Hemos ganado, pero aún no sabemos quiénes

Aunque atribuida a Pío Cabanillas, esta valoración podría aplicarse a muchas noches electorales belgas, italianas o danesas, entre otras, o catalanas, andaluzas, vascas… y ahora también a la arena estatal española.

Las elecciones del 20-D han confirmado con precisión la convulsión que se venía gestando desde 2013, con un castigo a los dos grandes partidos y la irrupción de nuevos actores que pueden cambiarlo todo, o no. No obstante, la anticipación de este escenario desde hace meses y la inevitable borrosidad que genera el magma de sondeos pre-electorales nos lleva a la curiosa situación en la que damos por descontadas las novedades más significativas, y evaluamos los resultados según las expectativas creadas y no según la realidad de la que venimos.

En el nuevo escenario, hay que actualizar los parámetros para medir el éxito y la decepción: ahora serán tan importantes los apoyos obtenidos como la posición relativa de cada partido en el parlamento.

El PP y el PSOE siguen siendo los protagonistas, aunque menos

Este aumento de la participación subraya el voto de castigo que ha recibido el partido de gobierno. Es una novedad muy destacable que el PP baje de la franja de 9-10 millones en que se mantenía desde 1996. La pérdida de más de 3,5 millones evidencia que el rechazo a buena parte de la gestión del gobierno y los problemas de corrupción han calado en sectores significativos de su electorado, como ya sucedió en las elecciones autonómicas y locales. Este rechazo planeará sobre cualquier intento de acuerdo que el PP trate de tejer para formar gobierno, limitando enormemente las opciones de Rajoy.

Sin embargo, su posición de bloqueo ante reformas cualificadas y su mayoría absoluta en el Senado serán un obstáculo insalvable para alternativas de gobierno que trate de marginarle. Y Rajoy tratará de utilizarlo para proceder a una renovación controlada del liderazgo en el partido.

Como señalaban las encuestas, el PSOE no solo no se ha beneficiado de esta evolución sino que mantiene el retroceso casi exponencial de su base electoral. Sus 5,5 millones de votos se equiparan con los obtenidos por Felipe González en los 1970s, aunque entonces España tenía un censo electoral con 10 millones menos de electores. Además, este encogimiento del PSOE mantiene las pautas que se manifiestan desde hace un par de décadas: pierde voto urbano y de las clases medias –lo que deberán confirmar encuestas postelectorales.

Ya no hacen falta más evidencias: el PSOE ha perdido su conexión con la mayor parte de su electorado. Ni es seguro que esa desconexión sea reversible ni que el propio partido sea capaz de hacerlo. Este será el principal obstáculo para articular el gran pacto con el PP que muchos vaticinan. Difícilmente podrá ceder la voz de la oposición a los nuevos partidos, ni entrar en una coalición humillante con estos.

El dilema de los nuevos partidos: ¿gobernar, influir o esperar a las nuevas elecciones?

Este retroceso de los dos grandes partidos (que mantienen el 51 % de los votos y el 61% de la representación en el Congreso) sugiere un fallo del mercado electoral (con millones de votantes insatisfechos por la oferta de partidos existente) que ha abierto la puerta a dos nuevos partidos, que entran rompiendo la barrera del 10% que solía impedir a los terceros partidos disputar la hegemonía de los grandes.

Ni Podemos ni Ciudadanos han alcanzado las mejores previsiones que durante algunas semanas o meses les atribuían las encuestas, pero su éxito electoral es histórico y conecta con la transformación que están experimentando otros países europeos. También abre la incógnita sobre sus sostenibilidad: ¿estamos entrando en un largo período de varios partidos medianos o se trata de un período de provisionalidad, en el que sus opciones pasan por substituir a los que eran los grandes partidos?

Para intuir la respuesta, hay que llamar la atención sobre las dos formas distintas de crecer de estos nuevos partidos. El éxito de Podemos se ha cimentado en las grandes áreas urbanas, con especial importancia para las comunidades con hecho diferencial: Cataluña, Comunidad Valenciana, País Vasco y Galicia, donde ha obtenido el 45% de los votos. En estos distritos, Podemos se presentaba en coalición con partidos y movimientos existentes.

Por eso es importante tener en cuenta que los 69 escaños conseguidos no se asignarán todos a Podemos, puestos que algunos irán a otros partidos, que probablemente ni siquiera formarán un único grupo parlamentario. Esta diversidad le ha garantizado la fuerza electoral y ahora también le puede crear enormes contradicciones internas, especialmente si se trata convertir esas alianzas electorales en organizaciones más sólidas. Esto es todo un incentivo para que Podemos se vea tentado por quedarse en un papel de oposición y renuncie a traducir su representación en acción de gobierno.

Ciudadanos también afrontará este dilema entre oposición o participación en alianzas, aunque su posición es mucho más vulnerable. No solo las expectativas –por lo que vemos, infundadas- pueden engañosamente restar importancia a la posición política alcanzada, sino que sus apoyos electorales son de estabilidad incierta. La dispersión del voto, menos concentrado que el Podemos, es mucho más vulnerable ante los efectos reductores del sistema electoral. De hecho, varios escaños se decidieron en el recuento avanzado. Esta inestabilidad se ha puesto de manifiesto en Cataluña, en los que han perdido un tercio de los apoyos recogidos hace solo cuatro meses, en las elecciones catalanas de septiembre. Aunque tiene incentivos para permanecer en la oposición, un papel menor en los próximos meses podría alimentar el retorno de votos al PP.

¿Y Cataluña?

El cuadro se completa con los otros, sobre los que Astrid Barrio ya había llamado la atención ante el desdén de las encuestas en campaña.

Al margen de la caída de IU, que logra sortear la desaparición parlamentaria, el cambio más destacable se da entre en el espacio del nacionalismo catalán, donde ERC supera a CDC (bajo la marca DiL). Un prueba más del coste que la aceleración del proceso independentista está generando para CDC. El nacionalismo catalán ha leído de forma pesimista estos resultados (tanto por la derrota de CDC como por la incapacidad de ERC de penetrar en el electorado urbano) pero la evolución del proceso tiene menos que ver con estos resultados que con cómo se resuelva la formación de mayorías parlamentarias en el Congreso y en el parlamento catalán.

Si el PP mantiene su presencia en el gobierno, ERC, CDC y la CUP deberán cooperar. Si se abren nuevos escenarios, la CUP tendría argumentos para dejar caer la legislatura catalana y favorecer unos nuevos comicios, donde la izquierda aumentaría su mayoría. Quizá con una nueva líder al frente: Ada Colau, la vencedora de la noche a pesar de no estar en el Congreso.

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1 Comentario

  1. Covadonga Lopez Alonso
    Covadonga Lopez Alonso 12-22-2015

    Excelente titulo que sintetiza el articulo. La descripción y análisis de los resultados es también acertada.

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