Europa y la divergencia social tras la crisis

En otoño de 2017, apenas hace unos meses, y como gran hito social del mandato de la Comisión Juncker, se proclamaba en Gotemburgo el Pilar Europeo de Derechos Sociales (PEDS). Dicho instrumento, según la narrativa de la propia Comisión, suponía  un “cambio de paradigma” porque coloca lo social a la misma altura de lo macroeconómico y fiscal en los objetivos de la política económica de la Unión.

Aunque resultaría un análisis interesante, no es propósito de este artículo entrar en si tal “cambio de paradigma” se ha producido. Tampoco lo es evaluar el contenido y posibilidades del PEDS para lograrlo. Ambos asuntos se tratan brevemente aquí.

El objetivo es examinar la imagen de Europa que ofrecen los indicadores anexos al PEDS. Éstos han sido utilizados por primera vez este año durante el ciclo de diagnosis, evaluación y recomendaciones de política económica que la Comisión ejecuta en la primera mitad del año y que recibe el nombre de Semestre Europeo.

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En la construcción del Cuadro de Mando Social, o ‘Social Scoreboard’, entran en juego más de 40 variables estadísticas, pero en el marco del Semestre se utiliza una versión resumida de 15 indicadores. Éstos se dividen en los tres grandes capítulos correspondientes del PEDS, a saber: Igualdad de acceso al mercado laboral, Mercados de trabajo dinámicos y condiciones de trabajo justas y Asistencia pública, protección e inclusión social.

Analíticamente hablando, los indicadores responden tanto a situaciones coyunturales como estructurales. Así, por ejemplo, los que tienen que ver con la situación del mercado laboral –empleo, paro o renta disponible de los hogares– están más correlacionados con el ciclo económico, mientras que el abandono escolar o el grado de cobertura sanitaria con factores estructurales.

¿Cuál es el retrato que el PEDS dibuja sobre la situación social de la Unión Europea en 2017? La respuesta puede encontrarse en el Informe Conjunto de Empleo, publicado el pasado mes de mayo. En el Cuadro Resumen de la página 19 se muestra la clasificación de cada país en cada uno de los indicadores consignados, siendo siete las posibles categorías,  atendiendo a la distancia respecto a la media europea de cada indicador (de mejor a peor: Países con los mejores resultados; Mejores que la media; En la media; Buenos, pero en deterioro; Débiles, pero mejorando; En observación, y Situación crítica).

Este cuadro muestra la posición relativa de cada país respecto a cada indicador y ámbito concreto. Lógicamente, es importante no estar en la zona baja, particularmente en las dos últimas categorías. Igualmente importante e informativo resulta de este cuadro la información sobre la agrupación por países en cada uno de los niveles de los indicadores a fin de constatar divergencias sociales, similitud de modelos económicos o trayectoria reciente en políticas aplicadas.

Varias conclusiones pueden obtenerse de la lectura de este cuadro de mando social:

Al observar las variables más cercanas a la evolución coyuntural del mercado de trabajo, se constatan los malos resultados en los países más afectados por el agravamiento de la crisis de la deuda de 2011, incluso una década después: Italia, España, Portugal y Grecia ocupan, en general, las peores categorías en los indicadores de Empleo, Paro y Crecimiento de la Renta Disponible de los Hogares. Por el contrario, los países que mejor resultado muestran en estos indicadores son los del centro y este europeo, independientemente de su tiempo de pertenencia a la Unión: Holanda, Alemania, Polonia, Dinamarca, la República Checa, etcétera. Merece especialmente la pena comentar el desempeño en Crecimiento de la Renta Bruta Disponible en los países de la ampliación de 2004 (Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia y la República Checa); eso sí, soportado por una remuneración por hora debajo de la media.

Si se examinan los indicadores sobre desigualdad o discriminación potencial, se aprecia la baja posición de Italia, España, Portugal y Grecia en Ratio de distribución de la renta por quintiles (ratio 80/20) y en Población en riesgo de pobreza, junto, y a veces por debajo, de varios países con bajos salarios (repúblicas bálticas, Rumanía, Bulgaria). Esta coincidencia aportaría indicios de que tanto los efectos de la propia crisis como las medidas propuestas para afrontarla han acercado a países del occidente europeo a modelos del este; concretamente, a dos ejemplos típicos de bajos salarios y alta desigualdad.

Por otro lado, se observa como los peores países en distribución de renta se asemejan a los peores países en abandono escolar temprano y porcentaje de ninis (ni estudiar ni trabajar), lo cual podría estar apuntando hacia una relación estructural.

Los indicadores que miden la capacidad asistencial y redistributiva de los países no tienen una relación directa con el comportamiento durante la crisis, y ello se debe a su fuerte componente estructural. Puede observarse una aparente correlación entre los resultados en la mayor capacidad redistributiva de los sistemas fiscales y menores niveles de desigualdad y pobreza. Pero no se observa la misma relación con la escolarización de los niños menores de tres años o el grado de extensión de los cuidados sanitarios.

La información del PEDS también puede leerse como una radiografía de la situación social de cada país, que ayudaría a determinar las prioridades en las actuaciones. Así se presenta la información en los informes sobre países publicados en marzo. Por ejemplo, para el caso español (página 44), la desigualdad de la renta por quintiles se encuentra en situación crítica, así como el ratio de abandono prematuro de la formación. El riesgo de pobreza y el incremento de la renta bruta de los hogares estarían en la segunda peor situación posible (A observar), igual que el porcentaje de ninis. La misma calificación merece la capacidad redistribuidora del sistema impositivo.

Como puede observarse, la inclusión del PEDS en las evaluaciones del Semestre Europeo tiene el efecto de mostrar los desequilibrios sociales europeos utilizando criterios metodológicos rigurosos al mismo nivel que los indicadores típicamente macro o fiscales. Ello no garantiza, como así ha sucedido en el primer año de su utilización, que analistas económicos o prensa especializada los hayamos explotado. Más curioso aún resulta que la propia Comisión tampoco parezca haber tenido excesivamente en cuenta sus resultados a la hora de elaborar las recomendaciones específicas por país, donde se ha echado de menos alguna referencia explícita a este nuevo instrumento, o al mencionado “cambio de paradigma”. No las hay.

Por relevantes que resulten tanto el PEDS como el Cuadro de Mando Social, si la Unión quiere cerrar la divergencia social que se ha abierto durante la crisis va a ser necesario un mayor impulso político que se traduzca en cambios que abarcan desde lo presupuestario a lo normativo y lo institucional. También sería bienvenido un mayor grado de compromiso por parte de los estados miembros y de sus partidos políticos, que muchas veces no dudan en casi exigir una Unión Europea al estilo socialdemócrata mientras en sus países impulsan agendas de orientación liberal, ecuación difícil de ajustar.

Con todo, hay dos aspectos cruciales que deben ser afrontados en un futuro desarrollo: el primero consiste en conectar la situación social con una mayor capacidad de actuación en materia fiscal, sea vía recursos de la Unión o vía estados miembros. El segundo, involucrar en ese instrumento de evaluación y mejora vías para que también sea un instrumento utilizable para los países con mejores resultados. Tanto en este aspecto como en otros conectados con la dimensión socioeconómica, si la Unión quiere ir hacia su mejor versión debe abandonar cuanto antes narrativas divisivas.

 

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