¿Entienden los ‘pecos’ la Unión Europea?

Aunque el fenómeno del creciente rechazo por parte de significativos sectores de las opiniones públicas de seguir avanzando en la integración europea se manifiesta en casi todos los países de la Unión Europea (UE), sin distinciones geográficas, el caso de los estados del este ( los países de Europa central y oriental: pecos) presenta singularidades propias por haber compartido antes un mismo sistema no pluralista que ha dejado una negativa herencia social común. Es cierto que el euroescepticismo y la eurofobia se manifiestan hoy con mucho vigor en países de Europa occidental, tanto en estados fundadores (Alemania, Bélgica, Francia, Holanda e Italia, que hasta tiene a un partido de derecha radical, Lega, en el Gobierno nacional) como en otros incorporados posteriormente (Dinamarca, Finlandia, Suecia o Austria, en este caso con participación ultra, el FPÖ, en el Gobierno federal), lo que prueba que el fenómeno no conoce fronteras.

No obstante, los antiguos países socialistas que formaron parte del bloque soviético presentan hoy índices preocupantes de desconexión con el proyecto europeo común. En otros términos, parece darse un gap entre el teórico deseo social de seguir formando parte del club comunitario y el voto en ascenso a formaciones políticas euroescépticas y eurófobas. En estos países se refleja una cierta contradicción entre el reconocimiento de la inevitabilidad de pertenecer a la UE (de la que se esperan fundamentalmente fondos y subvenciones) y el rechazo a sus injerencias que afectarían a la mítica (y hoy  irreal) soberanía nacional.

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Para verificar este contraste, es de mucho interés analizar los eurobarómetros que se ocupan de estos 11 países (‘Socio-demographic trendlines. EP Eurobarometer 2007-2018’). Para este análisis he considerado sólo los datos del último mes, abril de 2018, incluido en estas encuestas) y los seis ítems recogidos en los mismos (Bulgaria, Chequia, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia y Rumanía). Las preguntas son: 1) Mi voz cuenta en Europa, 2) Es positivo en general para mi país formar parte de la UE, 3) La UE proporciona beneficios concretos, 4) Me interesan los asuntos europeos, 5) Tengo una imagen positiva del Parlamento Europeo (PE) y 6) El rendimiento del PE es satisfactorio. Lo más interesante es comparar las respuestas de los ciudadanos de estos países con los resultados de la media comunitaria ya que revelan, en bastantes casos, una percepción bastante distinta de la que se tiene en la zona occidental de lo que supone ser miembro de la UE.

Al clasificar las respuestas negativas y positivas (en comparación con la media comunitaria) se obtiene un panorama de los países en los que avanzan las pulsiones euroescépticas y aquellos en los que son menores, en el bien entendido de que la clasificación no es cerrada y admite matices según los casos. De más a menos respuestas euroescépticas estos son los datos: Chequia (seis ítems negativos, ninguno positivo), Bulgaria y Eslovaquia (5/1), Croacia y Letonia (4/2), y Eslovenia, Estonia, Lituania y Rumanía (3/3). En cambio, respuestas menos euroescépticas corresponden a Hungría y Polonia, con cinco ítems positivos y sólo uno negativo.

Más específicamente, en cinco de las seis preguntas predominan respuestas negativas superiores a la media comunitaria: la única excepción (lo que es muy significativo porque refleja el predominante criterio utilitarista en el área) está representada por la cuestión relativa a si resulta beneficioso pertenecer a la UE. En este caso, siete países sobre cuatro así lo avalan. Sólo en Chequia, Letonia, Bulgaria y Croacia se expresan percepciones negativas mayoritarias al respecto.

Lo más llamativo es que en países con gobiernos claramente euroescépticos e incluso eurófobos (la Hungría de Viktor Orbán y la Polonia de Matheus Morawiecki, aunque en realidad tutelado por Jaroslaw Kaczynski, el líder del PiS), la opinión pública es mayoritariamente europeísta. Hay un gap en este caso entre el voto nacional reiterado a formaciones euroescépticas/eurófobas y las respuestas cívicas favorables a la UE. La mayoría  de los húngaros y los polacos encuestados cree que su voz cuenta en Europa y que es positivo estar en la UE, mostrando interés por los asuntos europeos.

El Parlamento Europeo no sale demasiado bien parado puesto que, si bien en cinco países su imagen es más bien positiva (Bulgaria, Croacia, Hungría, Polonia y Rumanía), en los otros seis no. Con relación al rendimiento del PE, el enjuiciamiento es más bien severo: sólo en Eslovenia, Letonia, Lituania y Rumanía los ciudadanos encuestados valoran positivamente la labor de la institución.

En suma, estos datos muestran un panorama un tanto ambivalente: las ampliaciones hacia el este fueron una opción estratégica audaz, pero necesaria de la UE. Probablemente se hicieron de modo excesivamente cupular y apresurado (muchos países del área presentaban importantes carencias estructurales), a la vez que la adaptación al acervo comunitario exigió de entrada duros sacrificios sociales. Por todo ello, tanto importantes sectores de las élites como de las opiniones públicas no se adaptaron bien a las nuevas realidades supranacionales.

Construir una solidaridad paneuropea requerirá generaciones y, en este sentido, ni las duras políticas de la ‘troika’ ni el auge de las derechas populistas ayudan a ello. Buena parte de las élites y las opiniones públicas de los PECO parecen no acabar de comprender bien que la UE no sólo es un club que proporciona derechos y prestaciones, sino también un entramado que exige deberes y contrapartidas. El actual conflicto con los gobiernos de Hungría y Polonia (y en menor medida con los otros dos miembros del grupo de Visegrado, Chequia y Eslovaquia) y el atraso estructural de Bulgaria y Rumanía en todos los ámbitos complican el proceso de construcción europea, hoy en la encrucijada y con expectativas críticas más abiertas que nunca ante las cruciales elecciones europeas, previstas para mayo de 2019.

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