Es la hora de Yemen

En abril de este mismo año, la revista Time dedicó una de sus portadas a Mohámed bin Salmán, que en julio de 2017 fue nombrado príncipe heredero saudí a la temprana edad de 31 años. Su fotografía apareció bajo el mensaje charm offensive, que podría traducirse como «ofensiva seductora» y hacía referencia al viaje de tres semanas por Estados Unidos que emprendió a principios de año. El semanario se preguntaba lo siguiente: “¿Debería el mundo comprar lo que el príncipe heredero está vendiendo?” Para cualquiera que haya seguido el caso del periodista Jamal Khashoggi durante las últimas semanas, la respuesta es evidente: en absoluto.

Bin Salmán reemplazó como príncipe heredero a su primo Mohámed bin Nayef, que fue el primer integrante de la tercera generación de líderes saudíes (los nietos del fundador de Arabia Saudí, Abdulaziz bin Saúd) en recibir esa distinción. Sin embargo, el perfil de Bin Nayef era marcadamente distinto al de Bin Salmán. Para empezar, el primero tenía 55 años cuando en 2015 se hizo con el segundo cargo en importancia, lo cual iba en consonancia con la tendencia histórica del país: ningún rey saudí ha accedido al trono con menos de 50 años. Que el rey Salmán (ya en una edad muy avanzada) sacrificase repentinamente a su sobrino Bin Nayef en favor de su joven hijo Bin Salmán parecía, pues, augurar una verdadera revolución. El nombre del nuevo heredero dio lugar incluso a unas populares siglas, MbS, que parecían diseñadas para la era de Twitter.

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Algunos medios internacionales no tardaron en colgar a Bin Salmán el cartel de reformista y de líder de facto de Arabia Saudí. Motivos no faltaban. Antes de alzarse con el título de príncipe heredero, había sido el principal arquitecto de la llamada ‘Visión 2030′, un programa a través del cual Arabia Saudí pretende diversificar su economía para hacerla menos dependiente del petróleo. Además, había anunciado en 2016 sus intenciones de que la petrolera estatal Saudi Aramco (la empresa más rentable del mundo, según Bloomberg) saliese a Bolsa parcialmente. En el terreno social y cultural, ha promovido también ciertos avances: bajo su mandato, las mujeres han obtenido el derecho a conducir y los cines han reabierto tras 35 años de cierre.

No obstante, algunas de las reformas propuestas por Bin Salmán podrían quedar en agua de borrajas (como la salida a cotización de Aramco) o no ir mucho más allá de lo meramente cosmético. Resulta profundamente contradictorio, por ejemplo, que activistas saudíes que pugnaron por el derecho de las mujeres a conducir fuesen encarceladas poco antes de que se implementase dicha medida, que terminó copando todos los titulares. El sucesor al trono tampoco ha tenido reparos en purgar, bajo el amparo de una campaña anticorrupción, a todos cuantos podían hacerle sombra dentro de la casa de Saúd. Algunas informaciones apuntaron incluso a que Bin Salmán puso a su predecesor Bin Nayef bajo arresto domiciliario durante la transición de poder.

El caso es que la campaña anticorrupción saudí tiene tantos tintes autoritarios como la que ha orquestado el presidente Xi Jinping en China. Tanto en Riad como en Pekín, el régimen ha dejado claras las reglas del juego: si el país ha de reformarse, eso no pasará por instaurar una toma de decisiones más plural. Todo lo contrario. El proceso será de arriba abajo, con Bin Salmán y Xi incontestablemente en la cúspide. Como ya dijo Jamal Khashoggi hace un año, “MbS se está convirtiendo en el líder supremo”.

En un giro irónico del destino, ha sido la muerte de Khashoggi, más que sus denuncias en medios tan prestigiosos como el The Washington Post, lo que ha situado a Bin Salmán en el punto de mira de Occidente. Pero Khashoggi, claro está, no ha tenido una muerte cualquiera, sino que ha sido víctima de un asesinato cobarde y macabro. ¿Cómo podría Occidente ignorar un acto tan despiadado, por mucho que Arabia Saudí sea la aliada más antigua de Estados Unidos en Oriente Próximo? ¿Cómo puede pretender Bin Salmán desviar la atención hacia algunos de sus más estrechos colaboradores, fingiendo que no sabe nada al respecto? Arabia Saudí ya se ha contradicho en múltiples ocasiones y sus explicaciones siguen careciendo de cualquier atisbo de credibilidad.

Desgraciadamente, no todas las víctimas de Arabia Saudí reciben la misma atención que Khashoggi. Recordemos que el régimen de Riad lleva inmerso desde 2015 en una guerra en Yemen que ha provocado una terrible catástrofe humanitaria, marcada por los graves crímenes que las distintas facciones están perpetrando. Esta guerra tiene también el sello de Bin Salmán, puesto que la ofensiva en su país vecino fue una de las primeras medidas que adoptó como ministro de Defensa; un cargo que todavía ostenta. La ONU ha acusado a la coalición liderada por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (a la que Estados Unidos ha prestado apoyo de distintas formas) de recurrir a bombardeos continuos e indiscriminados, reclutamiento de niños soldado, torturas y violaciones. Se estima que entre 10.000 y 50.000 personas han perdido la vida en la guerra de Yemen y que el cólera ha infectado a más de un millón de yemeníes. Además, según la ONU, 13 millones de yemeníes se encuentran en riesgo de sufrir la peor hambruna que ha visto el mundo en los últimos 100 años.

Desde un punto de vista geoestratégico, se da la circunstancia de que el gran beneficiado de la guerra de Yemen es el mayor adversario de Arabia Saudí: Irán; a un coste mínimo, Teherán ha logrado atrapar a Riad en una guerra que se ha extendido mucho más de lo que preveía Bin Salmán. En vez de moderar los más contraproducentes impulsos de Bin Salmán respecto a Irán, la Administración Trump los ha azuzado desde el principio. El acontecimiento más destacado del primer viaje del presidente estadounidense al extranjero (precisamente, a Arabia Saudí) fue la Cumbre Árabe-Islámica-Americana, a la que asistieron 55 países. Trump aprovechó la cumbre, así como su viaje inmediatamente posterior a Israel, para culpar a Irán de todos los males de la región y formar una coalición en su contra.

Lo único positivo que puede extraerse del asesinato de Khashoggi es que, habiéndose puesto de manifiesto la doble moral occidental, el conflicto de Yemen ha terminado llegando a las primeras páginas de nuestros periódicos. El gran artífice de la ofensiva saudí ha quedado expuesto y la presión sobre él, tanto a nivel doméstico como a nivel internacional, está comenzando a ser muy significativa. Si existe alguna opción de que Bin Salmán vuelva a congraciarse con Occidente, el precio a pagar no puede ser menor que el de actuar con dignidad en Yemen, como reclamó Khashoggi en el último artículo que publicó en ‘The Washington Post’ mientras seguía con vida. Arabia Saudí tiene muchas cartas en su mano, pero Occidente también. Unámonos para jugarlas bien y tal vez podamos aprovechar esta oportunidad de poner fin, de una vez por todas, a la tragedia yemení.

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