¿Es Putin una amenaza existencial para Europa?

La noticia saltaba a la prensa hace unos días. Un informe de los servicios secretos rusos, revelado por una fuente anónima, aconsejaba a Putin interrumpir cualquier diálogo con Occidente. “El objetivo de EE.UU. y la UE es la desintegración de Rusia”, se afirmaba. “Los países de la OTAN representan una amenaza para nuestra seguridad mucho mayor que los grupos terroristas. Es un error pensar que puedan ser nuestros aliados contra el terrorismo”. Indudablemente se trataba de una prueba más de la paranoia rusa, anclada todavía en la Guerra Fría…

Como ya habrán deducido los lectores, el párrafo anterior es una mera ficción; cualquier agente de inteligencia ruso se lo pensaría dos veces antes de filtrar un documento, recordando sin ir más lejos el terrible final de Alexander Litvinenko. Sin embargo, las ideas entrecomilladas son reales, aunque a la inversa: aparecen en un artículo reciente del financiero George Soros dirigido contra Rusia. La tesis central de Soros es que Putin pretende contrarrestar un inminente colapso económico de su régimen tratando de “desintegrar” primero a la UE. Su intervención en Siria le serviría, por ejemplo, para “inundar la UE de refugiados” con el fin de debilitar a Europa. Para el magnate de origen húngaro, Rusia no sería un mero rival de Occidente, sino una amenaza directa a nuestra supervivencia, mayor incluso que la representada por el Daesh u otros grupos terroristas.

Regreso al pasado. La fiebre por lo vintage y los remakes se palpa también en la política internacional. Más de 25 años tras la caída del Muro, el paradigma de Guerra Fría sigue siendo el marco interpretativo de quienes, como Soros, consideran que el conflicto bipolar nunca terminó realmente: se trata del eterno combate entre el bien y el mal, el “mundo libre” frente al totalitarismo. Este pensamiento nostálgico tiene aún numerosos exponentes entre los políticos y expertos occidentales; los viejos esquemas también continúan muy vivos entre los ex-oficiales del KGB que forman la actual élite política a la sombra de Putin. Influidos por gurús de la realpolitik como Brzezinski, todos ellos tienden a seguir percibiendo el mundo como una gigantesca partida de ajedrez entre potencias, en la que Rusia y Occidente estarían condenados a enfrentarse continuamente.

Pero quienes pretendan jugar al ajedrez, o al boxeo, deben aprender a valorar al adversario que tienen delante sin dejarse llevar por la experiencia de pasados combates. Soros critica la supuesta ingenuidad de los europeos al intentar dialogar con Putin, en lugar de fijarse en la agresividad de sus actos. Esos hechos demuestran, sin embargo, que Rusia no sigue una estrategia maximalista para “destruir la UE”, sino que utiliza la fuerza como uno más de los posibles instrumentos de su política exterior (como la diplomacia, el comercio, la cultura o la propaganda), adaptándose a las circunstancias de cada caso. Cuando pasa a la ofensiva, suele hacerlo con objetivos y límites bien definidos: (1) contra enemigos que puede derrotar; (2) amparándose en la defensa de su población, incluidos los rusos étnicos en el extranjero; (3) como reacción al cuestionamiento de su credibilidad como potencia global. El ejemplo de la Ucrania post-Maidán era claro: débil militarmente, hostil a la herencia cultural rusa y del periodo soviético, y que había desafiado directamente la influencia de Moscú como potencia regional al derrocar por la fuerza a su presidente prorruso. Sólo cuando se cumplieron las tres condiciones, especialmente la tercera, se produjo la intervención militar rusa.

Dispararse en el pie. El caso de la UE es muy distinto. Con la mayoría de sus miembros integrados en la OTAN, una organización con abrumadora superioridad militar (el presupuesto de defensa de EE.UU., sin contar al resto de miembros, quintuplica el de Rusia), Moscú nunca se plantearía atacarla a riesgo de sufrir una humillante derrota. Tampoco existe una “guerra híbrida” de Rusia para “desintegrar” o “hundir” a la Unión, como sí ha sucedido contra Ucrania. Más allá de las habituales campañas de lobby y propaganda para promover una visión favorable a sus intereses, y de la prohibición temporal de importaciones agroalimentarias (que responde a las previas sanciones europeas), la intervención rusa en su país vecino no ha sido el comienzo de una ofensiva a gran escala contra la UE, sino ante todo un conflicto ruso-ucraniano: dos nacionalismos históricamente enfrentados, alentados por sus respectivas élites oligárquicas.

La cruda realidad es que Rusia no se siente amenazada por la existencia de la UE, porque en el fondo la considera irrelevante. Su atención se dirige a los Estados miembros de forma bilateral, especialmente a aquellos con los que está unida por intereses económicos, que limitarían posibles tentaciones agresivas. Romper las relaciones con el resto de Europa o provocar una inestabilidad a gran escala sería perjudicial también para Moscú. Putin, que ante todo reconoce y respeta el poder, demuestra este pragmatismo al tratar a Angela Merkel como su interlocutora natural sobre los asuntos que afectan al vecindario compartido, por ejemplo la crisis de Ucrania. En la perspectiva del Kremlin, no habría sido tanto Alemania como la interferencia estadounidense (mediante sus aliados en la “nueva Europa”) la que ha fomentado conflictos innecesarios entre las potencias europeas. Washington o Pekín, y no Berlín ni mucho menos Bruselas, son los ejes de la competencia geopolítica para Moscú.

¿Putin o Al Baghdadi? En cuestiones de seguridad, hacer comparaciones suele ser arriesgado. Si se mide la prioridad de una amenaza por su número de víctimas, la caída de muebles o los accidentes de tráfico deberían figurar en un lugar más destacado que el terrorismo en la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense. Al tratarse de percepciones con un alto componente de subjetividad, la hipótesis de un atentado por sorpresa suele generar un miedo mucho mayor que su probabilidad y consecuencias reales, todo ello reforzado por los mensajes alarmistas en los medios. En el caso de Putin, se está produciendo un efecto similar: de la condena a sus acciones agresivas se ha pasado a compararlo casi con el líder de una secta apocalíptica, decidido a destruir la civilización.

Ni Rusia es un grupo terrorista, ni sus decisiones son producto del fanatismo irracional. Rusia es y actúa como un Estado, empleando los recursos a su alcance en defensa de sus intereses nacionales, que son ampliamente conocidos y previsibles (aunque no necesariamente legítimos). Los bombardeos en Siria son un ejemplo de ese comportamiento calculado para alcanzar sus objetivos: impedir el hundimiento del régimen sirio a manos de la amalgama de opositores y/o islamistas radicales, forzando así una negociación… lo cual, de momento, está consiguiendo. Naturalmente, la protección de los civiles sirios no se encuentra entre sus preocupaciones, ya que sus intereses son exclusivamente egoístas. Pero, por igual motivo, tampoco puede afirmarse que el terrorismo haya sido una mera excusa para justificar su intervención. El Daesh (al que se han unido numerosos yihadistas del Cáucaso ruso) y otros como el Frente Al-Nusra representan una amenaza directa para Moscú; en lo cual, nos guste o no, sus intereses de seguridad coinciden con los de la UE. Aunque sea comprensible el escepticismo de Soros hacia la cooperación con Rusia, equiparar al país que sufrió las masacres de la Escuela de Beslán o el Teatro Dubrovka con los terroristas que las cometieron parece ir demasiado lejos en el uso de la hipérbole.

¿Tiene Rusia una estrategia? Frecuentemente se achaca a Putin el defecto de tomar decisiones de forma impulsiva sin considerar las consecuencias a largo plazo: pensar en la táctica, pero carecer de un planteamiento estratégico. Un defecto que tampoco escasea entre otras grandes potencias; EE.UU., sin ir más lejos, nos ha dado numerosos ejemplos de unilateralismo irreflexivo. Sin embargo, es innegable que Rusia ha entrado en los últimos años en una clara deriva intervencionista, con fines tanto de política exterior como interna: maximizar el apoyo social al Kremlin, fomentando el nacionalismo antioccidental y distrayendo así a la población de otros problemas que el gobierno no es capaz de resolver, como la corrupción o la dependencia de las exportaciones de hidrocarburos.

No obstante, presentar decisiones como la anexión de Crimea como simples movimientos tácticos improvisados es omitir que existe una continuidad manifiesta en los objetivos, desde mucho antes de la llegada de Putin al poder. La cultura estratégica del país, su pasado imperial y su posición geopolítica han marcado históricamente unas “líneas rojas”, o intereses vitales, que establecen límites a la toma de decisiones sea cual sea el presidente. Incluso en una futura Rusia plenamente democrática y reconciliada con sus vecinos, cualquier aspirante serio a la presidencia tendría que mantener un discurso nacionalista, comprometiéndose con sus votantes a defender los intereses del país frente a sus rivales y su orgullo como potencia global. Salvando las distancias, el líder de esa nueva Rusia podría parecerse más al intervencionismo desmedido de un Bush o al moderado de un Obama… pero es muy dudoso que fuera un pacifista o un aislacionista.

Lo que sí podríamos desear, de momento, es un relevo de las élites (que ya debiera haberse producido en 2012) para responder a las necesidades reales de la propia sociedad rusa, ofreciendo un nuevo modelo de desarrollo interno para sustituir al actual, agotado tras dieciséis años de putinismo. Una nueva generación de dirigentes que abandone la paranoia ante desafíos reales e imaginarios, sustituya el intervencionismo militar por una estrategia más diversificada (en la que cobren mayor importancia los instrumentos de “poder blando”), acepte someterse a los principios y normas generalmente aceptados por la comunidad internacional, y establezca mecanismos institucionales para evitar la escalada de los conflictos en el vecindario compartido con la UE. Por nuestra parte, incluir a Moscú en un nuevo “eje del mal” puede ser satisfactorio como recurso propagandístico; pero sólo contribuye a hacer más lejano el inevitable momento de sentarnos juntos a resolver los problemas mutuos.

Artículo en colaboración con Eurasianet.es

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2 Comentarios

  1. Paco Parra
    Paco Parra 03-05-2016

    Muy acertado Javier. Te sugiero que profundices en la relación existente entre los intereses económicos del Sr. Soros y los de algunos oligarcas ukranianos, en particular Kolomonsky….. . El pulso entre Soros y Putin viene de largo.

  2. Jorge
    Jorge 08-31-2016

    Igual hay algo que no entiendo, la verdad. La OTAN se expande hacia el este llevando tanques y soldados a pocas decenas de kilometros de la frontera con Rusia. La OTAN se ha expandido a Polonia, Republica Checa, Rumania, Croacia y los paises balticos. Y ahora resulta que la culpa es de Putin, que es una amenaza.

    Cuando colocan armamento ofensivo, y un escudo antimisiles lo es, lo normal es que reacciones y te prepares, no vaya a ser que te invadan, no?

    Dice el articulo que a Rusia se le achaca la falta de estrategia. Pues no, Putin ha sido excesivamente claro durante muchos años. Otra cosa es que sus comentarios se hayan omitido selectivamente. En 2007, cuando se estaba hablando del escudo antimisiles, Putin dijo “esto va a desestabilizar el balance de poderes. Nos dicen que no van a hacer el escudo, pero nosotros sabemos que lo van a hacer, asi que nos toca responder de manera asimetrica. Crearemos misiles capaces de penetrar esos escudos”. Y ahora algunos se sorprenden de que Rusia actue de este modo, como si hubiera surgido de la nada. Pues no, lo han dejas muy claro en repetidas ocasiones.

    Ejemplo de la claridad de Putin https://www.youtube.com/watch?v=pa7RaLbWS8Y

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