El papel de la oposición

Una de las principales características de los sistemas parlamentarios es que la existencia del Gobierno -es decir, su nacimiento y su continuidad- dependen de la existencia una mayoría parlamentaria. Esta mayoría puede estar formada por un solo partido o por diversos, al igual que el Gobierno resultante puede ser monocolor o de coalición. Dicha mayoría es la que inviste al presidente, la que aprueba la legislación (normalmente a iniciativa del Gobierno, que ha tendido a ser la institución preeminente también en los sistemas parlamentarios), la que aprueba el presupuesto y la que permite al Gobierno lucirse por medio de un plácido control parlamentario. El resto del Parlamento -es decir, los partidos y diputados que no contribuyen ni al nacimiento del Gobierno ni a su continuidad- es la oposición. La oposición vota en contra de la investidura del presidente del Gobierno, suele votar -aunque no siempre- en contra de la legislación impulsada por el Gobierno, acostumbra a rechazar los presupuestos y trata de hacer (no siempre le dejan) un control parlamentario más incisivo. Y todo ello lo hace porque es la alternativa al Gobierno y a la mayoría parlamentaria que lo sustenta y porque aspira, algún día, a poderlos remplazar. El antagonismo es tal que en vez de división de poderes clásica entre Parlamento y Gobierno tenemos antagonismo entre mayoría y oposición a causa de la preeminencia de los partidos en los sistemas políticos democráticos, una preeminencia que ha dado lugar al llamado Estado de partidos.

Y es precisamente por la existencia de este antagonismo entre mayoría y oposición en los sistemas parlamentarios que resulta tan sorprendente que se le esté pidiendo al PSOE que favorezca la investidura, ni que sea pasivamente por medio de una abstención, y que luego, como si nada, se le pida que sea oposición. Ciertamente, en España se ha dado la circunstancia de que algunos partidos se han abstenido en diversas votaciones de investidura. Sin ir más lejos, CiU lo hizo en varias ocasiones con partidos y candidatos distintos, porque en el conjunto de España CiU nunca fue oposición en el sentido clásico; es decir, no aspiraba a ser la alternativa al Gobierno sino a obtener beneficios en forma de políticas. Pero lo que nunca se había visto hasta ahora es que al partido llamado a ser el principal partido de la oposición, y por tanto el partido que constituye la alternativa, se le exija que sea responsable y que contribuya a la gobernabilidad por medio de una abstención. El que tiene la responsabilidad, siempre y toda ella, es el partido cuyo candidato aspira a ser investido. No puede trasladar esa responsabilidad a la oposición, y mucho menos, como está haciendo el PP, someterla a chantaje. Comprensiblemente, habrá muchos electores hartos de la situación que vean con buenos ojos el escenario que plantea el PP, pero no deberían olvidar que, como su nombre indica, la oposición hace oposición. Y una cosa es ejercer una oposición responsable y otra distinta contribuir al nacimiento del Gobierno.

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