Europa 2016: escenarios, perspectivas y desafíos

La Unión Europea (UE) se dejó trascendentes desafíos pendientes por solucionar en 2015. El presente curso, del cual se ha consumido ya prácticamente una sexta parte, debe servirle para lidiar con una serie de situaciones, algunas de las cuales (mal solventadas) y tal y como hemos podido ya advertir en el último Consejo Europeo que trató el posible nuevo encaje del Reino Unido en seno de la propia UE,  podrían poner incluso en tela de juicio el mismísimo proyecto europeo. Más allá de la paulatina recuperación económica y financiera, sobre la que se deberá profundizar, principalmente en el marco de las inequidades de la misma, la UE cuenta con serios desafíos por abordar, a saber: la culminación de las negociaciones para el Acuerdo de Comercio e Inversiones entre la UE y Estados Unidos; la mencionada cuestión capital británica y la actualización de su pertenencia a la UE; la supervisión del deterioro de la situación griega y la gestión de su polémico y controvertido tercer rescate; la gestión de la oleada de refugiados que provenientes esencialmente de Siria; la gestión de una posición común ante la ofensiva terrorista yihaidista que asoló Europa durante 2015; o la supervisión atenta pero externa de algunas derivas nacionalistas o independentistas evitando el “efecto contagio” a otros territorios; entre otros.

Entre los retos incluidos actualmente en la agenda europea, se encuentra subrayado en rojo el del  replanteamiento de las problemáticas derivadas de las crecientes presiones populistas (principalmente de la extrema derecha en Francia) o/y euroescépticas (Reino Unido o Hungría, entre otros). No en vano, a la UE no le ha quedado ya más remedio que lidiar con cintura con situaciones como la posible salida del Reino Unido, del proyecto europeo, el temido “Brexit”. Precisamente el último Consejo Europeo del 18 y 19 de febrero trató la cuestión británica para buscar su mejor acomodo en la UE. Tras 48 horas de negociaciones y mucho teatro, se llegó, como no podía ser de otra manera, a un acuerdo que concede al Reino Unido más excepciones de las que poseía, sobre todo en materia de inmigración, y que deberá ser refrendado, para no quedar en papel mojado, en referéndum el próximo 23 de junio por los británicos. En manos del ahora “eurófilo” Cameron (quien además tiene la espada de Damocles de la ferviente europeísta Escocia),  queda que sea capaz de convencer a su electorado para evitar el imprevisible “Brexit”, y que la UE supere así su próxima bola de partido. 

Precisamente de cara a las elecciones galas de 2017, la UE deberá estar muy pendiente de la batalla por la derecha francesa entre la populista extremista Marine Le Pen y el controvertido ex presidente Nicolas Sarkozy. El auge del Front National, algo matizado tras su resultado en las regionales del pasado diciembre, y el sistema francés a doble vuelta, hace de los comicios franceses, tan imprevisibles como paradójicos. Aunque parezca (a priori) complicado que Marine Le Pen pueda llegar a sentarse en el Consejo Europeo de Bruselas, según discurran los acontecimientos, tampoco sería descabellado que venciese en la primera vuelta. Algo que podría suponer un preocupante efecto contagio para otros países de la propia UE.

Asimismo, la UE necesita seguir muy atenta a las derivas nacionalistas/independentistas, aquellas en curso, pero también las que puedan surgir en algunos estados miembros, por la incapacidad que ha mostrado en ocasiones para responder a diferentes desafíos económicos, lo que ha impulsado el auge nacionalista, tanto a escala del estado-nación, como en el marco de las denominadas naciones sin estado. En ese sentido, ha llamado la atención la escalada de acontecimientos en el caso catalán, tras la celebración de elecciones autonómicas el pasado 27 de septiembre. Más allá de la conformación in extremis del ejecutivo regional el pasado 10 de enero, la del ejecutivo español, parece hoy todavía lejos de resolverse. Uno de los posibles escenarios pasa por unas nuevas elecciones en  España, ante la imposibilidad de formar gobierno, opción que la propia UE vislumbra con recelo. Siendo la cuestión del hipotético referéndum de independencia en Cataluña, la línea roja más evidente para la conformación tanto del gobierno nacional, la UE, igualmente, observa (atenta pero con escepticismo) cualquier diatriba independentista en territorio europeo, por cuanto al posible “efecto réplica” que pueda tener sobre otras regiones europeas con conciencia de nación.

Igualmente y a pesar de lo avanzado de las negociaciones, queda por concluir el controvertido Tratado Comercial y de Inversión entre la propia Unión Europea y los Estados Unidos, con respecto al cual diferentes agentes sociales europeos han manifestado sus reticencias, y que en función de las elecciones norteamericanas de 2016, podría llegar a firmarse durante este ejercicio. Cabe reseñar la oposición que dicha firma está recabando en algunas de las posiciones más a la izquierda de la actual UE. De una parte, porque por lo poco que se sabe parece que su contenido pueda dejar al proyecto europeo a merced del más exacerbado neoliberalismo norteamericano con la subsiguiente restricción de libertades, y de otra, por el propio secretismo y la escasa participación de la ciudadanía europea en las negociaciones del mismo. Bien podrían las instituciones aportar un poco de transparencia al proceso.   

Sin duda que los líderes europeos, con la canciller Merkel al frente, no quieren ni oir hablar de una reedición del drama del tercer rescate griego de 2015. La estabilización de la situación en Grecia debería hacer pasar al olvido europeo episodios como los de la celebración de un referéndum in extremis para rechazar el ultimátum europeo, y la aceptación posterior de un rescate en posiblemente peores condiciones del rechazado, apenas unas semanas después, con el mandato popular griego, pero ya sin el ministro de Economía, Yanis Varoufakis, supuestamente por imposición de la denominada Troika.

El futuro europeo vendrá determinado por lo que ocurra en otras partes del mundo, y muy especialmente deberá atender a las tensiones internas o territoriales que acaecen cerca de sus fronteras, poniendo especial atención en la situación de Ucrania y sus relaciones con Rusia, así como en el desarrollo democrático de sus vecinos del Mediterráneo, o el desarrollo de la siempre conflictiva situación en Oriente Medio. Delicadas serán, como de costumbre, las relaciones con la Rusia de Putin, que muy probablemente intentará entremezclar temas como la cuestión energética, sus relaciones con Ucrania o su misma intervención en la Guerra de Siria, situación que la UE no tendrá más remedio que lidiar con mano izquierda.

En relación con la situación en Oriente Medio, la UE deberá tratar con fina intuición sobre dos asuntos capitales: la oleada de refugiados que volverán a llegar desde Siria, de una parte; y la gestión de la respuesta común al fenómeno del terrorismo yihaidista. De hecho, durante el pasado verano Europa asistió a un flujo migratorio sin precedentes, de refugiados sirios (situación en un primer momento bienvenida, pero más tarde, también motivo de desacuerdos acerca de su gestión por los estados miembros). Ni que decir tiene, que tras aquella experiencia, la UE, a sabiendas de la imposibilidad de impedir las crisis migratorias de los refugiados, bien haría en pedir a sus dirigentes altura de miras suficiente, para ser capaz de dar una respuesta mejor argumentada, más gestionada, más solidaria y sobre todo más coordinada al fenómeno.

De otra parte, también resulta ya un desafío evidente y permanente el de la reorganización, tanto occidental como europea frente al fenómeno del terrorismo yihaidista. Los atentados de Charlie Hebdo el 7 de enero y la ofensiva de múltiples atentados que también sacudió París el 13 de noviembre del pasado año, parece que exigen una actuación mancomunada fruto de un análisis profundo que vaya más allá de la reducción drástica de libertades personales y de la práctica supresión del Espacio Schengen (también amenazado por la crisis de los refugiados), como de facto, viene aconteciendo. Aquello que el presidente francés, Francois Hollande, asumió como una declaración de guerra por parte del Estado Islámico contra Occidente, y que elevó los niveles de seguridad y alerta en el grueso de la UE, bien debería dar lugar a un profundo análisis sobre sus orígenes, causas y consecuencias antes de recibir una respuesta orquestada y común europea más allá de las acciones unilaterales de los estados golpeados.

No cabe otra opción para las instituciones y los dirigentes europeos que ponerse manos a la obra y gestionar con sapiencia, eficacia y mano izquierda el futuro de la UE, para dar una respuesta seria y coordinada a las problemáticas que la acucian, que, recordemos, ponen en jaque, no solo la continuidad del mismo proceso de integración supraestatal, sino la propia concienciación e involucración de su ciudadanía en el proyecto europeo.

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