El legado intelectual de Annan en la política internacional

El fallecimiento a los 80 años del ex secretario general de Naciones Unidas Kofi Annan ha llevado a diferentes analistas y medios de comunicación a recordar a quien fuera una de las figuras más relevantes de la posguerra fría y uno de los pocos dirigentes de una organización internacional que, gracias a su carisma y propuestas innovadoras, fue capaz de situarse en el escenario de la política mundial por méritos propios. Aquellos que han trabajado con él lo han recordado, además, por la relación personal que mantuvieron y han mostrado sus lógicas condolencias. Sin embargo, apenas se ha aprovechado la ocasión para hacer un análisis crítico de sus innovaciones doctrinales, aun cuando la categoría intelectual y política de las mismas merece reflexión y en algunos casos problematización.

Por supuesto, estas propuestas son inseparables del contexto histórico que Annan vivió como secretario general de Naciones Unidas y de un sistema internacional marcado por la unipolaridad y hegemonía estadounidenses, que siguió a la competición bipolar de la Guerra Fría. Esa etapa quedó marcada por la expansión de los valores e ideales de Occidente y dio lugar a la aparición de nuevas teorías y conceptos, o a la aplicación de conceptos creados previamente. También estuvo marcado por la aparición de amenazas antes secundarias, pero desde el 11 de Septiembre enormemente relevantes, como es el caso del terrorismo yihadista, que entraron entonces en el debate y en la agenda de la política internacional.

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En cualquier caso, y en aparente ausencia de una competición existencial entre grandes potencias, elementos que hasta ese momento no eran protagonistas en las relaciones internacionales (la expansión de la democracia, la promoción de los derechos humanos o el fomento del desarrollo) se situaron en el centro de la agenda y permitieron la aparición de las nuevas propuestas que Annan representó. Documentos imprescindibles para tratar estas propuestas como el famoso informe ‘Un concepto más amplio de libertad’, se incardinan claramente en ella. Allí se trasciende la seguridad tradicional y se apunta al concepto de “libertad para vivir sin temor”, incorporando además los de “libertad para vivir con dignidad”, relativo a la democracia y el respeto a los derechos humanos, o la “libertad para no vivir en la pobreza”, relacionado con la cuestión del desarrollo económico y social.

De hecho, puede considerarse que las dos grandes aportaciones doctrinales de Annan se refieren, por un lado, al desarrollo y, por el otro, a la evolución del concepto de soberanía, que quedaría relativizado por la aparición de la idea de la Responsabilidad de Proteger y, antes que ella, de las intervenciones humanitarias.

En el caso del desarrollo, cabe destacar el momento clave de celebración de la conocida como Cumbre del Milenio en el año 2000 y su famosa Declaración, que supuso el inicio de la conocida como Agenda 2015, fecha que marcaría la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio: ocho objetivos planteados con el objetivo de promover el desarrollo económico y social a un nivel sin precedentes a nivel internacional. El éxito o fracaso de dicho programa y, sobre todo, las razones del éxito que tuvo en algunas de sus dimensiones y objetivos aún siguen sometidos a debate; especialmente si factores como la reducción de la pobreza extrema se debía tanto al programa en sí mismo o, más bien, al enorme crecimiento económico de potencias clave como China o la India durante este periodo. En cualquier caso, esta propuesta marcó un antes y un después en la materia y supuso el precedente de los posteriores Objetivos de Desarrollo Sostenible que marcan la conocida como Agenda 2030.

Más controvertida resultó su segunda gran propuesta, la de las intervenciones humanitarias. Incardinadas en un contexto internacional en el que la competición entre grandes potencias estaba situada en un segundo plano, el interés principal de la comunidad internacional se dirigió hacia aspectos como las vulneraciones masivas de derechos humanos, los conflictos civiles y los genocidios como los que se venían produciendo en escenarios como Ruanda o los Balcanes. Para prevenir este tipo de fenómenos, se produjeron diferentes intervenciones humanitarias durante esta etapa, y se asociaría progresivamente la vulneración de derechos humanos con aspectos como la seguridad y la estabilidad internacionales.

El propio Annan se pronunció después de la controvertida intervención de Kosovo en 1999, producida sin la autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en un famoso artículo recogido en The Economist (Dos conceptos de soberanía), donde apoyaría estos nuevos desarrollos.

Las intervenciones humanitarias, antesala de la doctrina que sería conocida más tardíamente como Responsabilidad de Proteger, estuvieron marcadas por la idea de que si un Estado no quiere o no puede proteger a su población, será la ‘comunidad internacional’ la que llevaría a cabo dicha tarea, y tuvieron una naturaleza bastante controvertida desde un inicio. En especial las potencias emergentes, algunas con gobiernos de naturaleza autocrática pero otras no, defendieron un concepto de soberanía fuerte, más cercana a la postura tradicional defendida por el Derecho Internacional Público y se opusieron en su discurso a las injerencias occidentales producidas por dichas razones.

Si los resultados de la intervención en escenarios como Haití o los Balcanes ya resultaron cuestionables, en especial para el caso de Kosovo, que podría ser considerado el precedente más claro de la Guerra de Irak, éstos se vieron confirmados por la intervención en Libia de 2011 y los resultados negativos de una intervención humanitaria que serviría para provocar un cambio de régimen, con todo lo que ello implicaba. Si bien es cierto que relacionar la Responsabilidad de Proteger únicamente con la intervención militar sería una conceptualización simplista, la naturaleza controvertida de una doctrina cambiante y con resultados sometidos a debate ha hecho que su aplicación no haya crecido en popularidad con el tiempo y haya entrado en crisis con la Guerra de Siria.

Cabe preguntarse cuál es el legado de Annan en un sistema internacional que ha sufrido cambios tan relevantes como el actual, donde de nuevo la competición entre grandes potencias ha sido devuelta al centro de la agenda internacional y donde la cooperación entre estados, el libre comercio y la defensa de los derechos humanos o de la democracia liberal como forma de gobierno están en un aparente segundo plano, cuando no sometidos a crítica por líderes de cierta relevancia. A este respecto, parece que dicho legado es altamente dependiente de la evolución que el sistema internacional pueda tener en etapas posteriores.

Quizá haber minusvalorado la dimensión realista de la política internacional y su consiguiente competición por la seguridad y el poder que, contra el discurso oficial de la época, seguía latente en esta etapa y que ya había dado al traste con algunos proyectos de cierta ambición como la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, re-emergiendo en tiempos recientes, constituye uno de los aspectos que más contribuyeron a los errores cometidos por Annan y sus aportaciones, más allá de algunos casos de corrupción que salpicaron a determinados familiares como su hijo.

En cualquier caso, Annan puede ser considerado uno de los secretarios generales de Naciones Unidas con más carisma e influencia y con algunas de las propuestas más innovadoras. El análisis de su obra nos acerca a una etapa tan cercana, pero a la vez tan lejana, como es el sistema internacional de los años 90 y los años inmediatamente posteriores al 11 de Septiembre, y nos permite aprender de los éxitos y fracasos producidos.

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