Iceta en el laberinto de los tres tercios

El veterano politólogo Josep María Vallés apuntaba hace poco con acierto que, a pesar de las apariencias, el sentimiento nacional no divide a Cataluña en dos mitades, sino más bien en tres tercios imperfectos. Por mucho que el proceso soberanista haya polarizado y segmentado la sociedad en torno al independentismo, la agria coyuntura actual no ha podido borrar del todo una estructura sociopolítica de mayor complejidad que se fue conformando en el último cuarto del siglo XX a partir de rasgos colectivos de identidad, uso de la lengua y preferencias de organización territorial.

El primer grupo sería ligeramente mayor que los demás, pues se acerca al 40% de la población, y es el que se siente exclusiva o predominantemente catalán (hegemónico en el mundo rural y las clases medias-altas de las capitales de provincia). En el polo opuesto se ubicaría el 30% eminentemente español (descendientes de los inmigrantes llegados de otras regiones y concentrado en los barrios populares del área metropolitana de Barcelona y demás zonas urbanas). Y, por fin, habría otro segmento en el entorno del 30% con una identidad mixta y usos bilingües más auténticos.

Entre 1980 y 2010, la importancia de este último grupo fue más cualitativa que cuantitativa y permitió que en esas primeras tres décadas de desarrollo autonómico las instituciones estuviesen en manos de dos partidos pragmáticos (CiU y PSC) e incluso que dominase el eje izquierda-derecha sobre el nacional. Sin embargo, como el mundo nacionalista se caracterizaba por participar más (sobre todo en las elecciones autonómicas) y como siempre ha existido una hegemonía ideológica catalanista entre las élites, se fue implantando cierto sesgo que dejaba al grupo de sentimiento más español infrarrepresentado en el Parlament. Al menos la mitad del electorado socialista se adscribía claramente a ese perfil sociológico pero, como el PP le quedaba muy a la derecha, prefería seguir confiando con poco entusiasmo en la marca catalana del PSOE.

Sin embargo, cuando hace cinco años el procés vino a interrumpir abruptamente la tradicional dinámica más o menos centrípeta y pactista, fue el bloque intermedio el que sufrió mayores daños. La mayor parte los antiguos votantes moderados de CiU acompañaron la radicalización de sus líderes hacia las opciones de ruptura representadas por ERC y PDeCAT, mientras Ciudadanos se convertía en un polo de enorme atracción para llenar el hueco de oferta electoral insatisfecho por el PSC. El gran cambio que supuso pasar de una lógica de relativa competición ideológica a otra de nítida fractura nacional hizo engordar al primero de los grupos (con un independentismo muy movilizado hasta rozar el 50%) al tiempo que la suma de PP y Ciudadanos conseguía ir atrayendo cada vez más a ese 30% abiertamente españolista.

El achique de espacios resultante dejó al PSC, a ICV-comunes y a una raquítica Unió defendiendo las tesis propias del bloque intermedio que, si bien antaño era el mejor posicionado, ahora quedaba muy perjudicado. Y lo hacía tanto en términos cuantitativos (en 2015 apenas consiguió atraer el 25% de los votos), como cualitativos (porque el frentismo identitario le dificultaba mucho influir o articular pactos).

De cara a estas elecciones y a la nueva etapa que se abre en Cataluña a partir de 2018, el candidato socialista Miquel Iceta parece decidido a ensanchar ese grupo intermedio de sentimiento nacional transversal. Si el independentismo retrocede hasta el entorno del 40% del voto y el grupo más claramente español se estabiliza en el 30%, el PSC podría aspirar a liderar un segmento electoral (catalanista pero ideológicamente amplio pues va desde la democracia cristiana del conservador Ramón Espadaler hasta la izquierda de Xavier Domènech) que estaría llamado a convertirse en eje imprescindible sobre el que bascular cualquier gobierno futuro.

De este modo, el PSC lograría tanto su objetivo altruista para Cataluña (superar la invivible fractura social y política actual) como su meta más egoísta (colocarse él mismo en posición óptima para condicionar la formación de mayorías).

La estrategia es sin duda inteligente pero el problema es que el PSC parece no haber aprendido de los errores cometidos en el pasado y que de un modo tan directo contribuyeron a la aparición y auge de Ciudadanos. La impresión es que los viejos impulsos sesgados hacia el nacionalismo siguen dominando su definición programática. Es verdad que existe una discrepancia seria con el independentismo pero también un esfuerzo por comprenderlo hasta el punto de asumir prácticamente todas sus demandas salvo la secesión. En cambio, la relación con el grupo de nítido sentimiento español está mucho menos trabajada y ni siquiera se parece tomar en serio que también tenga aspiraciones legítimas.

El propio Vallés, que fue el conseller de Justicia de Pasqual Maragall, despacha en el mencionado artículo a ese grupo de catalanes que votan PP y Ciudadanos como satisfechos con el status quo del autogobierno hoy existente. Nada más lejos de la realidad. Si uno compara las elecciones de 2003 -que fueron precisamente las que llevaron al poder a los socialistas en tripartito- con los últimos resultados de 2015, lo más sorprendente es la estabilidad del voto nacionalista (en el entorno del 47,5%), al PP (aproximadamente en el 10%) y a las marcas previas de lo que hoy son los comunes (en el 8%) pero donde se produce un auténtico derrumbe es en el PSC que pasa en apenas diez años del 31% al 13% dejándose 18 puntos porcentuales que fueron precisamente a parar a Ciudadanos.

Resulta llamativo que el PSC se autoengañe fingiendo que solo debe ser empático con el tercio largo de la sociedad que hoy es independentista (y crítico con la poca capacidad del Estado para acomodar el sentimiento nacional catalán) pero pueda en cambio ignorar al tercio corto que se siente nacionalmente español (y crítico con la poca capacidad de la Generalitat para acomodar el sentimiento nacional español).

Si Iceta quiere de verdad convertirse en el referente de los consensos entre las diferentes Cataluñas, ha de comprender las frustraciones de los dos polos. Debe, en suma, pensar menos en los centenares de antiguos dirigentes del PSC que hoy prefieren opciones nacionalistas y hacerlo más en los centenares de miles de antiguos votantes que ahora apoyan a Ciudadanos. Debe incluso pensar tan solo en esta última frase y sacar conclusiones sobre lo que ha hecho mal su partido.

Autoría

1 Comentario

  1. Carlos López
    Carlos López 12-12-2017

    Muy buen análisis. Creo que esos tercios están muy bien planteados. ¡Chapeau!

    Nacionalistas y secesionistas se han fundido (todos secesionistas) – 40%
    No nacionalistas y antinacionalistas han pospuesto enarbolar sus diferencias. – 30%
    Falta ver si los filonacionalistas persisten o renuncian al supremacismo. – 30%

    Deconstruyendo el nacionalismo http://pajobvios.blogspot.com.es/2017/05/deconstruyendo-el-nacionalismo.html

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