Escenarios griegos tras un referéndum que no debería ser irrelevante

El pueblo griego votó Oxi/No de forma abrumadora en el referéndum que el gobierno de Alex Tsipras había convocado solo una semana antes. Era una votación nacional, pero ni el origen ni el proceso ni los actores implicados ni las consecuencias pueden reducirse al ámbito griego. Ha sido una campaña europea, donde se ha tratado de movilizar el voto de los ciudadanos griegos, pero también la opinión pública de muchos millones más, y muy en particular de aquellos europeos del sur que votarán en los próximos meses en elecciones generales españolas y portuguesas. Cuesta pensar que tal ejemplo de proceso político y democrático de ámbito europeo pudiera significar más bien el ocaso del sueño europeo en el país que lo originó. Quizá todo sea un poco más complejo.

Sin embargo, estos días las narrativas de blanco y negro han dejado poco espacio para la complejidad de lo político, porque política –y no económica- es la base del conflicto que se viene dirimiendo desde hace seis meses entre el gobierno griego y los principales líderes europeos. En realidad, en política casi todo es relativo, hasta que deja de serlo cuando los hechos se vuelven irreversibles, lo que no sucede tan a menudo. Así que para entender lo que está pasando, y sobre todo lo que pasará en Grecia, es necesario superar el discurso moral de buenos y malos que estos días ha predominado, y que en algunos casos ha llevado a gente seria y razonable a ser demasiado ‘audaz’ en sus declaraciones, como el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schultz, equiparando la victoria del No con el retorno del dracma a Grecia. Aunque esto no sea inverosímil.

De entrada, se trata de entender qué han votado los griegos. Si la respuesta ha sido No, ¿cuál era la pregunta? Como en todos los referendos, suele haber dos preguntas, la que se imprime en la papeleta y la que la mayoría de electores tienen en mente cuando van a depositar el voto. Por eso, entre otros argumentos, el referendo es un ejercicio de democracia directa tan potente como discutible (por manipulable), normalmente al servicio de los gobiernos que lo convocan (excepto allí donde su uso es regular y frecuente).

En este caso, estaba claro que los ciudadanos no estaban decidiendo sobre un texto ininteligible para muchos, y además ya caducado antes del plebiscito. Y menos aún estaban diciendo no al euro ni a la Unión. No ha sido un voto euroescéptico, sino eurocrítico. Las oportunistas celebraciones de Nigel Farage o Marine Le Pen son reacciones de consumo interno que muestran de nuevo la europeización de las respectivas políticas nacionales.

Lo que Tsipras les estaba pidiendo implícitamente a los griegos era más legitimidad para seguir negociando con las instituciones europeas en un marco en el que un eventual acuerdo va a significar, en cualquier caso, medidas muy duras para la población griega. Puesto que no iba a poder cumplir la superación de la austeridad que prometió en campaña, y sus opciones negociadoras estaban casi agotadas, el recurso al apoyo plebiscitario era probablemente su última carta para poder seguir adelante. A pesar de los errores que varios analistas han identificado en la estrategia de Syriza desde hace meses, Tsipras reaccionó como hicieron otros políticos europeos en su momento: cuando Europea divide a sus propios votantes, una forma de superar esa división es recurrir al plebiscito. Otra diferente hubiera sido asumir todo el coste sobre sus hombros. Tenía precedentes para saber lo que acabaría sucediendo: recordemos que la crisis actual ha devorado ya a cuatro primeros ministros griegos en menos de seis años. Y en ese punto, Tsipras sí ha vencido, al recibir un apoyo que va mucho más allá de las fronteras electorales de Syriza. El No ha recibido un millón más de votos de los que obtuvo la coalición de Tsipras.

¿Quiero eso decir que Tsipras ha ganado? Eso parecería si miramos en el corto plazo y pensamos solo en política interna. Desde esa perspectiva, Tsipras ha conseguido, en una órdago oportuno aunque nada original, sobreponerse a la creciente división interna en sus propias filas. Ese era el segundo objetivo implícito: reforzar su liderazgo interno, ante la posibilidad de deserciones entre sus correligionarios de la coalición. La amenaza latente de un sector de su grupo parlamentario de no votar un acuerdo oneroso políticamente ha sido uno de los límites para Tsipras en la negociación con las instituciones europeas desde hace meses. Algo que ya experimentaron los dirigentes del PASOK en el rescate anterior de 2012.

En este punto, hay que tener en cuenta que el grupo parlamentario que hoy sostiene al primer ministro griego apenas cuenta con experiencia política parlamentaria. Syriza es una constelación de partidos diversos que, si bien cuenta hoy con 149 diputados, hace solo tres años, en abril de 2012, apenas tenía 13 diputados. Y más de la mitad de los representantes actuales fueron elegidos por primera vez hace menos de seis meses. Son, por tanto, políticos de partido, muy atentos aún a sus bases y con una experiencia a menudo forjada fuera de las instituciones, invulnerables todavía al nepotismo, poco dispuestos a renunciar a su programa y reacios a asumir el coste de desobedecer el mandato político por el que fueron elegidos recientemente. Esta variable suele quedar fuera de muchos análisis económicos que desdeñan lo político. El margen de Tsipras para aceptar ‘cualquier’ acuerdo era mucho menor que el de sus antecesores. Quizá hoy se ha ampliado un poco más, pero no mucho más.

No obstante, si ampliamos la perspectiva, más allá de la política interna, la victoria de Tsipras podría resultar pírrica, según evolucionen otras variables que quedan fuera de su alcance. Para empezar, el cuadro económico es exactamente el mismo que el del viernes pasado: cercano al colapso. Además, los interlocutores europeos seguirán siendo los mismos y con las mismas preocupaciones: mantener sus respectivos apoyos internos ante electorados que son más duros respecto del panorama griego de lo que lo son sus propios representantes; y evitar que la revuelta griega se expanda en las próximas citas electorales del sur de Europa: España y Portugal. En ese contexto, la victoria interna de Tsipras ha tenido un altísimo coste: pérdida de confianza, imprevisibilidad, fragilidad.

A Tsipras solo le salva, de momento, un único freno: la incertidumbre que aún genera recurrir al botón rojo, con el cual el BCE dejaría de bombear dinero al sistema bancario griego, casi precipitando el derrumbe de Grecia y su salida del euro. Una decisión sobre la que Draghi ya ha dejado claro que recae en los máximos dirigentes europeos. Para el caso, Merkel y Schauble.

¿Qué va a pasar a partir de ahora? Lo fácil es prever lo que no va a pasar. El No de Grecia no va a acabar con la política europea de austeridad, ni va a producir una nueva oferta de las instituciones, más laxa, más cercana a las demandas del electorado griego. Existe, por tanto, un evidente riesgos de expectativas infundadas entre muchos electores griegos y parte de la izquierda radical europea.

Con todo, y aunque la realidad política suele acabar desbordando cualquier intento de reducirla a pronósticos simplificadores, se pueden dibujar tres escenarios genéricos.

En el primero, Europa le ofrece a Grecia aproximadamente lo mismo que le ofreció en la última oferta, y Tsipras, investido de una mayor autoridad, pero con los límites mencionados, la acepta. Ciertamente, sería una solución de parches, que no implicaría reformar necesariamente los defectos estructurales del modelo de unión fiscal sobre el que reposa el euro.

El problema de este escenario es que nadie debe aparecer como vencedor. Para ello, frente al órdago superado de Tsipras, estos días habrá presiones de agentes germanos para que Grecia se vaya. Al final, Merkel debería aparecer como transigente y flexible, y Tsipras como pragmático y moderado. 

En el segundo escenario, los dirigentes europeos se mantienen en su posición, Tsipras no puede sacar partida de su mayor fuerza negociadora y la situación se deteriora hasta el colapso bancario. Pero ante la posible salida del euro, Tsipras prefiere dimitir y un nuevo gobierno negocia un nuevo rescate, en condiciones distintas. El problema de este escenario es que no concuerda con el resultado del referéndum. Ahora mismo no hay alternativa a Syriza. Y la dimisión de Samaras como líder de la derecha griega va a debilitar aún más el bando pragmático que lideraba la campaña del Sí.

Por eso, si el primer escenario no resultara efectivo, lo más probable entonces sería la salida definitiva de Grecia del euro. Al margen de sus pros y contras económicos, sería una derrota política de Europa, por lo que este escenario solo existe como fracaso de todas las demás opciones (y en la mente de algunos doctrinarios del norte de Europa).

Explica Luuk van Middelaar en su imprescindible El paso hacia Europa que la Unión se ha construido gradualmente sobre la base de evitar riesgos y superar amenazas, donde nunca hay un portazo definitivo ni un perdedor total. Y esto ha permitido sobrevivir a un proyecto plagado de disfunciones y contradicciones económicas, cuya meta última es el idealismo político de superar definitivamente una historia continental de guerra y sufrimiento extremo. Desde esta perspectiva, resultaría inconcebible la expulsión inducida de Grecia, no solo por su significado ideológico y posición geoestratégica, sino por el precedente que sentaría en un contexto mundial de encogimiento europeo. Se trataría de adaptar Europa a la necesidad griega, como en el pasado se hizo con otros países miembros que lo necesitaron.

Pero como expone Christopher Clark en Sonámbulos, Europa ya ha demostrado que la confianza de estadistas ensimismados y de opiniones públicas nacionalistas en que lo peor no puede llegar a suceder puede ser el detonante para que realmente suceda. Esta amenaza, nunca realmente disipada, es el motivo para mantener abierto el inquietante escenario Grexit. Lo más perverso del referéndum griego de este domingo 5 de julio es que acabara siendo irrelevante, un paso más en la larga agonía griega y europea.

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