El mundo después de la Gran Recesión

En las últimas semanas se ha venido especulando con la idea de que estemos en ciernes de una nueva recesión global. China, la caída generalizada de las bolsas, la endeble recuperación europea o las dudas sobre los países emergentes han ido cebando esta idea, que atemoriza a agentes económicos y sociales. Para intentar discernir si estamos realmente al borde de una recesión tenemos que preguntarnos en primer lugar qué es una recesión y, sobre todo, dónde estamos transcurridos ocho años desde la caída de Lehman Brothers. 

Se considera técnicamente que hay una recesión económica cuando el PIB presenta un crecimiento nulo o negativo durante dos o más trimestres consecutivos. Aunque la palabra imponga respeto tras  lo ocurrido en 2008, la economía es cíclica y pasa por procesos de bonanza y recesión. Los ciclos económicos existen y el objetivo principal de la política económica debe ser que las fluctuaciones sean lo menos agudas posibles, con el fin de que el sistema no se tambalee durante las épocas de transición.

¿Podemos decir, por tanto, que seguimos en crisis? No. La Gran Recesión impactó de forma considerable entre los años 2008 y 2010, pero a partir de ese momento se abrió un tiempo nuevo que exigía una nueva denominación. “Estancamiento secular” o “nuevo normal” son términos que los expertos han utilizado para definir esta situación de baja inflación y escaso crecimiento económico que hemos tenido entre 2010 y 2015. 

Hoy en España persiste la idea de que continuamos en crisis, pero no es del todo cierto dado que una crisis – por pura definición – no dura ocho años. Vivimos ya en una etapa diferente: el mundo después de la Gran Recesión. Esto no significa que todo vaya bien sino que, tras el ictus económico que sufrimos en el 2009 y los tres años que pasamos en cuidados intensivos (los peores años de la crisis), a partir de 2012 nos bajaron a planta y desde entonces estamos lidiando con los dolorosos efectos secundarios – desindustrialización, paro y desigualdad – de aquel ataque.

Una vez expuesto que nos encontramos en un nuevo mundo donde el paradigma económico, social y político ha cambiado de forma profunda, pasemos a analizar de forma breve los principales riesgos que asolan al sistema económico y que han disparado la preocupación por una nueva recesión global.

En primer lugar se encuentra China. Un dragón económico que tras años de espectacular crecimiento está empezando a mostrar síntomas de ralentización. Además, la deuda china ha aumentado de forma considerable y su sistema bancario plantea dudas debido a su opacidad. Un cóctel peligroso dado que, si el gigante asiático tropieza, la economía mundial se tambalea.

Por otra parte tenemos el riesgo provocado por el hecho de que Europa y EEUU hayan apurado al máximo la palanca monetaria, dejando los tipos de interés virtualmente en el cero por ciento. Este movimiento fue necesario para evitar otra depresión económica, pero presenta el efecto colateral de dañar al sistema financiero ya que los actuales tipos de interés – además de los crecientes requisitos regulatorios de capital – merman la rentabilidad de las entidades financieras. Se trata de un tema relevante dado que, utilizando un símil anatómico, el sector financiero es tan importante a la economía como el sistema circulatorio al cuerpo humano, al ser el encargado de bombear recursos a todos y cada uno de los sectores productivos. Por ello las actuales dudas sobre el sector no son buenas noticias, sobre todo después del masivo rescate público al que fue sometido.

Por último nos encontramos que un lustro de austeridad ha disparado el riesgo político en Europa, con la emergencia de partidos extremistas y una creciente desconfianza en las instituciones. Además, también se ha recrudecido el riesgo geopolítico fruto del invierno democrático tras la primavera árabe, la resaca de la guerra Irak que amenaza la estabilidad de todo Oriente Medio o la (re)emergencia territorial de Rusia.

La suma de estos riesgos, y de otros como la situación del precio del petróleo o el peligro de caer en deflación, lleva a pensar que en los próximos meses puede haber turbulencias económicas a nivel global. De todas formas, si miramos al retrovisor también encontramos buenas noticias. China cuenta con cuatro billones de dólares en reservas que parecen colchón suficiente para enderezar su economía, la acción concertada de los bancos centrales ha mejorado sustancialmente y la regulación del sector financiero se ha reforzado. Esto hace que el conjunto del sistema esté más alerta frente a excesos que lleven a una nueva pesadilla económica como la vivida en 2008.

Por todo ello parece lógico escuchar a la multitud de voces autorizadas que llaman a la calma y que descartan una nueva recesión global en el corto plazo, frente a aquellos agentes que están sobrerreaccionando debido a la dura experiencia de los últimos años. Lo que está ocurriendo a escala internacional no parece que sea un nuevo shock económico, sino el comportamiento (a)normal de una nueva realidad más volátil, insegura e interdependiente. Una realidad que debemos empezar a comprender y en la que tenemos que acostumbrarnos a vivir. Bienvenidos al mundo después de la Gran Recesión.

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