¿Está la CDU de Angela Merkel a la derecha del PP de Mariano Rajoy?

En un reciente artículo publicado en The Journal of Politics, Ryan Bakker et al. disipan dudas acerca de las posibles diferencias entre expertos a la hora de interpretar y aplicar la escala izquierda-derecha económica en el ámbito europeo, y con ello sobre la comparabilidad de las estimaciones de las posiciones de los partidos a partir de encuestas a expertos en general y de la base de datos de la Chapel Hill Expert Survey (CHES) en particular.

Empleando los datos de CHES ahora podemos afirmar con más seguridad, por ejemplo, que el PP y el PSOE españoles se ubican más a la derecha en la dimensión izquierda-derecha económica que la CDU y el SPD alemanes, y puntúan de forma similar al Partido Conservador y al Partido Laborista británicos respectivamente.

CHES, cuya primera ronda se desarrolló en 1999, y las siguientes en 2002, 2006 y 2010, ofrece estimaciones de las posiciones partidarias sobre la integración europea, políticas de la UE, temas como la descentralización o el medio ambiente, y en la dimensión izquierda-derecha (general, económica y social) en distintos países europeos, 14 en las dos primeras rondas, y 24 en 2006 y 2010. Los resultados de la ronda de 2014 estarán disponibles a finales de 2015, e incluyen datos de Estados de la OCDE no europeos como Estados Unidos, Canadá o México.

Dudábamos de la idoneidad de esta base para plantear comparaciones entre países, porque no se había comprobado si los expertos estaban entendiendo y aplicando, por ejemplo, la escala izquierda-derecha de la misma manera en los distintos Estados. Simplificando mucho la duda, ¿un experto británico considera un partido británico centrista en base al mismo punto de referencia que un experto alemán emplea para la evaluación de un partido alemán?

Ryan Bakker et al. usan, para 14 países tanto de Europa occidental como oriental,  las anchoring vignettes sobre la escala izquierda-derecha económica incorporadas a la ronda de 2010 de CHES. Una vez posicionados los partidos reales de su país, se había pedido a los expertos que ubicasen en la misma escala de 0 a 10 tres partidos hipotéticos, tipos ideales de partidos de izquierda, centro-derecha y derecha económica. Para demostrar la asunción de la equivalencia, los expertos debían ordenar los tipos ideales de forma consistente en todos los países.

La dimensión izquierda-derecha es siempre importante en la competición política en Europa; pero, no es la única relevante en todos los países y momentos, así que se trata de un primer paso. Además, la duda sobre la comparabilidad de las puntuaciones de los expertos se mantiene cuando traspasamos las fronteras europeas para comparar partidos de contextos menos próximos culturalmente.

Una debilidad del artículo de Ryan Bakker et al. reside en su subestimación de otras fuentes sobre posiciones partidarias, en particular, del análisis de contenido cuantitativo de textos políticos del proyecto Manifesto Project on Political Participation (MARPOR), cuya base de datos incluye, desde el año 1945, más de 50 países de distintas regiones, a los que en breve se sumarán 19 latinoamericanos. Hablamos de la referencia empírica más utilizada para el estudio de la competición política. Solo entre el año 2000 y principios de 2014 seis revistas de ciencia política de alto impacto han publicado más de 150 artículos que emplean esta fuente.

MARPOR calcula la posición de los partidos sobre distintos temas y dimensiones en base a la codificación de los programas electorales por parte de personas entrenadas en la metodología y conocedoras de la política de partidos de cada país.

Citando entre otros el trabajo de Mikhaylov, Laver y Benoit publicado en Political Analysis “Coder Reliability and Misclassification in the Human Coding of Party Manifestos”, Ryan Bakker et al. igualan el problema de comparabilidad de las puntuaciones de los expertos con las diferencias en la interpretación de las categorías del esquema de clasificación de MARPOR por parte de los codificadores, que, a su juicio, no resolvería el test de fiabilidad que todos superan tras su período de formación.

Dejando a un lado la crítica al proyecto en relación a la fiabilidad inter e intra-codificadores, que ya ha sido debidamente abordada, por ejemplo, por Lacewell y Werner en su capítulo sobre el entrenamiento del último libro metodológico de MARPOR Mapping Policy Preferences from Texts III (Volkens et al., OUP, 2013), merece la pena poner en valor la racionalidad de la contextualización en el análisis de contenido clásico sobre la que se construye esta base de datos.

Los codificadores, una vez garantizada su correcta interpretación y aplicación del esquema de clasificación, y bajo supervisión permanente, codifican programas de un país que conocen bien porque únicamente gracias a su dominio de las particularidades contextuales y de las especificidades de los partidos pueden interpretar el significado de las ideas contenidas en los programas. Por ejemplo, en España, la frase “no financiaremos corridas de toros” será clasificada como contraria al modo de vida español si aparece en el programa de un partido nacionalista periférico, favorable a la protección del medio ambiente si lo hace en el de un partido verde, o favorable a la economía de libre mercado si figura en el texto de un partido de derecha económica.

Por otra parte, la duda sobre la comparabilidad de las estimaciones no es la única planteada a la hora de valorar la idoneidad de las encuestas (tanto a expertos como a votantes) como fuente de medidas sobre la posición de los partidos. Budge, en la nota de investigación “Expert judgements of party policy positions: Uses and limitations in political research” (EJPR 37: 103-113, 2000) apunta otras debilidades importantes de las encuestas a expertos, como el hecho de que sus percepciones pueden responder no solo a las preferencias de los partidos sino también a su comportamiento, o la variabilidad en el período temporal que puedan estar considerando en el momento de puntuar.

En respuesta a Budge, por ejemplo, Steenberg y Marks, en “Evaluating expert judgements” (EJPR 46: 347-366, 2007) y Hooghe at al. en “Realibility and validity of the 2002 and 2006 Chapel Hill expert surveys on party positioning” (EJPR 49: 687-703, 2010) defienden la validez y fiabilidad de los datos de CHES probando que sus medidas se corresponden con las de otras fuentes, como MARPOR.

Quizás este debate ya se haya alargado demasiado. Lo importante es conocer cómo se construyen las distintas bases de datos, para luego reflexionar sobre qué fuente es la más adecuada, o si merece la pena triangular, en función de las preguntas de cada investigación.

Como las estrategias de los partidos tienen que ver tanto con posicionamientos como con omisiones o la insistencia en distintos temas y dimensiones, para examinar la competición electoral precisamos medidas no solo de posición sino también de énfasis, que no ofrece la base de datos de CHES y sí la de MARPOR. Finalmente, esta última referencia empírica es más recomendable para abordar análisis dinámicos, por ejemplo, de las causas o efectos del cambio en las preferencias, o en general las estrategias, de los partidos.

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