El PP y la estrategia de la tensión: ¿una apuesta fracasada?

Pablo Casado ganó las primarias del PP este pasado mes de julio con una campaña basada en un retorno a los principios ideológicos del partido conservador. Casado basó su apuesta en el abandono del ‘marianismo’ y en una refundación ideológica con un fuerte giro a la derecha que recordaba más a la etapa de Aznar que a los años de gobierno de Rajoy. Nada más empezar la contienda por el liderazgo de los populares, Casado dijo claramente que quería recuperar a los votantes que se habían ido a Vox y a Ciudadanos. Fue toda una declaración de intenciones, como se demostraría tras su elección.

El líder de la oposición se ha caracterizado en los últimos meses por un endurecimiento de su discurso. En contra de lo que muchos pensaban, Casado no sólo no se moderó después de ser escogido como presidente de los populares, sino que incrementó notablemente la cantidad y la dureza de sus ataques contra el Gobierno. A lo largo de estos meses, ha llevado a cabo una campaña agresiva criticando al Ejecutivo de Sánchez en materia migratoria, insinuando que abría la puerta a un efecto llamada, considerando el feminismo como una ideología colectivista que atenta contra la libertad individual y apostando por mayor dureza contra el independentismo catalán, llegando a insinuar la aplicación de un artículo 155 perpetuo como en el Ulster o la ilegalización de partidos independentistas. La inmigración, el feminismo y Cataluña han sido los puntales sobre los que se ha basado su campaña de acoso y derribo. No sólo restó legitimidad a la moción de censura que alumbró la Presidencia de Sánchez, sino que en la última sesión de control al Gobierno acusó al presidente de ser un golpista que pretende pactar con los independentistas para acabar con España.

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Casado está basando su oposición en una polarización absoluta que le lleve a liderar un bloque conservador amplio, recuperando parte de los votantes que se han ido a Ciudadanos y taponando la fuga de voto hacia Vox (un 1,7% del voto del PP iría a este partido, según el CIS de octubre). La estrategia no es moderarse y competir por el centro ideológico, donde se sitúa la mayoría de los votantes, sino liderar el espectro derecho de la sociedad española. Recordemos que la mayoría de los votantes centristas (situados en el 5 en una escala del 0 al 10 de autoubicación ideológica) votarían a Ciudadanos (24,2%) o al PSOE (19,4%). Únicamente el 6,7%  se inclinaría por el PP. Vale la pena también recordar que los populares perdieron una parte importante de su voto hacia Ciudadanos durante el largo otoño catalán, en el que la dureza del partido de Rivera y su victoria en Cataluña lo auparon como la opción más nítidamente opuesta al independentismo, y que en los últimos meses diversas encuestas detectan una fuga de los electores más derechizados hacia Vox.

Los movimientos de Casado, centrados en una polarización extrema del debate público, se enmarcan en lo que Cesáreo Rodríguez Aguilera de Prat escribía hace unos días en esta casa. Las derechas a lo largo y ancho del continente europeo están sufriendo una crisis como la que había afectado y afecta a la socialdemocracia, pero de consecuencias electorales no tan dramáticas. La transformación del sistema de partidos europeos de la que habla Cas Mudde tiene como una de sus principales derivadas la radicalización de la derecha moderada, es decir, la adopción de posturas más duras por parte de las opciones conservadoras que tradicionalmente habían liderado el espectro derecho en el sistema de partidos tradicional. La razón es la aparición de un competidor a su derecha que es capaz de introducir nuevos temas en la agenda (inmigración, seguridad, etcétera) que penetra en su base electoral y lo obliga a competir copiando parte del discurso de las fuerzas de extrema derecha. Casado quiere disputar a Vox la bandera del nacionalismo español y del control migratorio, y por eso endurece su discurso en relación con Cataluña, principalmente, pero también contra la inmigración.

Pero ¿le está dando rédito electoral esta campaña polarizadora y fuertemente conservadora al PP de Casado? La evidencia empírica señala que no. El último barómetro mensual de octubre del CIS trae consigo diversos problemas para el partido de Casado, tanto electorales como en cuanto a indicadores relacionados con la coyuntura y la acción políticas de los populares.  

Este barómetro incluyó una batería de preguntas sobre la situación política española centradas en la crispación  (dedicó un bloque entero a preguntar sobre la Constitución Española). Los encuestados perciben claramente que España está viviendo una situación de crispación política: el 64,2%considera que hay mucha, seguido del 26,8% que considera que hay bastante (Pregunta 22cR). En total, más del 90% no sólo la detecta, sino que además les genera preocupación; un 39,2%, mucho  y un 39,3%, bastante (pregunta 23). La preocupación es tal que el 87,8% cree que se debería hacer algo para reducir la crispación política (pregunta 24).

Los encuestados achacan mayoritariamente (52,3%) este estado de cosas a la actuación de los políticos y de los partidos, un porcentaje muy superior al de quienes apuntan a los medios de comunicación (13,6%) o a los empresarios y poderes económicos (2,5%). Y entre el 52,3% de más arriba, señalan al PP y a los partidos independentistas (27% y 27,3%, respectivamente), frente al 7,1% que marca la ‘casilla’ de Ciudadanos; el 7%, la de Podemos, y el 6,9%, la del PSOE.

Todos estos datos debemos contextualizarlos en una situación en la que se consolida el empeoramiento de la percepción de los españoles sobre la situación política.

Es en este contexto de fuerte preocupación por la situación política, la crispación existente y por la corrupción, que además afectan directamente a los populares, donde debemos leer los últimos datos electorales sobre esta formación y su liderazgo.

Sin tener en cuenta la estimación electoral que realiza el CIS, polémica desde la llegada de José Félix Tezanos, los datos electorales en bruto no son positivos para el PP. Para nuestro análisis, tomaremos en consideración tres variables diferentes: recuerdo de voto, intención directa de voto y transferencias de voto entre populares y Ciudadanos.

Los datos de recuerdo de voto de los últimos dos años en el CIS nos muestran un PP muy alejado del resultado que obtuvo sobre censo, que fue del 21,6% y actualmente se sitúa en un 17,7% de los que recuerdan haberlo votado. Este porcentaje se encuentra en caída libre desde enero de 2018 y se ha acentuado desde julio. No existe ningún efecto Casado en esta variable, que acostumbra a interpretarse como el estado de forma de una formación política.

En relación con la intención de voto, la secuencia general sigue la misma tendencia, pero remonta a partir de septiembre, fecha en la que parece que los populares rompen la evolución negativa. Pero nada más lejos de la realidad: este último barómetro de octubre vuelve a bajar, unas décimas, la intención directa de voto del PP. Aunque la caída es mínima, el partido conservador no es capaz de cambiar la tendencia negativa que lleva arrastrando desde enero de 2017. La victoria de Casado en las primarias no la ha cambiado.

La última variable electoral que analizaremos en este artículo (las transferencias de voto entre el PP y su máximo rival en el espectro político de la derecha, Ciudadanos), también es profundamente negativa para los primeros. Como se puede observar en el siguiente gráfico, el patrón sigue siendo ascendente. En los últimos barómetros, el PP ha pasado de perder un 15,1% de voto hacia Ciudadanos (barómetro de enero de 2018) a un 20,8% en el de octubre. En cambio, lo que el PP consigue de Ciudadanos no sigue ningún patrón especifico y se sitúa a años luz de lo que pierden en sentido contrario.

Sin embargo, no sólo estos indicadores electorales muestran problemas para el PP de Casado. El mismo barómetro del CIS dibuja un partido superado por el PSOE en todas las materias. En la pregunta 13, en la que se pregunta sobre qué partido está más capacitado para gestionar una serie de ámbitos, los socialistas superan en todos a los populares (creación de empleo, educación, sanidad, Unión Europea, política social, etcétera), a excepción de la economía, en la que los conservadores superan por unas décimas al PSOE. En la mayoría de ellas, la distancia es significativa. Por último, la valoración de Casado, que no es alta, ha bajado respecto a septiembre: el líder popular ha pasado del 3,56 al 3,25 en apenas un mes.

La existencia de un contexto refractario a la crispación política, la clara identificación del PP como un partido polarizador, manchado de lleno por la corrupción y por detrás del PSOE en la gestión de muchas materias, así como unos datos electorales y de valoración descendentes o claramente negativos, nos llevan a concluir que la estrategia polarizadora que está llevando a cabo Pablo Casado desde su elección como presidente ‘popular’ no está dando el resultado esperado. No existe ningún efecto Casado o no parece que, de momento, esté dando frutos.

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