El regreso de la blasfemia en la era “Charlie Hebdo”

Parecía impensable, pero ha vuelto el delito de blasfemia. Algo que no es de extrañar en estos tiempos pusilánimes y tibios en los que Europa reniega de sus sagrados (en sentido laico y civilizatorio) principios de libertad e igualdad para, bajo la excusa de la fraternidad, haberse hecho multicultural y transversal. Lo paradójico de la fraternidad (igual por eso los “padres fundadores” de la Europa ilustrada lo enumeraron el último) es que puede ser empleada como excusa para imponer el silencio de los críticos. Pregunten a un periodista, y éste les dirá que se autocensura no por miedo al Poder público, sino por miedo a la reacción del otro. Insisto, hablen con los periodistas y les sorprenderá lo que cuentan.

Hoy el reto para la libertad de expresión y de información en el mundo occidental ya no es el Estado (aunque parece que nuestro Gobierno se empeña en volver a tiempos pretéritos con normas como la contenida en la vergonzante Ley Orgánica de Protección de Seguridad Ciudadana que sujeta a autorización previa la captación de imágenes o datos de los agentes de la autoridad en el ejercicio de sus funciones, so pena de sanción grave); ha vuelto a ser la religión. Parece increíble que haya que releer otra vez a Spinoza, o a Milton o a Voltaire, o a Bentham para explicar de nuevo que sin religión una sociedad puede vivir pacíficamente en libertad y ser una buena sociedad respetuosa con la dignidad de sus miembros. Pero sin libertad de opinión eso es imposible. Me resulta extraño que tengamos que volver a recordar una idea tan simple (y poderosa) como ésta. Ocurre que la convivencia entre la libertad de creer en lo que cada cual considere, y de expresar opiniones o comunicar información, se ha sustentado en una distinción precisa y sólida entre la esfera pública y privada. La libertad de creencia y religiosa es un instrumento para estabular las creencias en el espacio privado de cada cual. Un instrumento para sacar la religión de la esfera pública. Y esa esfera pública no es otra que la esfera de la convivencia entre los miembros de la comunidad, privados del derecho a hacer uso de la fuerza para imponerse a los demás, estén o no cargados de razón y razones. No hay verdades en la esfera pública, en ese espacio de lo común y de lo que a todos interesa, donde todos somos iguales, despojados de nuestros atributos individuales, un espacio donde no hay mayoría ni minorías, donde no hay colectivos, sino individuos que tienen el derecho a pensar lo que quieran, y a decir lo que les parece. ni más ni menos que los demás. Un espacio donde no hay un otros, porque todos somos unos, iguales y libres. En ese espacio no hay sitio para las creencias religiosas, porque estas generan desigualdades, porque las creencias distinguen mientras que la libertad de opinar iguala. Por eso las creencias y las religiones deben quedar limitadas al espacio privado, personal e. intocable, desde luego. Pero en el espacio público, cuando uno accede a él, ya no existe esa barrera protectora, uno se expone, y se expone a la crítica, a la discrepancia, en fin… a lo que otros también opinan. Ese es el peaje que se paga por acceder al espacio público donde todos somos iguales. La grandeza de este sutil equilibrio estriba en que nada ni nadie nos obliga a escuchar las opiniones de otros (nadie ni nada obliga a comprar Charlie Hebdo) o a creer en lo que otros creen. Esa es la gran diferencia que explica por qué pesa más en democracia la libertad (de opinión o de creencia) que la religión (que se impone siempre a otros porque se sustenta en una verdad).

El problema de la blasfemia (y en España sigue existiendo tal delito en su versión más desteñida) es que mete la religión en el espacio público. No hay ninguna razón para que en un Estado democrático y social de Derecho, por tanto neutro en lo ideológico y religioso, vaya más allá de la injuria y la calumnia en la protección de las creencias personales frente al insulto vejatorio y agraz. Las caricaturas de Charlie Hebdo no son blasfemas, no pueden serlo porque en una sociedad democrática no hay lugar en el espacio público para proteger la creencia personal frente a la opinión de un tercero más allá del insulto y la vejación (en definitiva eso es lo que dice el TC en sus Sentencias 214/1991, 176/1995 y 235/2007, y de forma más meliflua el TEDH desde el asunto Wingrove –en relación con otra expresión de la libertad de opinión que es la artística). En nuestra cultura jurídica no hay espacio para la blasfemia. Lo hay para punir aquellas opiniones que rompan la paz (social y jurídica) en la que se sostiene el espacio público provocando el uso de la fuerza para atacar la opinión (o las creencias) de otros. Y no parece que unas caricaturas, feas, malas, facilonas, vulgares incluso, molestas e hirientes, provoquen la violencia sobre nadie. No hay razón para forzar el silencio –público- (y romper el equilibrio) de unos para contentar la intransigencia de las creencias -privadas- de otros. Si dudamos en esto, dudamos de la Democracia.

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.