El problema del ‘demos’: cómo afrontar problemas intratables

Reconozcámoslo como inevitable punto de partida: lo de las naciones es un verdadero dilema y no tiene solución lógica sino pragmática, es decir, una síntesis pactada en orden a favorecer la convivencia, porque la alternativa es la imposición de unos sobre otros, el conflicto abierto en sus diversas formas. El nudo gordiano consiste en que no hay nación sin dar por supuesto algo que en principio no se somete a discusión, como marco de referencia o sujeto de la soberanía. El pueblo no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo. De hecho, cualquier sistema democrático es incapaz de resolver democráticamente la cuestión acerca de quién decide qué y remite siempre a un marco previo de soberanía. Como decía el politólogo Dahl, “los criterios del proceso democrático presuponen que el sujeto es el correcto” (1983, 103). Cuando el sujeto es contestado, en aquellos casos en que hay un persistente cuestionamiento de la soberanía, porque unos entienden que su titular somos todos y otros que son una parte a la que consideran todos, ¿cómo resolvemos este dilema? No hay otra solución que pensar el demos como una realidad reflexiva, discutible, revisable y abierta. Por eso debe haber procedimientos para renovar o modificar el pacto que constituye nuestra convivencia política. Nuestro atasco procede de que estamos considerando las identidades políticas como datos irrefutables y no todos los ven así; muchos españoles no consideran legítimo que los catalanes decidan sin tener en cuenta su opinión y muchos catalanes están en desacuerdo con el hecho de que su futuro se decida dando por sentado que son una parte de los españoles, algo que les impediría de hecho la mera posibilidad de salirse de un sistema de decisión en el que siempre serían una minoría.

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Después de darle muchas vueltas al asunto, he llegado a la conclusión de que este dilema no tiene una solución lógica ni legal, que es imponer un marco de legitimidad como si se tratara de una evidencia incuestionable: que estas decisiones las deben adoptar todos los españoles o sólo los catalanes; ambas propuestas son cuestionables y dan por sentado el marco desde el que ya queda predeterminada una única solución.

Por su propia naturaleza, las naciones no son innegociables; lo que puede convertirlas en algo intratable son determinadas maneras de sentirlas y defenderlas. Porque el hecho de que se trate de algo con un fuerte contenido emocional no impide que le demos un tratamiento razonable. Soy partidario de que en la futura solución haya un cauce para una eventual secesión, pero creo que, dada la persistente configuración de las identificaciones nacionales en Cataluña en lo que es muy parecido a un empate, sería preferible pactar algo que pueda concitar una mayor adhesión. No es verdad que sea imposible el diálogo, el pacto y la negociación en torno a nuestras identidades y sentidos de pertenencia. No me refiero al ser sino al estar, al acuerdo en torno a cómo distribuir el poder, qué fórmula de convivencia es la más apropiada, qué niveles competenciales sirven mejor a los intereses públicos, cómo dar cauce a la voluntad mayoritaria sin dañar los derechos de quienes son minoría… Eso de que “la soberanía nacional no se discute” es un error en torno al que están sospechosamente de acuerdo los más radicales de todas las naciones.

¿Quién ha dicho que las soberanías no pueden compartirse? Las soberanías exclusivas son más bien la excepción que la regla en el mundo actual, donde cada vez hay más ciudadanías múltiples por diversos motivos. La historia reciente y, de manera muy especial, nuestro entorno europeo es un desmentido de las soberanías indivisibles. Alguien podría objetar que unos tienen el 155, el Tribunal Constitucional y el artículo 2 de la Constitución, mientras que otros no. Y es cierto. Ahora bien, disponer de esos instrumentos de soberanía estatal permite ganar ciertas batallas, pero también tiene sus límites. El verdadero titular de la soberanía es la gente y la legalidad sin legitimidad tiene siempre un escaso recorrido. Nada puede hacerse contra la sociedad y ése es precisamente el problema: la persistencia de una identidad plural (en España y en Cataluña), de manera que ninguna imposición es capaz de lograr una convivencia normalizada.

Va a ser necesario ejercitarse después de tanto tiempo de discordia y quisiera plantear algunos ejercicios de reciprocidad que nos pueden disponer para el encuentro. La reciprocidad elemental se formula en aquel principio de no querer para otro lo que no quieras para ti. Se trata de un principio que puede traducirse políticamente de diversas maneras. Por ejemplo, una versión que plantea el asunto desde la óptica de las minorías: yo no soportaría vivir en un estado que impone por las mismas razones por las que me pondría de parte de aquellos a los que se les impone una nación. Podemos enfocarlo desde el punto de vista del pluralismo, que se ha convertido en un valor arrojadizo que sirve para impugnar lo que proponen los demás, mientras uno se despreocupa de aplicárselo a sí mismo. Podríamos formular este ejercicio de pluralismo recíproco de la siguiente manera: tenemos legitimidad para exigir hacia fuera el respeto de la pluralidad cuando y en la misma medida en que la respetamos internamente. O desde la óptica del reconocimiento: una nación está en su derecho de exigir al estado del que forma parte el mismo reconocimiento que el que ha recabado en su propia nación, ni más ni menos. Hay aquí todo un terreno que valdría la pena explorar y permitiría reformular obligaciones y derechos de una manera constructiva, como las auto-limitaciones mutuas, del estilo de entender que el derecho a decidir viene acompañado del deber de pactar o el binomio no imponer/no impedir por el que un estado se compromete a posibilitar todo aquello que haya sido previamente pactado y una nación no reivindica hacia fuera nada más que lo que ha conseguido en su seno.

(Este análisis forma parte de una serie del autor titulada ‘Cinco reflexiones sobre el conflicto catalán desde la filosofía política’)

 

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2 Comentarios

  1. Miquel SA
    Miquel SA 07-19-2018

    Hay personas en España que piensan que la secesión de Cataluña les afectaría, no entro en detalles, y por eso en caso de referéndum querrían participar.
    Los catalanes independentistas no quieren ni oír hablar de eso, saben que perderían. Y por eso dicen que el futuro de Cataluña lo deciden sólo los catalanes.
    Las dos posturas tienen su lógica y son defendibles.
    Ahora hago la pregunta : El futuro de los barceloneses, por decir algo, ¿depende de ellos?. O se deben someter al voto de Osona, Bergadà, Solsonés?, por decir algo..
    NO me hagáis referencia al sujeto político… Lógica, sentido común, seny .

  2. Miquel SA
    Miquel SA 07-19-2018

    Santa Rita Rita. A nadie le gusta que le quiten lo que le han dado.
    Por eso en lugar de quitar competencias, las daría completas.
    En España hay cuatro lenguas, todas se podrían equiparar a nivel educativo.
    Un niño podrá solicitar estudiar en euskera en Sevilla, y otro en Catalán en Canarias. Otro gallego y otro castellano, claro.
    Pero, siempre hay un pero, se aplicará el principio de eficiencia y proporcionalidad.
    El Estado no pagará “clases particulares” a un niño. Hará falta un mínimo de 20 niños por clase, mismo nivel y edad.
    Y QUE SE ELIJA LO QUE SE QUIERA Y DONDE SE QUIERA. Ya veremos si hay QUORUM (20 niños).. Y donde lo hay.

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