Finlandia: soluciones para los sin techo más allá del ‘Housing First’

El número de personas que se ven obligadas a dormir en la calle o en albergues no deja de aumentar, incluso en países que están experimentando un fuerte crecimiento económico, como Alemania. En Berlín se registraron el año pasado 30.000 personas durmiendo en residencias temporales y de acogida, 10.000 más que en 2016. En el último recuento de personas sin hogar realizado en París en febrero del 2018, se anotaron 3.624 personas sin techo en una sola noche. Si añadimos a las alojadas en los albergues de la ciudad abiertos en invierno, la cifra asciende a más de 5.000 personas.

Según el último informe (2017) de FEANTSA, la federación europea de entidades que atienden a personas sin hogar, Austria contabilizó 15.909 personas sin hogar en 2015, un 32% más que un año antes; en Bruselas, el número de personas durmiendo en la calle se duplicó entre 2014 y 2016, llegando a 707 personas; en Irlanda, el incremento fue del 25% entre 2016 y 2017 y se estima que en esa situación se encuentran 5.250 adultos y 3.124 niños; la cifra para Países Bajos fue de 31.000 personas en 2016, un 24% más que tres años antes; en Luxemburgo, el aumento entre 2012 y 2016 fue del 61%, tasa que en el Reino Unido asciende al 135% si se toma como referencia inicial el año 2010.

A pesar de que las metodologías para obtener estos datos son diversas, es evidente que el problema del sinhogarismo crece de forma alarmante en toda la Unión Europea. En Barcelona, el número de personas que duermen en la calle ha crecido un 56% en sólo ocho años, y eso que las plazas de alojamiento disponibles en centros especializados han crecido un 64%, lo que ha servido para contener una parte del problema, pero no para evitarlo.

Mientras esto ocurre en toda Europa, Finlandia ha conseguido reducir la exclusión residencial a cifras prácticamente anecdóticas, despertando el interés de la prensa, de políticos, expertos y académicos de otros países europeos, que se preguntan qué hace el país nórdico que no hagan los demás. Y se ha extendido la idea, errónea o incompleta, de que la clave de su éxito radica en la aplicación de la metodología Housing First.

Este modelo de atención a personas sin hogar consiste en que el primer paso de la intervención social sea facilitar a la persona una vivienda individual desde la cual reconstruir su vida con el apoyo de un equipo de profesionales sociales. En lugar de proporcionar el acompañamiento social en centros residenciales especializados y de ver el acceso a la vivienda como el último paso de un largo proceso, Housing First parte de la vivienda para centrarse en la persona; no la impone como moneda de cambio ni premio al buen comportamiento, sino que se centra en la reducción de daños, en la inclusión comunitaria, en la libertad para la toma de decisiones, en la orientación hacia la recuperación y en el compromiso activo sin coerción. Todo ello partiendo de la premisa de la vivienda como un derecho humano.

Housing First demostró tener éxito entre la población sin hogar más crónica, lo que hace muy tentador considerarlo la solución a un problema que desborda la capacidad de reacción de las administraciones públicas. Tentador hasta el punto de convertirse en la piedra angular de las estrategias nacionales de diferentes países europeos puestas en marcha en los últimos cinco años. Pero el modelo de intervención no es nuevo, sino que surge a principios de los años 90 de la mano del Dr. Sam Tsemberis, en la ciudad de Nueva York, en un contexto en el que el acceso a la vivienda para personas que llevaban mucho tiempo en la calle era casi inexistente. Rápidamente se extendió al país vecino, Canadá. Posteriormente, se desarrollaron sólidos programas en Francia, en los Países Bajos, Reino Unido, Noruega, Suecia, Bélgica… Existen experiencias de ámbito municipal o supramunicipal en prácticamente todos los países europeos.

En todo el mundo, los programas Housing First logran dar respuesta a las necesidades complejas de las personas que viven en la calle. Es una modalidad de intervención social que incide en la vida de quienes han padecido un largo proceso de empobrecimiento y para las que es imposible acceder a un hogar, pero no impide que otras caigan en esa misma situación. La lección más importante de Finlandia no es la aplicación de políticas Housing First, sino la prevención, la movilización de un gran parque de viviendas para fines sociales y una apuesta por cuidar a las personas más vulnerables de la sociedad. Ya a finales de los 80 comenzaron a diseñar una estrategia nacional en la que se implicaron ciudades, la Administración del Estado y organizaciones no gubernamentales (ONGs), que alcanzaron un compromiso político, financiero y profesional sin precedentes con el objetivo de reducir el número de personas con ese problema.

La premisa de estas políticas en Finlandia es el reconocimiento del derecho a la vivienda de toda la ciudadanía, incluidas las personas con necesidades más complejas. Durante tres décadas, los albergues se han reconvertido en apartamentos. Entre 1985 y 2016, las plazas en albergues pasaron de 2.121 a 52, mientras que las viviendas individuales para personas sin hogar evolucionaron en dirección contraria, de 65 a 2.433. El número de viviendas con soporte social y médico para personas con altas necesidades también ha crecido, de 127 a 1.309 en el mismo período. A esta espectacular transformación se suma una fuerte inversión en prevención, que pasa por la detección precoz de situaciones de riesgo y unas generosas ayudas para que las personas con vulnerabilidades sociales de todo tipo puedan sufragar los gastos de vivienda.

Si bien está comprobado que Housing First tiene un alto porcentaje de éxito para apartar de la calle a personas con necesidades complejas -como una situación crónica de sinhogarismo, enfermedad mental o adicciones-, ampararse en el caso finlandés como piedra angular entraña algunos riesgos. Housing First no es un modelo diseñado para acabar con todas las formas de sinhogarismo existentes ni para resolver la exclusión residencial de forma aislada. Los Ángeles, Nueva York, Londres, París… están registrando cifras récord de personas durmiendo en la calle a pesar de los buenos resultados obtenidos con las personas a las que se ha proporcionado vivienda a través de estos programas.

Lo que diferencia a Finlandia del resto de países occidentales es su capacidad para proteger a la población de la pérdida de la vivienda, no su estrategia de realojamiento. Se trata de un modelo a nivel estatal con una fuerte coordinación entre los servicios sociales, los servicios sanitarios, las agencias públicas de vivienda, los actores privados y asociativos, así como los niveles local y nacional de la Administración pública. Todo ello enmarcado en un compromiso político a largo plazo que ha garantizado que el sinhogarismo no sea usado como arma arrojadiza entre partidos políticos.

Reducir el éxito finlandés a la implementación del modelo Housing First es pensar que a cada problema le corresponde una solución mágica e ignorar que el principal desafío de las grandes ciudades europeas es la falta de vivienda asequible. El diseño de estrategias integradas para combatir el sinhogarismo debe incluir servicios preventivos y de acceso a la vivienda, equipos de emergencia para situaciones sobrevenidas como los desahucios, modelos alternativos de vivienda como el cohousing y todo un rango de servicios de los que Housing First sólo sería uno más.

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