un total de 1550€. Supongamos que el coste de la vida también subió un 2%, así que la persona 1 consume sus 1020€ mientras que la persona 2 puede ahorrar 530€ un 2% más que el período anterior en términos reales. Vemos que de periodo en periodo, la desigualdad irá en aumento sucesivamente, sólo por la capitalización de la diferencia r (4%) – g (2%) que tanto ha enfatizado el trabajo de Piketty. En una sociedad donde el rendimiento del capital es mayor que el crecimiento del ingreso, la riqueza acumulada crece más rápido que los ingresos del trabajo.

Pero esto no es todo. Además, a mayor inversión, mayor retorno a la inversión. La razón es que los pobres suelen ahorrar en depósitos (de bajo rendimiento) mientras que los ricos invierten en el mercado financiero (mayor rendimiento). Hay multitud de razones. Una es la necesidad de aportar un patrimonio mínimo para hacer una inversión (por ejemplo, comprar una casa, empezar un negocio, o acceder a según qué vehículos de inversión). Otra es la mayor aversión al riesgo de las personas con menos patrimonio, y es que una inversión de alta rentabilidad también conlleva un riesgo asociado. Si te sobra para vivir, es más fácil de arriesgar que si tienes justo lo necesario. La asimetría de información y su abuso hacen el resto: recordemos el caso de las preferentes, que casualmente no había comprado ningún fondo de inversión.

El gráfico muestra la distribución de la inversión por tipos de activos y percentil de renta para Francia, elaborada por Piketty. La economista Clara Martínez Toledano ha calculado la composición de la cartera de ahorros en activos de distinto rendimiento por percentil de renta en España. El gráfico es similar, si bien la propiedad inmobiliaria tiene más peso en los percentiles más bajos, comparado con Francia, fruto de la burbuja inmobiliaria. Los resultados se pueden encontrar en una publicación suya reciente. Martínez calcula que para España el rendimiento de la vivienda es de un 2%, el de la actividad económica un 3.5% mientras que el de los activos financieros es el 9%.

En resumen, que cuanto más rico eres, más tiendes a ahorrar. Cuanto más ahorras, más tiendes a inviertir. Cuanto más inviertes, mayores rendimientos tiendes a tener. Es decir, que la distribución desigual de la riqueza no sólo tiende a perpetuarse, sino a aumentar… ¿Hasta el infinito y más allá? No. La transmisión de la riqueza entre generaciones es uno de los momentos cruciales para que el sector público intervenga, acotando el aumento de la distribución personal de riqueza. Por lo tanto, nos conviene ampliar el foco y no quedarnos en el juicio moral del micro-ejemplo. La verdadera elección moral aquí es qué sociedad queremos: ¿Queremos una sociedad más igualitaria? Necesitamos un impuesto de sucesiones fuerte y efectivo.

Pero tampoco quiero evitar coger el toro por los cuernos. Por mucho que el impuesto de sucesiones sea uno de los mecanismos más efectivos de redistribución, existen, creo, dos razones por las que es percibido como injusto. La primera es que la evasión fiscal de las grandes fortunas se traslada también al impuesto de sucesiones: existe quizás la sensación de que el impuesto recae sobre los pequeños ahorradores, que han conseguido acumular un pequeño patrimonio fruto de sus rentas del trabajo, mientras que los grandes patrimonios se heredan sin tributar. Los resultados de la investigación de Alstadsæter, Johannesen and Zucman, 2017 sobre la incidencia de la evasión fiscal en función de la cantidad de impuestos debidos, muestra como son los grandes patrimonios los que evaden más impuestos. Pero esta no es una razón para eliminarlos, sino para incrementar la lucha contra el fraude fiscal, para garantizar que las grandes herencias tributan lo que deben. Una buena línea de acción es controlar los grandes despachos de abogados y contables que lo hacen posible.

La segunda es la desvinculación entre la recaudación de impuestos y su distribución en forma de servicios públicos, mediada por unas élites políticas parasitarias y corruptas.Este último aspecto es bastante inevitable en un Estado del Bienestar, pero hay fórmulas que consiguen poner el vínculo de manifiesto: la Seguridad Social, por ejemplo. Por ello, a mí me resultan interesantes propuestas como las de Tony Atkinson, uno de los economistas de la desigualdad más importantes del siglo XX (y padre académico de Piketty y compañía). Atkinson propuso, entre otras medidas, una “Herencia Mínima Universal”. Podría estar financiada por la recaudación del impuesto de sucesiones y repartida a partes iguales a todas las personas que cumplan la mayoría de edad cada año, por ejemplo.

Huelga decir que no sólo se puede actuar sobre la desigualdad interpersonal de la riqueza. Mejorar la participación de las rentas del trabajo en el reparto del PIB o aumentar la riqueza que poseemos entre todos colectivamente, son otras dos grandes líneas de actuación. En relación a la distribución capital-trabajo, la financiarización de la economía, los cambios regulatorios como las reformas laborales que tuercen la balanza en favor de los empresarios y quitan poder de negociación a los sindicatos, o la globalización, con sus amenazas de deslocalización, están poniendo los salarios bajo presión y se está produciendo una reducción global de la parte de los ingresos percibidos por el trabajo. El periodista Javier Jorrín analizada los datos recientes para España aquí.

Por lo que respecta a la riqueza pública, esta ha ido perdiendo peso frente a la riqueza privada, que ha aumentado. El siguiente gráfico muestra esta tendencia para varios países a raíz de los resultados del World Inequality Report. Además de garantizar un estado más solvente, la riqueza pública es patrimonio colectivo, es decir que está mejor distribuida que el capital privado. Cuando aumenta la riqueza privada y decrece la pública, está aumentando la desigualdad.

En todo caso, eliminar el impuesto de sucesiones conlleva una sociedad más desigual. Si vamos a tener un debate serio sobre la desigualdad, y no mirar hacia otro lado, como denunciaba aquí el economista José Moisés Martín, hay que decir las cosas como son. Y una sociedad más desigual es una sociedad con menor igualdad de oportunidades, más insegura y de menor calidad democrática. Al fin y al cabo, como no se cansan de repetir quienes estudian la desigualdad económica a fondo, como Thomas Piketty o Branko Milanovic, el nivel de desigualdad no es una característica inevitable de nuestra sociedad. Es una decisión política.

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