Guía para que Vox no se convierta en una profecía autocumplida

Mientras Salvini y Le Pen maquinan su asalto conjunto a las instituciones europeas, Santiago Abascal calienta en la banda. Si bien la extrema derecha es un fenómeno relativamente reciente en España, en otros muchos países ya supone un peligro existencial para la democracia: se sienta en el Parlamento alemán por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial; consolida su poder en las antaño esperanzas del Este, Polonia y Hungría; y es la responsable de la institucionalización del racismo en Italia, pilar de la construcción europea. Éstos son sólo algunos de los ejemplos de la gravedad de la situación.

En los países de nuestro entorno, los errores en el tratamiento informativo a las doctrinas que alientan el odio y la división han sido casi consustanciales al auge de éstas. España tiene en su mano no repetirlos –y evitar, así, emprender un camino que luego no sea capaz de desandar.

Ante los ejemplos de cobertura sobredimensionada del mítin de Vistalegre y la reproducción de mensajes de dirigentes de Vox sin siquiera contrastarlos, urge aplicar un plan de contingencia. Y hacerlo no será injusto ni improcedente. Porque, en una democracia europea, lo justo y procedente es velar por que sólo tenga cabida la política que respete los valores consagrados en el artículo 2 del Tratado de la Unión, pues son los que nos protegen y amparan como ciudadanos libres e iguales.

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Situándose al margen de estos valores, Vox es susceptible de poner en riesgo nuestros derechos y libertades, y por ello merece un tratamiento específico. Así, se proponen 10 medidas para evitar que se convierta en una profecía autocumplida:

  1. Información, sí; publicidad, no. La congregación de un número sustancial de personas en un acto político constituye un elemento noticioso; el crecimiento en intención de voto a un partido, también. La cuestión es cuánto espacio darles o dónde situarlos. En vez de premiar lo novedoso e inusual, conviene preguntarse en qué medida contribuye al debate democrático lo que se quiere a publicar.
  2. No difundir sin comprobar y contextualizar. Reproducir al pie de la letra afirmaciones engañosas o infundios malintencionadas sólo sirve para revestir la falsedad de realidad y, por ende, para confundir. No deben reproducirse mensajes como el que emitió en julio Javier Ortega (quienes saltaron la valla eran “la avanzadilla de una invasión”) sin acompañarlos de datos. Tampoco procede darles cabida en los titulares, pues su brevedad no permite la contextualización. En la batalla por la democracia, el clickbait sólo beneficia a los enemigos de ésta.
  3. Ir más allá de la inmigración. No hay nada más fácil para la extrema derecha que hablar sobre inmigración. Pero la relevancia informativa de un asunto viene justificada por su impacto en la vida de las personas, no por su conveniencia para los partidos. Con las llegadas irregulares a la UE reducidas en casi un 30%, no está justificado situar la inmigración en lo alto del repertorio. En todo caso, la clave está en la manera de presentar los temas. Para evitar generar una alarma innecesaria, lo primero es preguntarse si es aceptable hablar en términos de ‘crisis’ o ‘problema’. Si no lo es, debe explicarse por qué. Si lo es, hay que incorporar voces que ofrezcan enfoques diferentes.
  4. Preguntar hasta obtener respuestas. Se empieza por someter a un análisis exhaustivo el programa electoral. Por ejemplo, las 100 medidas de Vox incluyen una propuesta para “convertir en suelo apto para ser urbanizado todo el que no deba estar necesariamente protegido”. ¿Significa esto que quiere enmendar la Ley de Costas? Y si es así, ¿en virtud de qué criterios? ¿En qué lugar queda el medioambiente? El demonio está en los detalles. Otras, como las que citan pluses para “los trabajadores españoles”, chocan con los tratados. Y la versión voxera de construir un muro rezuma trumpismo. La primera pregunta se hace sola (¿con qué dinero?), pero son necesarias las siguientes.
  5. Investigar, dentro y fuera. No sólo hay que mirar con lupa las fuentes de financiación de Vox, sino también su posición real en el mapa de la ultraderecha europea. Los partidos más pequeños suelen explotar su vínculo con los grandes, confiando en mostrarse así más solventes. Vox no es una excepción y alardea de encuentros con líderes extremistas. Sin embargo, éstos pueden limitarse a tomas de contacto y conversaciones breves, sin compromiso. Antes de darles difusión, es necesario saber cuál es su alcance real.
  6. El árbol familiar. Y no menos importante es poner al descubierto quiénes son aquéllos con los que quiere confraternizar. Por ejemplo, el francés Louis Aliot, con el que Vox dice haber mantenido una reunión, se ha manifestado en contra de que los políticos catalanes estén en prisión. ¿Coincide esto con el argumentario de Abascal? Y más que las contradicciones, preocupan las condenas por incitación a la discriminación de sus compañeros de conferencias, como la que tiene el holandés Geert Wilders.
  7. Advertir y concienciar. Con la ultraderecha europea marcando máximos no vistos desde los años 30, no está de más recordar en qué desembocó esa década. Puede ser efectivo hacerlo con vídeos para compartir en redes sociales. También hay que explicar qué ocurriría si se llegase a aplicar el programa de Vox: por ejemplo, “suspender el espacio Schengen” significaría privar a los españoles del derecho a viajar, vivir y trabajar en otro país de la UE. ¿Y cómo repercutiría en los extranjeros su propuesta de “suprimir la institución del arraigo”?
  8. La peculiaridad española. Además de las comunes al resto de Europa, Vox también bebe de una fuente autóctona: la colección de aspiraciones independentistas que danzan por nuestro mapa. Éstas contienen elementos racistas y muestran poco respeto por el Estado de derecho. Esto significa que cumplen los requisitos para ser calificadas de ultraderecha, al igual que Vox. Por tanto, y sin que ello suponga establecer paralelismos, es importante que no exista una doble vara de medir. Todas hacen peligrar la democracia, y por ello todas deben someterse al mismo nivel de escrutinio.
  9. Recordar lo esencial. Vox supone una amenaza para los derechos y libertades. Es alarmante que su programa propugne la arbitrariedad; esto es, el ejercicio del poder en función del capricho de quienes lo alcanzan, sin obedecer las leyes. Hay que marcar en rojo propuestas como la del “agravamiento de las penas por las ofensas y ultrajes a España” (defina ultrajes).
  10. Y no dar pasos hacia atrás. Crezca o no en las encuestas, la demoscopia jamás debe ser la ciencia que estime qué legitimidad debe concedérsele a Vox. Evocando la teoría de la falsa equivalencia de Robert G. Picard, “no todas las ideas son de igual valor“. Algunas, como las que incitan al odio y a la discriminación, “simplemente deben ser ignoradas, repudiadas y denunciadas”. Hablamos de lo que es aceptable en una democracia, no del apoyo que pueda tener lo inaceptable.

Como anexo a este decálogo, cabe añadir que cuestionar a la ultraderecha no es tarea fácil. Si su auge tiene un daño colateral inmediato, ése es el bienestar psicológico de los periodistas. Ante los ataques que pueden sufrir, fuerza para continuar y un descanso cuando sea necesario. Y para inspiración, la entrevista de la cadena ZDF al líder de Alternativa por Alemania. El entrevistador le preguntó por la digitalización, las pensiones o el cambio climático, y ni una sola vez por la inmigración. El entrevistado se quedó sin respuestas.  

Así es como se debiera tratar a la extrema derecha.

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