El discurso más amargo de Juncker

El mes de septiembre se ha establecido como una fecha en rojo en el calendario de todos aquellos que siguen la política comunitaria. Desde 2010, el presidente de la Comisión Europea presenta su discurso sobre el Estado de la Unión Europea (o SOTEU, por sus siglas en inglés) ante el Parlamento Europeo. Este año, la fecha concreta era el 12 de septiembre, pero sin embargo las portadas de los periódicos europeos apenas han dedicado su atención a lo acontecido en el SOTEU. A Jean-Claude Juncker le ha robado el foco mediático otro líder europeo: Viktor Orbán. El primer ministro húngaro ha recibido una desaprobación sin precedentes por parte del Parlamento Europeo, que inicia el tortuoso camino del artículo 7 del Tratado de la Unión Europea. En el peor escenario para Hungría (altamente improbable), esto le podría conllevar la suspensión del derecho al voto en el Consejo.

No obstante, este análisis no va a entrar más en profundidad en esta cuestión, sino que va a devolverle (en parte) el protagonismo al presidente de la Comisión y a un discurso en el que, por cierto, ha hecho una referencia nada velada a Hungría (y a Polonia): “La Comisión se opone a todo ataque contra el Estado de Derecho. Sigue preocupándonos la evolución de los debates en algunos de nuestros estados miembros. El artículo 7 debe aplicarse allí donde esté en peligro el Estado de Derecho”.

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Hoy en día, Emmanuel Macron es la gran esperanza de los partidarios del proyecto europeo. Por ello, no extraña ver en el discurso de Juncker algunas expresiones del presidente galo. Así, el propio título de la alocución es “la hora de la soberanía europea”, y se habla constantemente de que Europa debe “proteger”. No obstante, a Juncker le falta la épica con la que Macron acompaña sus intervenciones, aunque defiende su legado a capa y espada: por citar algunos ejemplos, habla de los puestos de trabajos creados, del crecimiento económico, del aumento de la inversión, de la salida del rescate de Grecia, de su rol como muñidor de acuerdos (¡incluso con los EE.UU. de Trump!).

No se trata, por otra parte, de un discurso que se vaya a recordar por las grandes novedades planteadas, aunque hay algunas que merece la pena señalar: fortalecer el rol internacional del euro, retirar de Internet en el plazo de una hora la propaganda terrorista, crear una asociación estratégica con África o proteger las fronteras exteriores comunitarias con 10.000 agentes más. También propone acabar con el cambio de hora que se produce dos veces al año, pero esto no parece responder tanto a una necesidad imperiosa como a una reciente obsesión del presidente de la Comisión, que se siente urgido a demostrar con hechos, y no sólo con palabras, el viejo lema de lograr una UE que sea grande en las cosas grandes y pequeña en las cosas pequeñas.

El tono del discurso es sombrío. Esto no debe extrañar. El agotamiento tras varios años de frustraciones es evidente. Juncker llegó a la Presidencia de la Comisión con el objetivo de que su estancia en el Berlaymont tuviese un carácter de Presidencia política y se ha encontrado con que el muro de los estados miembros no hacía sino crecer año a año. La crisis del euro ya había minado la confianza entre los socios comunitarios (y con las instituciones), pero la migratoria ha potenciado enormemente las divisiones y provocado una incapacidad para actuar en ocasiones desesperante para el propio Juncker: “No podemos seguir discutiendo cada vez que llega un nuevo barco sobre soluciones ad hoc para las personas a bordo”, señala en su discurso.

A todo eso hay que sumarle el Brexit, la victoria de Trump en Estados Unidos o los retos que plantean Rusia y China en el escenario geopolítico. La única alternativa para Europa es actuar con una sola voz en política exterior. Se ha dicho tantas veces que parece imposible que se consiga, pero si se caminase hacia mayorías cualificadas en este ámbito, sería un avance realmente notable. El problema es que a nivel interno la situación es, cuando menos, confusa. El pasado año se salvaron los muebles en Francia, con la derrota de Le Pen, pero desde entonces los resultados electorales han sido negativos para las fuerzas europeístas en casi todos los casos; en ocasiones incluso, muy negativos, como en Italia. La batalla se encuentra hoy en el seno de la Unión (y en los propios países) entre los partidarios de sociedades abiertas y los partidarios de sociedades cerradas; o, dicho de otra manera, entre los cosmopolitas-europeístas y los nacionalistas-eurófobos. El miedo a lo que pueda suceder en las próximas elecciones al Parlamento Europeo, que tendrán lugar a finales de mayo del próximo año, se traslada al discurso de Juncker.

Pero si hay algo que pueda ejemplificar lo amargo de su discurso son sus comentarios acerca de la política de ampliación. Por supuesto, y abundando en la línea seguida en los últimos años, ni siquiera menciona a Turquía, pero lo realmente interesante es lo poco que le dedica a los Balcanes Occidentales. Es cierto que a esta región no se le ha solido prestar mucha atención, pero su discurso del año pasado generó un momentum que vino ampliado por la estrategia de la Comisión publicada en febrero, la reunión de Sofía con los líderes políticos locales o el acuerdo Macedonia-Grecia, entre otros hitos importantes. La decisión del Consejo de no apoyar la recomendación de la Comisión para empezar las negociaciones con la propia Macedonia y Albania (y aplazar esta cuestión al próximo año) ha enfriado las perspectivas de adhesión. El comentario de Juncker al respecto no puede ser más revelador: “Debemos definir, de forma irrevocable, nuestra actitud con respecto a los Balcanes Occidentales. De otro modo, otras fuerzas se encargarán de configurar nuestra vecindad inmediata”. Es decir, el presidente Juncker nos avisa de que la Unión debe decidir qué quiere ser de mayor, antes de que decidan por ella.

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