España pierde, pero Europa golea en el Mundial

Italia, España, Alemania y Francia o Croacia. No es la formación del último Consejo de Ministros de la Unión Europea (UE), sino los últimos tres y el próximo ganador de la Copa del Mundo de fútbol. Probablemente en ninguna otra faceta existe actualmente un dominio mayor de la UE a escala global. Con permiso de la pequeña Croacia y del saliente Reino Unido, los cuatro países más poblados y con mayor poder de decisión dentro de la UE.

Ninguno entre los más futboleros hubiera apostado hace menos de un mes por una final del mundial entre Croacia y Francia este domingo en Moscú. Ni en lo deportivo ni en lo político (ya lejos del poderío francés del siglo XVII) representan a los dos países más poderosos del planeta. Mayormente Croacia, un país de apenas algo más de cuatro millones de habitantes, consecuencia directa del desmembramiento de la ex Yugoslavia, algunos de cuyos jugadores ya correteaban tras un balón durante la Guerra de los Balcanes y última adquisición por parte de la UE en su expansión hacia el Este.

Sin embargo, este pequeño estado ubicado en la ribera del Mediterráneo y bañado por el Adriático está a sólo 90 o 120 minutos (con o sin penaltis) de convertirse en el epicentro del fútbol mundial. Constituyendo la Copa del Mundo de fútbol el evento deportivo más seguido y más trascendente a escala planetaria, supondría una oportunidad sin igual para reubicar no sólo a Croacia, sino a toda la zona de los Balcanes, en el imaginario colectivo y en el tablero geoestratégico global. No olvidemos que, desde la perspectiva político-económica, lo trascendente no es tanto organizar un gran evento deportivo como ganarlo, lo cual constituiría toda una hazaña para este país balcánico, un reconocimiento global a escala política y una fuerte inyección per cápita en los próximos ejercicios.

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La tradicional utilización del deporte como herramienta de integración nacional y/o vehículo aglutinador de valores ideológicos es un fenómeno ampliamente analizado. Hace tiempo que los resultados de los partidos internacionales más relevantes sirven para reconstruir las percepciones de fuerza en la relación entre los estados. Hasta el ex presidente Obama, al que no se le conoce una especial pasión futbolística, tuvo que claudicar en 2012 durante la cumbre de la OTAN en Chicago. Cameron y Merkel le obligaron a seguir la tanda de penaltis de la final de la Copa de Europa Bayern-Chelsea; un Alemania-Inglaterra en pequeño. Aquel resultado hizo sonreír a muchos aficionados del sur de Europa, quienes en una época de gran inestabilidad del euro, con la prima de riesgo disparada y severas amenazas de rescate, ajustaron así sus propias cuentas con la canciller alemana.    

Como sucede con otros deportes, el fútbol nació en el momento de la construcción de los estados-nación. Este ligamen se ve reflejado en su propia organización, a través de federaciones nacionales aglutinadas en torno a la controvertida Federación Internacional del Fútbol (FIFA). Desde sus comienzos participó en la construcción de las identidades comunes, reales o imaginadas. Su utilización como vector de las identidades nacionales no sólo permitió a los estados-nación reforzar el sentimiento de pertenencia interna de sus comunidades, sino también mostrar a las otras naciones su superioridad en el campo de los conflictos simbólicos. Prueba de ello es que los partidos internacionales de fútbol se han convertido en enfrentamientos rituales entre países que, como bien describía Kapuzcinski, han generado incluso conflictos bélicos, como la denominada Guerra del fútbol entre Honduras y El Salvador.  

En tiempos de negociaciones del Brexit, no hemos podido asistir precisamente a un Alemania-Inglaterra durante este Mundial, lo más parecido a un Unión Europea contra Reino Unido. Incluso el croata Mandzukic, con su gol en las postrimerías de la prórroga de la semifinal, nos privó de lo más parecido, una hipotética final entre la Francia del europeísta Macron y la Inglaterra de la escéptica May. Contentos deben estar en Bruselas Juncker, Tusk y compañía. La semifinal Croacia-Inglaterra suponía más que un partido de fútbol en términos comunitarios. Se enfrentaban el último recién llegado a la UE (Croacia, en 2013) y el primero que saldrá previsiblemente de la misma (Inglaterra, como parte mayoritaria del Reino Unido y decisiva en el referéndum de salida, prevista para 2019). Y es que una hipotética victoria en la final de Inglaterra sobre una de las dos locomotoras europeas (Francia, o sobre el estado en el que se asientan la mayor parte de las instituciones comunitarias, Bélgica) hubiera sido ampliamente utilizada por partidarios del Brexit en particular y euroescépticos en general.   

Por suerte, en clave europea esto ya no será posible. En ausencia de una selección de la propia UE, clave para algunos entendidos en comunicación política y europea como herramienta para disminuir los índices de euroescepticismo y acercar el proyecto común a la ciudadanía europea, este Mundial verá un campeón no sólo europeo, sino también miembro convencido (tras la victoria de Macron sobre Le Pen en las elecciones francesas de 2017) de la Unión Europea. Bélgica e Inglaterra cayeron en semifinales. Debemos acudir a cuartos de final para encontrar contendientes no europeos, Brasil y Uruguay, además de Suecia y Rusia. En definitiva, una auténtica goleada, un 6-2 para Europa sobre América del Sur o 5-3 entre la UE y el resto del mundo, que no refleja precisamente el equilibrio geopolítico de poderes a escala global.

Teóricamente, la gran favorita este domingo es Francia. Ya ha sido una vez campeona del mundo, hace ahora 20 años; representa a un país apasionado del fútbol, con cerca de 60 millones de habitantes, y es promotor tradicional del proyecto europeo, más aún ahora tras la llegada de Macron al Elíseo y en medio del proceso de salida del Reino Unido de la UE. Pero el posible éxito de Francia en 2018, tal y como acaeció en 1998, no debe atribuirse sólo a una excelsa política deportiva del país galo durante las últimas dos décadas; cabe remontarse a la historia europea y, por ende, mundial del pasado siglo XX. Nos referimos, claro está, a la otrora Francia colonial precursora de la actual Francia multicolor, muy a pesar del Front National de Le Pen. Hasta 14 de los 23 jugadores que puede alinear Deschamps este domingo en Moscú nacieron o tienen orígenes fuera del hexágono: Kimpembe, Umtiti, Pogba, Mbappé, Dembélé, Tolisso, Matuidi, Kanté, Nzonzi, Mandanda, Rami, Fekir, Sidibé o Mendy proceden de la Francia colonial (Congo, Camerún, Guinea, Senegal, Mali, Togo, Marruecos o Argelia).

Mientras tanto, los futbolistas españoles verán (merecidamente) la final desde casa, apenas ocho años después de la única final y victoria en un Mundial, tras el gol de Iniesta en aquella mágica noche de Johannesburgo. La utilización política del deporte es también moneda de cambio en nuestro país, aunque con sus propias particularidades. Mientras que la mayor parte de los países ha procurado optimizar propagandísticamente las victorias de sus combinados nacionales, probablemente la escasez de esos triunfos hasta finales de la pasada década ha minimizado la utilización de la marca país española. Por el contrario, la singularidad nacional ha residido tradicionalmente en la utilización del fútbol como fórmula de afirmación de las identidades periféricas enfrentadas al estado central.  

Precisamente, los que más han hecho últimamente por la promoción de aquella marca España tan manoseada (en su momento) han sido nuestros deportistas, sin duda mucho mejores embajadores que nuestros políticos. No en vano, durante los últimos tres lustros han conseguido revertir esa especificidad española de la utilización simbólica del deporte exclusivamente a escala sub-estatal para fomentar procesos identitarios más similares a los de otros muchos países. No sólo a las selecciones de fútbol, baloncesto o balonmano (campeonas del Mundo en ese periodo), sino también a deportistas individuales de proyección mundial como Rafael Nadal, Fernando Alonso, Pau Gasol o Marc Márquez debemos agradecer la recuperación del uso de la bandera española en la vía pública. Una bandera que gradualmente tendía a identificarse más como símbolo de comunión y no de división, consecuencia esta última de la histórica apropiación de la misma, de manera exclusiva, por una parte de la ciudadanía, en el marco de la línea de fractura derecha/izquierda.      

Subrayar el carácter nacional del Estado español no puede entenderse como menosprecio a la pervivencia de profundos ligámenes afectivos de los ciudadanos españoles a sus nacionalidades y regiones. Como sugiere el sociólogo madrileño Luis Moreno, ello se traduce en el hecho frecuente de que la adscripción de los ciudadanos a ambos ámbitos espaciales (estatal y autonómico) no sea excluyente de manera imperativa. En realidad, la doble nacionalidad manifestada en una lealtad compartida a las instituciones estatales y sub-estatales, y ligada al modo de identidad dual de los españoles, refleja el solapamiento -en muchos casos- de las afinidades territoriales entre lo general y lo particular. Se produce así una congruencia espontánea y simultánea entre lo español y lo andaluz/catalán/vasco/etcétera. Congruencia que, una vez más, el fútbol nos puede ayudar a visualizar. No cabe mejor ejemplo ilustrativo que la sucesión de dos relevantes episodios de autoafirmación identitaria en Barcelona, hace ahora ocho años, durante el segundo fin de semana de julio de 2010: a) a escala regional, la manifestación (10 de julio de 2010) contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña; y b) a escala estatal, todas aquellas manifestaciones de exaltación nacional derivadas de la victoria de la selección española de fútbol en la final del Campeonato del Mundo de Sudáfrica 2010 (11 de julio de 2010), que inundaron también las calles de la Ciudad Condal.  

En definitiva, en España, en lo que llevamos de siglo, ciertos resultados deportivos se han revelado como motores aglutinadores e impulsores de las identidades duales frente a las exclusivas. Particularmente relevantes fueron las victorias españolas en las eurocopas de 2008 y 2012, así como en el Mundial de 2010. Estos triunfos alentaron la identificación con la Roja (término nada inocente) de la ciudadanía española, incluida la identificación dual de vascos y catalanes. Si una imagen vale más que mil palabras, ninguna podrá visualizar mejor el proceso autonómico de construcción nacional que la fotografía de los entonces jugadores catalanes del Barcelona y de la selección española, Xavi Hernández y Carles Puyol, levantando la Copa del Mundo en el césped de Johannesburgo, vistiendo la camiseta española, pero con la senyera catalana también anudada al cuello. Sucedió hace solo ocho años pero parece ya un sueño lejano; no sólo en lo deportivo, sino también en lo político.

Autoría

1 Comentario

  1. Luis Moreno Fernández
    Luis Moreno Fernández 07-15-2018

    Xavi y Puyol y la senyera, en verdad que parece un sueño lejano…

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