El PSOE y la inversión de las expectativas

La llegada de Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno mediante una moción de censura ha roto diversas tradiciones o patrones regulares de nuestra vida política, como varios analistas nos han recordado este fin de semana. Todos ellos coinciden en que la frágil mayoría parlamentaria que tumbó a Mariano Rajoy no parece ofrecer suficiente credibilidad para mantenerse hasta el final de la legislatura. Aunque creo que podemos establecer un predicción creíble al respecto: si nada sustancial e imprevisto altera las preferencias actuales de los partidos que apoyaron a Sánchez, las posibilidades del nuevo Gobierno de llegar hasta finales del año próximo (o incluso de agotar la legislatura en 2020) se van a beneficiar del temor de todos estos partidos a que un fracaso del artefacto parlamentario construido esta semana desemboque en una mayoría absoluta del centro-derecha con Albert Rivera al frente del Ejecutivo. En política, la aversión siempre fue un pegamento más consistente que la adhesión.

Quizá por eso, la gran preocupación del PSOE no va a ser tanto el mantenimiento de esta variopinta coalición como la imperiosa necesidad de ampliar la propia base parlamentaria del Grupo Socialista. Hay que tener en cuenta que la tenaz (o temeraria, según gustos) jugada de Sánchez con esta moción de censura triunfante es que le ha dado una patada al avispero en el que se había convertido la política española, con una apuesta de alto riesgo: o bien lanza ese panal bien lejos por unos años, o las avispas le devorarán y en las próximas elecciones no solo cerrará abruptamente su etapa presidencial, sino que arrastrará con él a su longevo partido.

Para ello, el tenaz Sánchez deberá romper una pauta regular de la política española: desde 1977, el partido de Gobierno apenas ha mejorado el volumen de voto en los comicios siguientes tras su primera legislatura en el poder; más bien ha tendido a experimentar un declive más lento o más acelerado según el nivel de desgaste acumulado por la acción de gobierno. De hecho, los partidos que acceden al poder y buscan la reválida en la siguiente elección se benefician mucho más de la desmotivación de los votantes de sus adversarios que del entusiasmo extendido de los propios votantes. Incluso en las elecciones de 2000, que catapultaron a José María Aznar a la mayoría absoluta, el aumento de 27 escaños que lo hizo posible no vino de un incremento masivo de votos (éste fue apenas de 600.000 votos, un 7,2% más que en 1996), sino del colapso de la izquierda. En otros ejemplos similares en la arena autonómica, una mejora substantiva de las opciones electorales del partido gobernante sólo se dio con la desaparición de algunos de sus directos adversarios. ¿Será esta vez distinto para Sánchez, con una base parlamentaria menguante y una legislatura encogida?

La respuesta a este enigma va a residir en cómo articule la competencia con los otros partidos. De entrada, ¿con quién va a competir el PSOE? Es fácil: con todos. El espacio electoral socialista perdió en ocho años (de 2008 a 2016) casi seis millones de votantes, más de la mitad. Una verdadera sangría. Y éstos se fueron a todas partes, como muestra la Tabla 1 de fugas de voto socialista. Por ejemplo, uno de cada cuatro de quienes votaron a José Luis Rodríguez Zapatero en 2008 se fueron en 2011 al PP (15%) o a la abstención (10,5%). Más impresionante fue la fuga de voto a Podemos/Comunes en 2015 (el 24,9% de los que votaron PSOE en 2011). Resulta menor en términos cuantitativos, pero no cualitativos, los votos que se le fueron, en Cataluña (y otras autonomías con partidos nacionalistas) a ERC o CiU. Y no hay que olvidar algunas fugas ocultas de doble estación: las de quienes se fueron a la abstención o al PP en 2011 y acabaron en Ciudadanos en 2015 (podemos intuir esa fuga de votantes de centro en la tabla que publiqué aquí).

He ahí la paradoja: Sánchez llega al poder sostenido sobre los partidos que más apoyo electoral le han drenado estos últimos años, y que tratarán de seguir haciéndolo en el futuro. Deberá sostenerse sobre ellos al tiempo que recupera de éstos una parte del electorado fugado.

Ante ese panorama, ¿cómo competir con todos ellos? Mediante una pirueta muy complicada: reagrupando y desmovilizando. Atrayendo a millones de votos de la izquierda sin asustar o movilizar votos del centro-derecha. Ese tipo de acrobacias son las que persiguen las estrategias de competición centrípetas u orientadas al centro. O al menos ésta era la regla del manual de la política española anterior a 2014. Desde entonces, la llegada de nuevos partidos y la polarización creciente que trajo la política de trincheras incubada desde los años de Zapatero (ver aquí el gráfico que dibujé hace unos meses) ha hecho mucho más difícil competir por el centro. Incluso la emergencia de Ciudadanos en el electorado de centro ha operado más como factor de polarización que de moderación, como ya expliqué aquí. En ese nuevo contexto, con competidores fuertes a izquierda y derecha, un movimiento en una dirección comporta pérdidas en el sector contrario.

Además, el perfil de los votantes perdidos a izquierda y derecha pueden ser incluso opuestos. Como ilustramos en un estudio de próxima aparición (*), los ex votantes socialistas de 2011 que en último ciclo optaron por votar a Podemos/IU o Ciudadanos/PP eran distintos en su edad, estatus social, en su televisión de referencia, en su perfil ideológico (obviamente) y en algunas de sus actitudes políticas. No es un dato sorprendente, pero muestra hasta qué punto resultará difícil ofrecer un discurso o una acción de gobierno coherente para electores tan dispares. Un rasgo compartido con el resto de la socialdemocracia europea: el declive de la clase obrera tradicional que la había apoyado está dando paso a grupos heterogéneos y de difícil amalgama bajo un mismo programa socialdemócrata. Sólo planteamientos personalistas o, como indicábamos antes, la unión contra un enemigo común parecen funcionar de momento como ejes substitutos de la antaño patria del género humano que cantaba la Internacional.

En ese sentido, es interesante constatar la evolución de Sánchez en su etapa de liderazgo político. Ante el dilema de competir por el centro desde la izquierda o de disputar el voto de la izquierda desde el centro, Sánchez inició su primera etapa como secretario general con un discurso cada vez más abiertamente centrífugo, tratando de recuperar votantes de izquierda, aunque eso significara sacrificar la identidad centrípeta que el PSOE había desarrollado desde que la generación de Suresnes se hiciera con el partido en 1974. Más allá de cuestiones personales, ése parece ser el argumento para su caída en octubre de 2016: el último gesto de la generación de González para abortar lo que veían como una podemización del PSOE. La entrevista de Sánchez en La Sexta poco después de aquellos hechos contribuyó a esa interpretación, y dio credibilidad a la estrategia que empleó en los meses siguientes: la rebelión contra las elites del partido. Pero eso quedó atrás: desde el día después de esas primarias, Sánchez ha recuperado una orientación inequívocamente centrípeta, que probablemente mantendrá en sus meses de gobierno. Los errores propios de Podemos se lo han acabado permitiendo.

¿Qué implicaciones tiene esto para tratar de anticipar la acción del Gobierno socialista en los próximos meses? Una estrategia de ese tipo augura una agenda política rica en gestos diversos, pero modesta en políticas públicas substantivas y carente por completo de reformas de calado (territorial o social). No sólo porque la mayoría parlamentaria es precaria, sino porque contener la agenda reducirá el riesgo de producir descontentamiento entre sus potenciales electores a un lado y otro. Sabemos que hacer políticas orientadas a un grupo no necesariamente favorecen su lealtad electoral en el corto plazo, y en cambio las decisiones que descartan otras políticas sí pueden acabar generando la desafección de los desatendidos.

Pero, ¿significa esto dilatar y no hacer nada, en el sentido rajoyístico de la expresión? No exactamente, porque tampoco se lo puede permitir: más bien podemos encontrarnos con un Gobierno que intente aplazar la decepción, que se esfuerce en recuperar apoyo electoral ‘no por lo que haga, sino por lo que podría hacer’. Es decir, invertir la trampa de las expectativas: intentar no sucumbir incumpliendo irremediablemente esperanzas de grupos de electores heterogéneos y opuestos; antes bien, alimentar de forma creíble las expectativas por lo que podría hacer con un mayor apoyo parlamentario propio o, al menos, unos adversarios más debilitados. Saber articular eso en el discurso y en la acción será la prueba del éxito de los ministros que entren en el Ejecutivo esta semana.

¿Dónde puede favorecer esa inversión de las expectativas? Alimentando la disputa social, intentando desmantelar (sin conseguirlo necesariamente) parte de la agenda del Gobierno de Rajoy y enfriando la cuestión territorial, dilatando los plazos de canalización del conflicto catalán con un trato más amable institucionalmente entre las partes.

Curiosamente, en ese objetivo puede acabar encontrando los mejores cómplices en el PP y en los partidos soberanistas, como explicábamos aquí el otro día. Al primero le interesa tanto como al PSOE reducir el espacio de Ciudadanos mediante la polarización social, pero sin entrar en una verdadera escala identitaria; a los segundos, les conviene tiempo y más tiempo para aclararse internamente y redefinir un lenguaje aún proclive a la magnificación política (la desobediencia, la república…).

Sin embargo, no todo será tan fácil de cuadrar. ¿Con qué temas pueden definir PP y PSOE de forma creíble la oposición entre la izquierda y la derecha sin seguir siendo desbordados por sus adversarios emergentes? ¿Por cuánto tiempo podrá resistir el PP el calendario de sentencias judiciales pendientes? Cualquier duda en estos interrogantes puede acabar derivando en una competición tan evanescente como emocional entre PP y Ciudadanos por la españolidad; lo que puede enjaular a Sánchez en un conflicto –el de Cataluña, en el que la lógica judicial y de encarcelamientos está fuera de sus manos. ¿Cómo abordará Sánchez un re-enfoque de las relaciones con el Govern de Torra en las que éste acepte asumir el diálogo previo con la oposición dentro de Cataluña, donde Ciudadanos es el primer partido? Cuando hay demasiadas incógnitas en la ecuación, la calculadora puede dar error.

En Portugal, al Gobierno socialista en minoría apoyado por comunistas, verdes y nueva izquierda enseguida se le denominó despectivamente el Gobierno de la ‘chapuza’ (geringonça). Apenas dos años después, los socialistas portugueses encaran con buenas expectativas el fin de la legislatura. Sánchez no tendrá tiempo para desarrollar una agenda política de cambio como la de António Costa, pero tampoco lo necesitará: con el triunfo de la moción de censura ha iniciado de facto la verdadera campaña electoral para las próximas elecciones generales y ha ganado la palanca para decidir cuánto durará.

(*) P. Correa, O. Barberà, y J. Rodríguez Teruel (2018): ‘El PSOE o la impotencia de la izquierda’, en F. J. Llera Rampo, M. Baras y J. Montabes, eds. ‘Elecciones Generales 2015-2016′, Madrid, CIS (en prensa).

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