Impuesto a la banca y transformación del sector financiero

El Gobierno de Pedro Sánchez busca ingresos. Los compromisos adquiridos tanto con sus socios de la moción como por las propuestas ya defendidas (por ejemplo, la revisión de las pensiones o la necesidad de dibujar ante su propio electorado una imagen acorde con lo que se espera de un partido socialdemócrata) han llevado al Ejecutivo en estas últimas semanas a elaborar diversas propuestas que permitan alcanzar un mínimo de ingresos que sea suficiente para sustentar el aumento del gasto que dichos compromisos implican. Una de estas propuestas, por lo particular de la misma, ha activado un debate interesante: el impuesto a la banca. Dejando a un lado las críticas de quienes opinan que cualquier impuesto siempre es despreciable, las opiniones diversas sobre la implantación del mismo pueden enriquecer el análisis y ayudar, por qué no, tanto a comprender su idoneidad como a la construcción  de un diseño eficiente: que cumpla su objetivo (recaudar), minimizando las distorsiones que todo impuesto supone.

Cuando se proponen impuestos cuya existencia se justifica, ante todo, por la naturaleza del sujeto pasivo cuya actividad económica se quiere gravar, es necesario tener una cierta dosis de sensatez en su diseño. Sabemos muy bien que una cosa es el sujeto pasivo de un impuesto y otra muy diferente quien finalmente lo paga. Quien tiene la obligación legal de pagar un tributo tratará siempre de trasladarlo a otro agente económico. Así pues, crear una nueva figura impositiva como es un impuesto a la banca debe hacerse con cuidado, pues pudiera ocurrir que en realidad no van a ser los bancos quienes terminen abonando las liquidaciones fiscales, sino los clientes de estas entidades. Si esto no se hace con cuidado, un impuesto a la banca sólo supondría un impuesto más a cargo del ciudadano, mientras el sujeto pasivo objetivo de impuesto, el banco, saldría indemne de esta figura fiscal.

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Para que ocurra este traspaso del pago, es necesario que se den primordialmente dos condiciones. La primera de ellas es que el impuesto recaiga sobre los productos que el sector productivo (el sector bancario) ofrece a sus clientes. Es el caso, por ejemplo, del Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA), que precisamente está diseñado para que se transmita como una cascada a los clientes, o los impuestos especiales a ciertos productos, como los que gravan los combustibles. La segunda, que los clientes estén cautivos en el mercado; es decir, que no puedan reaccionar fácilmente ante la subida de precio que supondría este impuesto, ya sea buscando alternativas dentro del sector (competencia) o en otros productos de otros sectores que son parcialmente similares (sustitución). Resumiendo, es más fácil que el impuesto se traslade si éste recae en la producción y si el sector tiene poder de mercado.

Tanto la evidencia internacional existente como la propia nos da una idea de qué puede ocurrir en España con un impuesto a los bancos. Si se diseña como los conocidos de países como Gran Bretaña o Hungría, por ejemplo, y que son tributos que vienen a gravar o bien el pasivo (depósitos) o el activo bancario (créditos concedidos), el impuesto sería muy similar al de otros productos, como ya se ha adelantado, recayendo éste sobre el valor de los servicios ofrecidos por las entidades financieras. La cada vez mayor evidencia nos indica que, en este caso, lo que suele suceder es que la banca ‘escurre’ o traslada el impuesto a sus clientes, en general con mayores intereses o comisiones, con el objetivo último de recuperar los márgenes de negocio. Por ejemplo, Gunther Capelle-Blancard y Olena Havrylchyk encuentran que en Hungría el bank levy de 2010 fue trasladado casi en su totalidad a los consumidores

Pero para que en España ese traslado se produzca con intensidad, es necesario a su vez que el sector financiero español disfrute de poder de mercado. Y los diversos trabajos existentes a este respecto señalan en esta dirección. Por ejemplo, Pierpaolo Giannoccolo y José Manuel Mansilla-Fernández encuentran que el proceso de reestructuración del sector entre 2010 y 2016 elevó el poder de mercado de un sector ya de por sí alejado de la competencia (aquí), aunque previamente a la crisis dichos niveles competitivos habían mejorado respecto a décadas pasadas. A la misma conclusión llega Jaime Zurita en un documento de trabajo para el BBVA Research. Entre sus principales conclusiones se encuentran las dos más relevantes. La primera, que la concentración no depende del número alto o bajo de empresas (bancos en este caso), sino de numerosos parámetros; y, segundo, que en España la concentración del negocio es elevada y, con ello, el poder de mercado de los bancos.

Por lo tanto, en principio la evidencia combinada sugiere que un impuesto a la banca tiene muchas probabilidades de ser trasladado a los clientes. Los efectos distributivos de la medida dependerán en gran medida de las opciones que tomen las entidades para efectuar ese traslado: con los bajos tipos de interés existentes en la actualidad, parece poco probable que el coste se absorba a través de mayores costes de financiación, dado el escaso margen existente; por lo que es probable que la absorción se produzca a través de mayores ingresos operativos (las comisiones de gestión), o bien mediante la continuidad en el ajuste de costes de estructura en un sector que sigue su proceso de digitalización, presionado por las fintech y donde la banca de proximidad está perdiendo peso como modelo de negocio.

En cualquier caso, el impacto sobre el cliente dependerá de muchos factores, incluyendo el propio diseño del impuesto y el modelo de negocio hacia el que se están deslizando los bancos, presionados por los requerimientos de capital establecidos por las nuevas políticas macroprudenciales -que tienden a rebajar la rentabilidad de sus fondos propios-, los bajos tipos de interés -que ofrecen menor margen de maniobra- y la propia realidad de los servicios financieros digitalizados -que amenazan su modelo de negocio tradicional. La nueva medida fiscal no es, ni mucho menos, el principal reto que tiene por delante nuestro sistema financiero.

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