El éxodo continuará….

La intervención armada de Rusia en Siria añade aún más desconcierto sobre el devenir del éxodo sirio. Las Naciones Unidas calculan que en torno a 40.000 personas han huido de Siria desde que comenzara la ofensiva rusa. Con Putin y Occidente frontalmente divididos sobre el destino que ha de tener el dictador Bachar El Asad y sin una decisión clara, por el momento, de combatir unidos al Estado Islámico en el país, el cielo se torna aún más negro para los civiles sirios. Rusia, que hasta la fecha había realizado una ayuda indirecta a través de armamento al régimen sirio, ha ido reforzando progresivamente su intervención en el país mediterráneo hasta llegar a los bombardeos que comenzaron el 30 de septiembre, colocándose así en el ojo del huracán internacional. Si rechazables son sus planteamientos de mantener a un presidente acusado de masacrar deliberadamente a la población civil en una guerra que ya dura casi cinco años, necesaria parece su ayuda para combatir a la amalgama de terroristas que conforman el temible Estado Islámico, cuyas posiciones avanzan a pesar de que vienen siendo atacadas selectivamente en Siria e Irak por una coalición liderada por los Estados Unidos desde el año pasado. El abanico de opciones para intentar finalizar el conflicto en Siria es corto y poco halagüeño para la Unión Europea y los Estados Unidos; se trata de escoger el mal menor.

Como parte aparentemente periférica de la trama se encuentran el conflicto de Ucrania y la división –y estupefacción- europea en torno a la crisis de los refugiados sirios. Ambas cuestiones convergerán también en la cruceta de Rusia y Occidente para afrontar la crisis siria. El primero de los asuntos fue tratado en la reunión de París el pasado 2 de octubre entre el cuarteto de Normandía (Merkel, Hollande, Poroshenko y Putin) para evaluar el cumplimiento de los acuerdos de Minsk, ahora eclipsados por la guerra en Siria. Es más que probable que la actual coyuntura en la que el Kremlin se ha situado tras su intervención en Siria debilite el rigor europeo de las sanciones contra Rusia por la anexión de Crimea; ésta es sin duda una baza bien sopesada por Putin. Por otro lado, la segunda cuestión que Europa tendrá en cuenta en sus cálculos políticos con Rusia será la hipótesis de que nuevos flujos de refugiados continúen llegando a territorio comunitario, a pesar de las cuotas y de la política de retorno a su país de origen si se trata de migrantes económicos y no de asilados o refugiados. La UE se adecúa así a lo establecido en la Convención sobre el Estatuto del Refugiado de 1951, que establece como criterio fundamental para ser considerado refugiado el temor a ser perseguidos por motivos de etnia, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas en el país de residencia o nacionalidad.

Una coalición común de potencias frente al terrorismo en Siria disiparía muchas nubes, pero lo más probable es que los intereses divergentes por el juego de aliados en la región y el protagonismo que buscan en la misma, dejen a Rusia y la coalición estadounidense en una colaboración más tangencial que esencial. Todo señala –tal y como aseguraron la Casa Blanca y algunos medios desde el inicio de las operaciones- que los bombardeos rusos también han estado dirigidos contra los oponentes de Asad y no únicamente a combatir al Estado Islámico, ayudando así al presidente sirio. La situación para la población civil, ante unas potencias incapaces de llegar a un acuerdo sobre el futuro político de Siria, va a ser aún más difícil. Si Asad permanece, como desean Moscú -e Irán-, los rebeldes, sus familias, los sospechosos de ser oponentes al régimen, y otros susceptibles de que Asad les ajuste cuentas, desearán salir del país. Si Asad no permanece –ya sea por no participar en la futura transición posconflicto o por participar y perder su puesto- será necesario que las fuerzas de la coalición refuercen al máximo al nuevo gobierno, a fin de evitar que se convierta en una nueva Libia; en un estado fallido en el que finalmente vuelvan a campar por sus respetos los terroristas. Pero sin duda, el peor escenario es el de un estado sirio en manos de Estado Islámico. En los tres supuestos, no resulta difícil adivinar que la población pueda sentirse desprotegida y vulnerable, tal y como está ahora: sin vislumbrar la esperanza de vivir en paz. Así pues, y a no ser que los líderes occidentales y Rusia planteen una salida bien trazada al conflicto y un posconflicto sin fisuras y con suficientes garantías de reconciliación política, el éxodo continuará.

Hasta hoy, más de siete millones de desplazados internos y en torno a cuatro millones de exiliados nos hablan de una tragedia. Solamente en 2015, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR), ha habido más de 477.000 refugiados y unos 3.000 desaparecidos en el intento de llegar a Europa. Según esta organización, hay siete razones básicas por las que Europa y otros países vecinos como Jordania, Líbano o Turquía (absolutamente desbordados por la tragedia siria), siguen siendo la tierra prometida de los refugiados sirios. En primer lugar, han perdido la esperanza. A partir de ahí, sigamos: la pobreza extrema les acecha, carecen de opciones para ganarse la vida, la ayuda humanitaria está disminuyendo, hay obstáculos para renovar permisos de residencia y más obstáculos aún para ofrecer educación (o simplemente una vida acorde a la infancia) a los niños del conflicto. Y por último, sus vidas corren peligro y se sienten inseguros. ¿No harían ustedes lo mismo? ¿No escaparían a un lugar mejor? Y en este contexto de personas desesperadas por encontrar protección fuera de sus fronteras se encuentran con una Unión Europea que juega al despiste y que no acaba de demostrar un proyecto sólido, solidario y coherente en materia de asilo e inmigración, como demuestra el último Consejo Europeo sobre la crisis de los refugiados del pasado 15 de octubre. Las potencias que juegan en el tablero sirio, especialmente la Unión Europea, deberían, de un lado, atajar la crisis de los refugiados con una propuesta menos cuantitativa y más cualitativa, solidaria y cohesionada (a pesar de los Estados que desean blindar fronteras), y de otro, endurecer en origen la lucha contra el terrorismo y la intolerancia en Siria, a fin de que la tragedia humanitaria -y los nubarrones- vayan remitiendo.

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