Europa 2018: escenarios, perspectivas y desafíos

Tal y como se sostenía, en idénticas conclusiones de la crónica de 2016 o incluso al inicio de la presente, 2017 venía a suponer una continuación de las prioridades programáticas de 2016, acentuadas por el clima de paulatina recuperación económica, pero sobre todo por la negociación del Brexit, el auge de los populismos y el euroescepticismo y su influencia en las elecciones de Holanda, Francia, y Alemania, o las propias tensiones territoriales dentro de la propia UE, con especial atención al caso de español, en relación a Cataluña. Y así ha sucedido, aquellos han sido los temas capitales, la mayor parte de los cuales cuenta con un denominador común, aunque en marcha, no han sido agotados durante 2017, sino que quedan como tareas pendientes para 2018. Efectivamente y a modo de ejemplo, el último Consejo de Ministros de 2017 tenía previsto tratar preferentemente el estado de las negociaciones del Brexit, pero también la situación política alemana, dadas las dificultades de encontrar una mayoría de gobierno estable a pesar de la victoria de la canciller, Angela Merkel en los pasados comicios.

Lo anterior, no quiere decir que no vayan a ser objeto de atención por parte de las autoridades europeas, toda otra serie de cuestiones también de cierto calado, que hunden sus raíces en el ejercicio 2017 e incluso en alguno anterior. De una parte, los acercamientos a Japón, México y al Mercosur para indagar sobre las posibilidades de suscribir o reformar acuerdos comerciales, tras el CETA con Canadá de 2016 y con motivo del estancamiento de un posible acuerdo comercial con los Estados Unidos tras la asunción de la Administración Trump; así como el reforzamiento de las relaciones comerciales con la propia China. De otra parte, el interés por la profundización en el Mercado Único Digital, ligado a una importante mejora de las redes de transporte europeas. Asimismo, y en materia de Seguridad y Defensa, la UE tiene pendiente el avance en la gestión conjunta de información, fronteras y justicia criminal (con especial atención a los casos de Libia, Siria y Oriente Próximo). Tampoco pasará por alto en 2018 la UE la gestión de la amenaza terrorista yihadista, tras un año copado por los luctuosos atentados terroristas de Estocolmo, Manchester, Londres, París y Barcelona.   

Entre los retos incluidos para el ejercicio 2017 en la agenda europea, se encontraba subrayado en rojo el del replanteamiento de las problemáticas derivadas de las crecientes presiones populistas (principalmente de la extrema derecha en Francia) o/y euroescépticas (Reino Unido o Hungría, entre otros). Tristemente y a pesar de algunos movimientos, muchos de ellos liderados desde el propio Reino Unido que abogan por el “Regrexit”, el caso del Reino Unido, más allá de la mejor negociación posible para la consumación de la salida del Reino Unido de la UE, ya escapa en la actualidad y de cara a 2018 de la estricta agenda de la UE. Sin embargo, sí que quedaba todavía mucho por hacer por cuanto tenía que ver con la oposición a los populismos y a los euroescepticismos. Particularmente en relación a las elecciones holandesa y francesa (en menor medida en este sentido respecto a la alemana), comicios ante los cuales partidos decididamente xenófobos, eurófobos y populistas, tenían opciones de victoria y por tanto de dar un trascendente vuelco al tablero de actuaciones de la UE, tras la decisión de la salida británica y el proceso de implementación de la misma.

Por orden cronológico, Europa comenzó a respirar cuando como resultados de los comicios en los Países Bajos, el eurófobo Geert Wilders sucumbió ante el actual Primer Ministro Mark Rutte, dando un primer balón de oxígeno a Bruselas. Ni que decir tiene que, sin embargo, no fue hasta mayo cuando la UE pudo respirar tranquila. El auge del Front National, y el sistema francés a doble vuelta, hacía de los comicios franceses, tan imprevisibles como paradójicos. Por suerte para la UE, el fenómeno Macron (europeísta convencido), pudo frenar el auge de Marine Le Pen, que no obstante pudo disputar la presidencia en la segunda vuelta. Más relajadas desde la perspectiva europea se presentaban las elecciones alemanas, que volvieron a otorgar la victoria a la Canciller Angela Merkel, precisamente frente al antiguo presidente del Parlamento Europeo, el socialista Martin Schulz. Fuera de la partida el cleavage del Europeísmo o el Euroescepticismo, los quebraderos de cabeza para la UE, pueden venir por las dificultades aritméticas para formar coalición de gobierno tras los resultados electorales, lo cual puede retrotraer a Alemania a la situación española tras las elecciones de 2015 y hasta que logró formar gobierno a finales de 2016.

Desde el referéndum británico en 2016, el conjunto de los líderes europeos parece, por fin, haberse concienciado, de la necesidad de una profunda reflexión política acerca de la UE y del futuro (sin en el Reino Unido) de la misma, puesto que demasiados ciudadanos europeos no están contentos con la situación actual, ya sea a escala nacional o europea, y esperan mejores resultados. Evidentemente, la gestión del Brexit, así como el replanteamiento de las fallas de la propia UE, estaban anotados en mayúsculas en la agenda europea para 2017, algo que no cambiará de cara al ejercicio 2018. En definitiva y respecto a la cuestión británica, será necesario tiempo para digerir el referéndum británico y la salida del Reino Unido de la UE, para descifrar las potenciales consecuencias y disputas derivadas de la misma. Sin embargo, tiempo no será lo que sobre precisamente, ya que los tratados estipulan que las negociaciones de salida no deben sobrepasar los dos años desde la petición oficial, firmada por Theresa May el 29 de marzo de 2017. Ni que decir tiene, que no habiéndose avanzado demasiado en ese sentido durante el ejercicio que ahora finaliza, el grueso de los acuerdos deberá tomarse en 2018. Y no parece tarea fácil puesto que las posiciones están, por el momento, lo suficientemente alejadas.

En todo caso y más allá de lo estipulado por la cláusula del artículo 50 del Tratado, es de suponer que, si las partes no hubieran terminado de llegar a un acuerdo para finales de marzo de 2019, puedan concederse una prórroga, ya en cuanto a sujetos del Derecho Internacional más que del Derecho Europeo. Más allá de esa remota posibilidad, parece lógico que 2018 arroje luz sobre algunas de las incertidumbres actuales respecto al cómo y al cuándo de la implementación del divorcio, además de sobre las potenciales consecuencias negativas del mismo para ambas partes. El inconveniente esencial parece residir en el hecho de que los principales líderes europeos no parecen ver con muy buenos ojos una salida del Reino Unido de la UE “a la carta”, manteniendo algunas de las libertades y de los beneficios esenciales de la pertenencia a la UE. Por mucho que se haya ya admitido que las negociaciones de salida deben conducir a una futura relación privilegiada entre el Reino Unido y la UE, ello no incluye para los negociadores europeos (tal y como sí que verían con muy buenos ojos los negociadores británicos) el acceso “a la carta” al Mercado Único, que solo podría concederse a cambio del compromiso con las cuatro libertades básicas de la UE también en territorio británico, incluida la libre circulación de trabajadores, probablemente la detonante del Brexit. Dada la distancia actual de las posiciones negociadoras, 2018 se antoja como el ejercicio vital para poner las bases de lo que ya no parece poder ser en el mejor de los casos, sino un “divorcio feliz”.

Muy relacionado también con los populismos y dentro del marco de las tensiones territoriales en el propio territorio europeo, la agenda europea ha estado también dominada por el particular caso catalán. Lejos de haberse cerrado a la fecha escritura de la presente crónica, promete nuevos capítulos a desarrollarse en 2018. Efectivamente y como ya explicábamos hace un año, desde Bruselas se atendía con precaución y recelo a la escalada de tensión en el caso catalán. No en vano, la UE como organización supranacional, compuesta por Estados-Nación, no puede ver, sino con recelo todas aquellas tendencias disgregadoras y desestabilizadoras de sus estados miembros. Tristemente, 2017 ha supuesto el tablero de batalla entre las soflamas directamente independentistas y el estado español. Se celebró el primero de octubre un simulacro de referéndum por la independencia de Cataluña, previamente declarado inconstitucional, y que supuso disturbios principalmente en las calles de Barcelona, en unas imágenes que bien podían haberse ahorrado y que golpearon a la opinión pública internacional. A aquellos tristes acontecimientos se sucedieron infructuosas negociaciones entre el gobierno central y el regional que culminaron en la Declaración Unilateral de Independencia por parte del Parlamento regional el 27 de octubre y la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española (se destituía al antiguo gobierno catalán y se administraba la Comunidad Autónoma desde Madrid, a la vez que se convocaban nuevas elecciones regionales para el 21 de diciembre), al día siguiente.  

Consecuencia de los resultados de dichos comicios, pero sobre todo del juego de alianzas y posibles mayorías de gobierno en el Parlamento catalán y de la relación y posible complicidad entre el nuevo gobierno regional y el gobierno español, se podrá (o no) reconducir la escalada de tensión en España y abordar una nueva reubicación y relación de Cataluña con el resto de España. Todo ello, está (por tanto) pendiente para 2018. En todo caso, la UE aguarda con preocupación la resolución del conflicto, y sobre todo la posibilidad de evitar el denominado efecto contagio a otros territorios, motivo por el que las instituciones europeas han venido desatendiendo todos y cada uno de los requerimientos de los dirigentes independentistas catalanes, incluida la mediación internacional y por mucho que el expresidente catalán pretendiese europeizar el conflicto auto-exiliándose en Bruselas desde principios de noviembre.

En relación con la situación en Oriente Medio, la UE debía y todavía debe tratar con fina intuición sobre dos asuntos capitales: la oleada de refugiados, de una parte; y la gestión de la respuesta común al fenómeno del terrorismo yihadista. De hecho, Europa lleva asistiendo durante los últimos dos años a un flujo migratorio sin precedentes, de refugiados sirios (situación en un primer momento bienvenida, pero más tarde, también motivo de desacuerdos acerca de su gestión por los estados miembros). “Ni que decir tiene, que tras aquella experiencia, la UE, a sabiendas de la imposibilidad de impedir las crisis migratorias de los refugiados, bien haría en pedir a sus dirigentes altura de miras suficiente, para ser capaz de dar una respuesta mejor argumentada, más gestionada, más solidaria y sobre todo más coordinada al fenómeno. Por lo que respecta estrictamente al fenómeno del terrorismo yihadista, si ya resultaba a inicios de 2016 un desafío evidente y permanente el de la reorganización, tanto occidental como europea frente al fenómeno terrorista, los acontecimientos de 2017 han dado la razón a previsiones más agoreras. Tras los espectaculares atentados terroristas de 2015 y 2016 en París, Bruselas o Niza, entre otros, 2017 no ha supuesto una excepción y el yihadismo islámico ha vuelto a golpear en territorio europeo, con Estocolmo, Manchester, Londres, París y Barcelona, como muestras evidentes, quedando como asignatura pendiente, esperemos que solo para 2018.

Mientras que el terrorismo yihadista no ha podido evidentemente ser totalmente contrarrestado 2017 sí que ha asistido a un descenso de intensidad de la crisis de refugiados procedentes de Siria. Todo ello tendrá una influencia y una relación sintomática respecto a la crisis de los refugiados, y la gestión de la misma, siendo fundamental, entre otros, el desarrollo de acuerdos al respecto, como el certificado en 2016 con Turquía, o la misma revisión de la validez y eficacia del mismo, durante 2017. Precisamente, la UE, a sabiendas de la imposibilidad de impedir las crisis migratorias de los refugiados, bien haría en pedir a sus dirigentes altura de miras suficiente, para ser capaz de dar una respuesta mejor argumentada, más gestionada, más solidaria y sobre todo más coordinada al fenómeno”.

Avanzábamos en nuestra introducción que la presidencia Trump no parece ser especialmente empática con Europa o con la Unión Europea. De hecho, no hay rastro de noticias de aquel Acuerdo de Libre Comercio entre Estados Unidos y la UE, que no pudo ser concluido durante la Administración Obama. Además, los desencuentros, tanto protocolarios como en materia de ciertas políticas como la climática y medio-ambiental, han sido más que evidentes en el marco del ejercicio 2017. Se trataba de un tema pendiente para 2017, muy lejos de ser resuelto y que parece que continuará pendiente a corto plazo, pero que engarza con la necesidad europea de replantearse sus relaciones con una Administración Trump parece que será bastante menos pro-europeísta que la Administración Obama, motivo tanto de preocupación como de reflexión para las autoridades europeas durante el ejercicio 2018.

Todos los anteriores constituyen los temas que han dominado la agenda durante el ejercicio 2017 a punto de terminar, algunos de los cuales constituirán también tareas pendientes para la UE en 2018. Tal y como se explicitó el pasado 25 de marzo en la Solemne declaración de Roma, para conmemorar el 60 aniversario de los Tratados fundacionales dela UE, el proyecto europeo se encuentra en un momento decisivo y nada baladí, puesto que más allá de una encrucijada económica, ahora la UE se halla ante una diatriba política. Todavía, “de la gestión de todas aquellas líneas de fractura, que suponen serias amenazas para la UE, depende su refundación o relanzamiento, o por el contrario su declive, condena al ostracismo y práctica irrelevancia geopolítica a escala mundial.  

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