El Régimen del Cambio Climático y el Acuerdo de París: ¿de victoria en victoria hasta la catástrofe final?

Después de más de dos décadas de negociaciones, 195 países reunidos en la XXI Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de París (Convención Marco) aprobaron, in extremis y tras dos semanas de recalcitrantes negociaciones, un acuerdo vinculante universal en materia de cambio climático. El Acuerdo de París ha sido tildado de victoria para la humanidad, éxito sin precedentes y momento histórico por unos, y de oportunidad perdida por otros. Nuestro análisis del texto, y el contexto, cuestiona ambas afirmaciones y plantea que más que en acto, París es en potencia.

Ambición sí, incertidumbre más

El acuerdo cuantifica el objetivo demarcado en 1992 por la Convención Marco, esto es, ‘la estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que impida interferencias antropógenas peligrosas en el sistema climático’, que fue concretado en 2 ºC  a través de un acuerdo político en 2009 y en la propia conferencia de las partes en Cancún en 2010.  El compromiso de mantener el aumento de la temperatura media del mundo ‘muy por debajo de 2ºC’ (con vistas a limitarlo a 1.5ºC) con respecto a niveles preindustriales, aunque positivo, se desfigura cuando el mismo documento reconoce que con las reducciones puestas sobre la mesa el objetivo no se logrará.

Además, conviene recordar que en el Acuerdo de París no existen compromisos vinculantes de los países sobre cuotas de reducción u otras medidas efectivas para alcanzar el objetivo marcado. El sistema de promesas y propuestas de reducciones voluntarias iniciado con el Acuerdo de Copenhague en 2009 ha encontrado su cauce a través de las Contribuciones Nacionales Previas Determinadas, que ni están integradas en la parte vinculante del documento aprobado en París, ni son suficientes para alcanzar el objetivo.  Éstas, en cualquier caso, entran en juego una vez el acuerdo entre en vigor, cuando al menos 55 de las 195 partes, constituyendo el 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero globales, lo hayan ratificado. Los plazos de revisión de las contribuciones nacionales son extensos, contribuyendo a la incertidumbre: la primera revisión de las contribuciones nacionales será en 2023 y las revisiones de las contribuciones por los países para adecuarlas al objetivo se realizaran cada cinco años.

El acuerdo se deja mucho en el tintero, por ejemplo, clarificar el tratamiento diferencial entre países, especificar el mecanismo de pérdidas y daños, o asegurar fondos para adaptación y mitigación. Otra causa de desasosiego es que mientras que el acuerdo apoya el mercado internacional de emisiones como instrumento para ayudar a los países a cumplir con sus compromisos, el diseño del mecanismo en relación con la protección ambiental es ambiguo. Más preocupante es la exclusión de sectores enteros de la economía de su alcance, en concreto, la aviación y el transporte marítimo internacional. Esta omisión desplaza la regulación de asuntos climáticos de estos sectores a otros foros internacionales, regionales y nacionales. Pero estas son las lides de las negociaciones internacionales, donde muchos y muy diversos intereses tienen que tener cabida y salir de París con las manos vacías habría sido una gran decepción para la mayoría de los países implicados, la comunidad internacional y la agenda climática.

Dar cuerpo al acuerdo

El acuerdo de París documenta un cambio de paradigma en tres frentes: Primero, la evolución desde la negación de la magnitud del  problema del cambio climático, a pesar de la evidencia científica, a una creciente conciencia de los Estados sobre el apremio de tomar medidas. Aunque tal urgencia se haya terminado diluyendo en la arena política internacional dando como resultado un acuerdo vinculante, sí, pero que sabe a poco. Segundo, el triunfo de las obligaciones basadas en compromisos surgidos desde abajo (enfoque “bottom-up”) a diferencia de las cuotas impuestas desde arriba (“enfoque top-down”). Y tercero, el alejamiento definitivo de la división rígida de países desarrollados y en vías de desarrollo, basada en conceptos de 1992, que ha dominado las distintas obligaciones de los países en el régimen del cambio climático.

Sin embargo, a pesar que el Acuerdo de Paris se aplicará a todos los países, no se aplicará a todos por igual. La complejidad y alcance del problema climático, que cuestiona el modo de desarrollo planetario basado en los combustibles fósiles, amenaza el crecimiento de algunos países y sectores de la economía. La diferenciación entre países sigue existiendo y, además, se ve reforzada a través del uso del discurso del desarrollo sostenible. Este discurso, que lo mismo vale para un roto que para un descosido, se ha afianzado en el lenguaje del Acuerdo, comparado con documentos previos. De esta manera, el Acuerdo de Paris debe leerse conjuntamente con los Objetivos del Desarrollo Sostenible aprobados por  las Naciones Unidas el pasado Septiembre, donde clima y energía juegan un papel fundamental.

Cabe anticipar que las luchas de los próximos años orbitarán alrededor de las mismas cuestiones fundamentales que siguen siendo borrosas: quién va a asumir las reducciones y el coste de las reducciones (la responsabilidad y capacidad), cómo y cuándo se va a hacer (control, transparencia y mercado) y quién va a pagar por lo que ya es inevitable (adaptación, pérdidas y daños).

Si bien es cierto que por fin habemus acuerdo universal vinculante, también es cierto que en el acuerdo no se ha atajado de manera efectiva el problema climático. Lo que el Acuerdo de Paris provee es un marco multilateral, una base para edificar medidas efectivas, y significa un punto de arranque importante para desarrollar un nuevo modelo en el régimen del clima, donde todos los países participan. Países emergentes y EEUU mediante, estos nuevos parámetros están llamados a dar más tempranos y mejores frutos que los que dio el sistema del Protocolo de Kioto. El acuerdo de Paris es potencia, y ser éxito o fracaso depende de la acción, del desarrollo del acuerdo (el compromiso y determinación de los países) en los próximos años. Es el turno de dar cuerpo al acuerdo en Marrakech antes de que el régimen del cambio climático se tambalee hasta caer. Y en esto sabremos si los países del mundo reunidos en París hicieron historia o un histórico brindis al sol.

En este artículo también ha participado Francesco Sindico.

Autoría

1 Comentario

  1. Rafael Grasa
    Rafael Grasa 02-09-2016

    Sorprende que el comentario de la COP 21 hable de dos décadas de negociaciones y olvide lo fundamental: el convenio marco de 1992 exigía un protocolo que concretase, fue el protocolo de Kyotto…y tuve serios problemas para ser ratificado al marchar Estados Unidos. En suma, París partía de Kyotto y de serios debates en las COP de los dos años anteriores sobre como sustituir los compromisos de Kyotto. Valdría la pena tenerlo en cuenta para evitar equívocos.

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