Hablemos de Europa y hablemos bien: el acierto del discurso de Rajoy

Los minutos dedicados a política europea han refrescado el discurso de investidura de Mariano Rajoy, algo poco previsible si se ha revisado el epígrafe correspondiente del  acuerdo de investidura firmado por su grupo y el de Ciudadanos “150 compromisos para mejorar España”. Las medidas sobre asuntos europeos contenidas en éste, además de escasas y vagas como es tradición en el tratamiento de Europa por parte de los partidos españoles, están mal construidas técnicamente y no permiten un análisis serio.

Pero hablemos hoy del acierto en el discurso de investidura de Rajoy en estos temas. Éste ha consistido en la reivindicación del papel del gobierno de España como actor relevante en la toma de decisiones en Bruselas, sus referencias a aportaciones indiscutibles del país a lo largo de sus treinta años de integración europea (como la ciudadanía europea, la ambición de la política de cohesión o la experiencia en materia de lucha contra el terrorismo), así como la decisión de transitar hacia una estrategia más proactiva, algo que se ha echado en falta en los últimos años de alineamiento con la posición de Berlín y previsto en el “Acuerdo para un gobierno reformista y de progreso” negociado meses atrás entre el PSOE y C´s. Además, más allá de los párrafos específicos sobre Europa, Rajoy no erró al asumir su responsabilidad en la toma de decisiones de la UE desde 2011, por ejemplo en relación al control del déficit de cuya bondad dijo estar convencido con independencia de que constituya también una obligación una vez comprometido en Bruselas.

Dicho esto, es preciso igualmente llamar la atención sobre aspectos más alejados de la realidad de su discurso europeo. En primer lugar, ha dicho Rajoy que los españoles conocen las ventajas de la integración y estiman sus resultados. Los datos más recientes, por ejemplo de la encuesta de actitudes globales del Pew Research Center, dibujan otra tendencia. El apoyo a la UE, tras la caída sufrida durante la Gran Recesión, mejoraba desde 2013. Pero, a causa de la crisis de los refugiados, volvió a deteriorarse, primero, a partir de 2014, en Alemania, y meses después también en España, como en Italia o Francia. En segundo lugar, el candidato a la presidencia enmarcó como una fortaleza del país en las negociaciones supranacionales el consenso español sobre la profundización del proceso de integración, no solo parlamentario sino también en la calle. La realidad de hoy es que el 34% del electorado de Ciudadanos, el 37% del PSOE y el 44% de Podemos serían favorables a una redistribución de competencias entre los Estados y Bruselas exactamente en dirección contraria a la que él plantea. Esta preferencia por la renacionalización es compartida, más allá de los partidos euroescépticos, en Alemania por un tercio del electorado de la CDU, el SPD y los Verdes, en Francia 4 de cada 10 personas próximas al partido de centro-derecha Los Republicanos (porcentaje ligeramente superior incluso al del Frente Nacional) y 3 de cada 10 socialistas, en Grecia 6 de cada 10 votantes de Nueva Democracia (7 de cada 10 en SYRIZA), y en Italia 4 de cada 10 de Forza Italia y 3 de cada 10 del Partido Democrático. Hasta cierto punto es normal que el candidato del Partido Popular vivo ajeno a las posiciones de los españoles, porque, otro dato relevante, los suyos sí son más partidarios de más Europa de lo esperable. Mientras que la regla es mayor apoyo a la integración europea en la izquierda, España, junto con Grecia y Suecia, constituye una excepción.

Como he tenido ocasión de examinar anteriormente, por ejemplo aquí, los candidatos a la Presidencia del Gobierno y los partidos políticos españoles hablan poco de Europa. Además, contraintuitivamente, sus referencias a la UE lejos de aumentar descendieron en momentos de impulso del proyecto europeo como la puesta en marcha de la integración monetaria, la discusión sobre la fallida Constitución (2004) o la última reforma de los Tratados (2009). Incluso, prestaron menos atención a la Unión durante la Gran Recesión, a pesar de sus efectos sobre la política española. Esta falta de interés ha contrastado con el comportamiento de otros partidos europeos, que sí han elaborado más mensajes sobre Europa durante los grandes debates sobre su futuro, o en el caso de los franceses, alemanes, italianos y hasta portugueses a partir la crisis económica que se inicia en 2007. A esta anomalía española hay que sumar la inclinación generalizada de los gobiernos nacionales a culpar a Bruselas de las malas noticias atribuibles a decisiones adoptadas en el Estado y a ocultar su apoyo e incluso impulso de medidas aprobadas en el Consejo de la UE.

Estas malas prácticas partidarias han jugado en contra de la legitimidad democrática de la Unión. Por eso es buena noticia que el candidato propuesto para presidir el gobierno de España evite diluir responsabilidades y ponga en valor las aportaciones y fortalezas nacionales. No obstante, en su llamada a contribuir a la profundización del proceso de integración sigue faltando voluntad de concreción, así como para distinguir entre apoyo a los valores fundacionales y las instituciones de la Unión, de una parte,  y posición sobre los distintos temas, de otra. Ojo con la trampa del consenso. Continúa pendiente tanto en las elecciones al Parlamento Europeo como en las elecciones generales, y es imprescindible desde el punto de vista de la calidad democrática, presentar a los electores una oferta programática más claramente diferenciada sobre las distintas políticas públicas de la UE.

Autoría

1 Comentario

  1. Emilio
    Emilio 09-04-2016

    Estoy de acuerdo en líneas generales con el contenido del artículo, pero me parece que no hay correspondencia entre el carácter laudatorio la segunda parte del titular (“el acierto del discurso de Rajoy”) y el carácter crítico hacia ciertas medidas que se exponen más adelante

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