Elecciones en Estados Unidos: ¿normalidad excepcional?

Las ‘midterms’ estadounidenses siempre las pierde el partido que gobierna. Existen excepciones a esta regla, pero son tan particulares (Franklin D. Roosevelt en pleno auge de la New Deal; George W. Bush un año después de los atentados del 11 de Septiembre) que la refuerzan. La cuestión clave, de cara al martes pasado, era si la excepcionalidad de Donald Trump rompería estos patrones; bien generando una victoria sin precedentes de la oposición, bien imponiéndose una vez más contra todo pronóstico y reteniendo la mayoría legislativa republicana. Un resultado que, de producirse, habría apuntalado su reelección en 2020.

Con los resultados en la mano, asistimos a un regreso engañoso de la normalidad. Tal y como pronosticaron las encuestas, el Partido Demócrata sube de 193 a 222 escaños y retoma la Cámara de Representantes (la mayoría absoluta está en 218). No así el Senado, donde le tocaba defender asientos en estados conservadores, que en 2016 apoyaron a Trump. El centro-izquierda también avanza posiciones a nivel local y estatal, donde sufrió una fuerte erosión durante la Presidencia de Barack Obama. Pero no estamos ante un desenlace demasiado tranquilizador: la normalidad que amaga con regresar, al fin y al cabo, es la misma que ‘produjo’ abruptamente a Trump en 2016.

‘Test de Rorschach’ para optimistas

El desenlace de estas elecciones permite a diferentes actores, todos ellos enfrentados entre sí, sacar lecturas positivas. Trump, que entró en la recta final exacerbando su discurso xenófobo para movilizar a sus fieles y evitar una debacle, consigue salvar los platos (y el Senado). Hoy puede sostener que, como ocurrió con Obama y Bill Clinton, el varapalo en las midterms no impedirá su reelección. La clave radica en su (in)capacidad para gestionar esta derrota con estoicismo. Si el pasado sirve como precedente, Trump optará por redoblar sus insultos y ataques. Una decisión que generará tensión con el nuevo Legislativo y tal vez incomode a su partido; incapaz, por otra parte, de romper con un presidente que mantiene índices de aprobación del 90% entre votantes conservadores.

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El Partido Demócrata cumple con las expectativas y rompe el unipartidismo que fijaron las elecciones de 2016. Puede usar su mayoría en la Cámara de Representantes para hostigar al presidente, si bien el ‘impeachment’ continúa siendo una quimera que haría bien en abandonar. Sus avances sirven para disimular el hecho de que el partido aún no ha encontrado un mensaje inspirador –en 2016 no le bastó con oponerse a Trump– y le sigue costando competir en bastiones republicanos. El ejemplo más claro es Texas, donde el ultra-conservador Ted Cruz ha obtenido la reelección frente a Beto O’Rourke, en quien los demócratas depositaron enormes esperanzas y fondos de campaña.

El ala progresista del partido, liderada por el senador socialista Bernie Sanders, puede enorgullecerse de varias victorias sin precedentes: las de Rashida Tlaib e Ilhan Omar (primeras musulmanas en ser electas al Congreso); Deb Haaland y Sharice Davids (primeras indígenas); y Alexandria Ocasio-Cortez, la gran promesa de la izquierda, que a sus 29 años será la congresista más joven de Estados Unidos. El propio Sanders, a sus 77 años, ha ganado por casi 40 puntos porcentuales a su rival. Pero el fracaso de sus apuestas más ambiciosas, como los candidatos a gobernador en Florida y Maryland, deja un regusto amargo en la izquierda. De cara a 2020, aún tiene que convencer al ala centrista del partido de que su programa es más inspirador y eficaz que la tibieza de Hillary Clinton en 2016.

Olas y diques

Si la ola azul demócrata no ha resultado tan contundente como anunciaban algunas encuestas, sí lo ha sido la ‘ola rosa’, así llamada por el número sin precedentes de mujeres que han abrazado el activismo político en los últimos dos años. Estas elecciones se han convertido en las primeras de la historia del país en que son elegidas más de 100 mujeres a la Cámara de Representantes, la mayor parte de ellas demócrata. Incluso las mujeres blancas, que en 2016 apoyaron a Trump por un margen del 53%, han repartido su voto a partes iguales según los sondeos a pie de urna. Afroamericanas y latinas se decantan por los demócratas con márgenes del 92% y 73%, respectivamente.

El resurgimiento del voto femenino encuentra un precedente en 1992, el llamado ‘año de la mujer’. En aquella ocasión, la nominación al Tribunal Supremo del juez Clarence Thomas –acusado de abusar sexualmente de su empleada, Anita Hill, quien tuvo que declarar ante un tribunal compuesto exclusivamente por hombres– movilizó el voto femenino y desembocó en la elección del mayor número de mujeres congresistas hasta entonces. Entre ellas se contaba Nancy Pelosi, actual líder demócrata en la Cámara de Representantes.

Aquel escándalo es muy similar al que ha generado Brett Kavanaugh, el juez ultra-conservador elevado en octubre al Tribunal Constitucional. Tras ser acusado por la profesora de psicología Christine Blasey Ford de abusar sexualmente de ella cuando los dos eran adolescentes, Kavanaugh recurrió, durante su comparecencia ante el Senado, a un victimismo agresivo y lamentable. A ello se une el carácter del propio Trump y sus numerosos exabruptos machistas, así como la agenda ultraconservadora del Partido Republicano, que ha hecho de la restricción de los derechos reproductivos una de sus señas de identidad. No sorprende, por lo tanto, que las estadounidenses hayan liderado la oposición a Trump desde el día de su inauguración.

El género no es la única brecha electoral. Los republicanos continúan haciendo frente a un mapa demográfico hostil: minorías raciales, jóvenes y votantes con menos ingresos se decantan mayoritariamente por el centro-izquierda. Se sostiene de manera recurrente que Trump es el candidato de la clase obrera blanca, dejada de lado por la globalización. Las pérdidas de los republicanos en el cinturón de óxido del medio oeste –región que pivota entre los dos partidos y que en 2016 se inclinó por el republicano, aunque los demócratas han ganado siete de las ocho elecciones estatales– debiera poner en entredicho esta hipótesis, que nunca estuvo anclada en una interpretación demasiado rigurosa de los resultados electorales.

La base de Trump es similar a la de cualquier otro presidente republicano: cada vez más blanca, masculina, envejecida y rural. Continúa siendo competitiva gracias a la disciplina de sus votantes y a una serie de diques de contención: artimañas electorales que, de aplicarse en otros países, ya hubiesen sido objeto de condenas internacionales. Al habitual rediseño de distritos electorales (‘gerrymandering’) y las medidas para obstaculizar la participación electoral de minorías étnicas se ha unido un esfuerzo deliberado por impedir el acceso al voto desde instituciones públicas. Es el caso del estado de Georgia, donde a cientos de miles de votantes se les ha negado el derecho a participar; una medida clave para derrotar a quien hubiese sido la primera gobernadora negra de la historia, Stacey Abrams. Unido a los resultados del Senado –donde los demócratas siguen siete escaños por debajo de los republicanos, pese a haber obtenido 12 millones más de votos–, la sensación es la de un país con serios problemas de representatividad. Como contraparte, los votantes de Florida han optado por abolir la prohibición del voto a convictos, medida habitual para apuntalar victorias del Partido Republicano.

Es posible que, con una mayoría en la Cámara de Representantes, el Partido Demócrata actúe como contrapeso a Trump –una labor que los republicanos no quieren desempeñar y que el sistema judicial difícilmente podrá realizar tras su colonización por la derecha–. Pero sería ingenuo esperar el retorno de tiempos más sobrios y predecibles, como parte de la oposición aún parece desear. Los demócratas necesitan cohesionarse en torno a un programa coherente que anime a sus bases, no sólo afear los excesos de una derecha radicalizada. Las midterms muestran que avanzan en esa dirección, pero no tan deprisa como debieran.

 

(¿Qué relación transatlántica está diseñando Trump?) En #AgendaExterior

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