Emergencia democrática en Europa

Polonia volvió a colocarse en el punto de mira de la opinión pública cuando el pasado martes entró en vigor una ley que modifica las reglas de funcionamiento de su Tribunal Supremo. La ley forma parte de la reforma del sistema judicial que está acometiendo el Gobierno de Ley y Justicia, duramente criticada en el ámbito internacional, hasta el punto de motivar la apertura del procedimiento del artículo 7 del Tratado de la UE contra Polonia, por infracción del Estado de Derecho.

La nueva ley modifica, entre otras cosas, la edad de jubilación de sus jueces, acortándola de los 70 a los 65 años. Esto implica que hasta un 40% de los actuales miembros del tribunal más importante del país podrán ser sustituidos en los próximos meses. Entre ellos está su primera presidenta, Malgorzata Gersdorf, cuyo mandato de seis años se instaura, nada menos, en la Constitución del país. Los cambios también implican que decenas de jueces nombrados bajo la influencia política del actual Gobierno decidirán durante años sobre temas tan importantes como los recursos de los juicios emitidos en los últimos 20 años, los procedimientos disciplinarios de los jueces, e incluso certificarán la validez de las elecciones. Dado que previamente el Ejecutivo de Ley y Justicia se había hecho con el control del Tribunal Constitucional y del Consejo de la Judicatura, el golpe a la independencia judicial parece consumado. Como sentencia uno de los juristas más respetados del país, el profesor Adam Strzembosz, la separación de poderes en Polonia ya sólo existe en los corazones de los jueces.

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Esta terrible noticia ya apenas sorprende. Hoy en día, según muchos expertos, Hungría y Polonia, dos países miembros de la Unión Europea, han dejado de ser democracias liberales. El control político del sistema judicial, la propaganda progubernamental en los medios de comunicación, la purga en los servicios diplomáticos y los nombramientos en los consejos directivos de las empresas públicas son algunos de los instrumentos con los que los partidos gubernamentales en ambos países han tomado el control de las instituciones del Estado y han emprendido la desactivación de su oposición política. Mientras que el húngaro Orban ya ha acometido también sus reformas electorales para asegurarse la permanencia en el poder, ésa es la última pieza que falta en Polonia. No obstante, la reforma no tardará en materializarse, ya que antes de que termine el año van a celebrarse unas elecciones municipales y en el 2019 toca renovar el Parlamento. Los líderes argumentan que los cambios acometidos, el llamado “cambio para mejor” en Polonia y la construcción del “Estado iliberal” en Hungría, no vulneran los derechos, sino que hacen que su democracia sea más fuerte y más receptiva a la voluntad de los ciudadanos, traicionados por unas élites liberales corruptas.

Que este discurso populista haya triunfado en Polonia y Hungría se debe tanto a la idiosincrasia social e histórica de estos países como a los procesos colaterales de la globalización y de la integración regional, que afectan al continente entero. Puede que, lejos de ser diferentes, los países de Europa del Central y del Este sólo se hayan anticipado a la deriva nacionalista y xenófoba que está golpeando duramente al continente como respuesta a los fenómenos de la desigualdad creciente, las migraciones o el cambio generacional de valores. Hoy tenemos clones de Orban en los gobiernos de Austria e Italia y fuerzas como Ley y Justicia (o más extremas) están representadas en varios de los parlamentos nacionales; entre ellos, en Alemania. Hoy es Polonia, pero mañana pudiera ser otro país de la UE.

Por lo tanto, es necesario tratar estos acontecimientos como una urgencia europea. Los ciudadanos de Polonia y Hungría son también europeos y no vale dejarles sin defensa ante la deriva autoritaria de sus gobiernos. Si existe una verdadera Unión Europea, debemos proteger las libertades democráticas de todos los ciudadanos. Orban y Kaczynski esperan que sus socios  se cansen de lidiar con tantas dificultades y les dejen en paz reinando en sus feudos. Pero si nos tomamos en serio las ideas de la integración y solidaridad, esta emergencia democrática debe contar con la intervención de las instituciones europeas antes de que sea demasiado tarde. Los polacos y los húngaros lucharon muy duro por conseguir sus libertades democráticas y ahora portan las banderas europeas en sus marchas de protesta. Se merecen la solidaridad europea en esta batalla.

 

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