El día después de México… y de López Obrador

Por primera vez en la historia del México democrático, una alternativa política distinta al Partido Revolucionario InstitucionaI (PRI) y al Partido de Acción Nacional (PAN) podrá gobernar para esperanza de millones de mexicanos y frustración de muchos otros. El régimen político-partidista ha colapsado. En la tercera ocasión que se postulaba al cargo, Andrés Manuel López Obrador (AMLO, 1953) se convertirá en presidente de los más de 120 millones de habitantes a través de Morena, el partido creado ex profeso por él mismo. Con la ventaja electoral más amplia en los últimos 40 años, López Obrador consolida la transición democrática mexicana en el marco de un proceso electoral altamente polarizado incluso entre amigos y familiares.

Sin embargo, las preguntas que flotan en el aire el día después de la elección –para simpatizantes y opositores–  son casi generalizadas: ¿cómo gobernará AMLO? ¿Qué programa impulsará? ¿Cómo se conducirá ante las instituciones democráticas del país? El nuevo presidente es un enigma ante su ininteligible posición ideológica y ante lo abstracto de sus propuestas en campaña, donde rehuyó pronunciarse sobre compromisos concretos y propuestas polémicas. Su discurso giró en torno al mantra de la honestidad y a acabar con la corrupción, lo que bastó para despertar la ilusión en un país sumido en la violencia y las corruptelas y dispuesto a aferrarse a un clavo ardiendo con esperanza.

Descifrar el enigma

López Obrador se ha promovido como el outsider, como una alternativa de izquierdas con perspectiva de justicia social ante la deriva tecnocrática del Gobierno. Incluso ha llegado a declarar que, con él, llegará la cuarta transformación en la historia nacional. Muchos vaticinan –con más ánimo que objetividad– un inminente cambio estructural que trascenderá al simple relevo de Gobierno. Algunos simpatizantes auguran cambios profundos en la forma y en el fondo de la cuestión política con una lucha frontal contra la corrupción, la impunidad y la desigualdad social, mientras quienes no le apoyan advierten de un giro populista (en su connotación más peyorativa) y demagógico que propiciará la incompetencia y el extravío. En realidad, nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde apuntará su gestión y los analistas más sensatos se reservan sus predicciones porque no ven coherencia ideológica entre su retórica discursiva y su práctica política. Sus alianzas con personajes altamente cuestionados de la vida pública nacional y con partidos políticos conservadores no permiten distinguir con claridad el signo que sostendrá su Gobierno.

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Lo que es un hecho es que la participación ha despertado, lo mismo que la esperanza de un pueblo que ansiaba buenas noticias, que necesita creer que existen alternativas. A la espera de análisis más exhaustivos, es conveniente plantear un par de reflexiones entrelazadas sobre este fenómeno: 1) ¿Cuáles fueron las condiciones que permitieron este histórico triunfo electoral?; y 2) ¿Hasta dónde llega la capacidad de articular un proyecto real de transformación política y estructural para México?

Las claves de un triunfo anunciado

La mayoría de los análisis atribuye la victoria de AMLO más a una reacción contra una clase política incompetente, corrupta y desconectada de la sensibilidad social que a una apuesta decidida en favor de un proyecto alternativo. Es el voto de la ira, del miedo, de la incertidumbre y del rechazo al statu quo.

No obstante, es posible distinguir cuatro condiciones principales que pueden relacionarse directamente con el resultado electoral:

1) Pérdida de oportunidades y creciente desigualdad social: la crisis global del Estado de Bienestar se ha sentido particularmente en México a través de los recortes en la seguridad social, el debilitamiento de la protección al trabajador y la precarización del empleo, al mismo tiempo que la élite económica acapara cada vez más privilegios y su comportamiento llega a ser ofensivo para la realidad social. Muestra de este aumento de la desigualdad es el informe de la OCDE, que colocó en 2017 a México como uno de los 10 países más desiguales del mundo.

2) La percepción de la corrupción y la impunidad: el Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se distinguió por múltiples escándalos de corrupción, potenciados por el efecto multiplicador de las redes sociales. Casos como el de Casa Blanca, Odebrecht, la construcción del nuevo aeropuerto o el cinismo de gobernadores como Javier Duarte (de Veracruz) y Roberto Borge (del estado de Quintana Roo), que desviaron recursos de manera flagrante, indignaron al pueblo mexicano.

3) El aumento alarmante de la inseguridad y la violencia: sin duda, es el tema más sensible para la opinión pública mexicana. El país está montado sobre un polvorín y el narcotráfico ha superado las capacidades del Gobierno. Los muertos se cuentan por miles y suman un histórico superior a los 110.000 asesinatos en lo que va del sexenio y una tasa de 21 homicidios por cada 100.000 habitantes, sólo superada por países que se encuentran en guerra. Mención aparte merece la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014, que marcó el principio del fin en la credibilidad el Gobierno de Peña Nieto.

4) La retórica populista: el discurso político se ha polarizado ante las diferencias entre las élites de poder y las mayorías sociales visiblemente marginadas y excluidas. En esto México no es un caso aislado, está pasando en las democracias occidentales. Sin embargo, en un país profundamente desigual y agraviado esta lógica antagónica cobra una dimensión relacional y evidente con la realidad.

La batalla que comienza

Si bien estas condiciones, entre otras, materializaron el triunfo de López Obrador, también implican una gran presión para el ganador por las altas expectativas depositadas en su capacidad de transformar la situación. AMLO se enfrentará al reto más importante de su vida al tener que abandonar el cómodo refugio de la crítica para asumir la conducción política y generar resultados.

Conviene apuntar algunas de las cuestiones que pueden limitar su capacidad transformadora y generar, eventualmente, otra frustración colectiva. Lo primero que debe plantear el nuevo presidente es un programa político que refleje con claridad la ruta de su Gobierno. Debe ser comprensible, realista y honesto; capaz de ser compartido y respaldado por la sociedad pero, sobre todo, debe contener definiciones prácticas y precisas. AMLO debe superar su constante indefinición –o incongruencia– ideológica, agravada por la alianza que suscribió con el Partido Encuentro Social (PES), de raíces evangélicas y abiertamente conservadoras. En campaña eludió debates polémicos que pudieran representar la pérdida de votos. Pero ahora tendrá que definirse entre una agenda progresista en materia de derechos civiles y sociales o un conservadurismo disfrazado de consultas sobre los derechos de las minorías. Hasta hoy ha presentado un proyecto de izquierda trasnochado, vacío de contenido y lleno de lugares comunes, una amalgama de frases encendidas contra la corrupción y una práctica que no termina de distinguirse de la de sus adversarios.

Por otro lado, será fundamental el tipo de relación que plantee con las instituciones democráticas del país, contra las que ha arremetido en múltiples ocasiones. Habrá que ver si opta por mejorar o reconducir su funcionamiento por vías democráticas o por negarlas en caso de que se interpongan en su camino. La primera opción es más compleja y requiere liderazgo y convicción democrática; la segunda representa un salto al vacío y el temor de muchos mexicanos, incluidos quienes lo han votado.

Adicionalmente, debe diseñar su propuesta política frente a los retos globales, es decir, definir cuál será el papel de su Gobierno en el concierto internacional. Y esto pasa por una de las decisiones más importantes: ¿cuál será su proyecto económico? Hasta ahora ha enviado mensajes contradictorios: por un lado, ha apostado por una economía más regulada, el fortalecimiento del mercado interno y gravar al capital y a las grandes empresas; por otro lado, ha intentado mandar señales tranquilizadoras a la clase empresarial y ha presumido de su relación con algunos de los hombres de negocios más poderosos. Si bien ambos mensajes no tienen por qué ser excluyentes, lo cierto es que aún no ha explicado su propuesta para reducir la desigualdad, redistribuir la riqueza y fortalecer la política social dentro de una lógica global que opera en sentido inverso.

Pero, sobre todo, López Obrador deberá enfrentarse a sí mismo. Deberá controlar su predisposición megalómana, sus arranques furibundos y su incapacidad para aceptar la crítica, así como demostrar su voluntad de gobernar democráticamente y en equipo. Necesita, además, cerrar heridas; las mismas que ha propiciado en el largo camino de sudor y lágrimas recorrido desde aquel lejano 2006, cuando denunció fraude electoral. Ya no vale la confrontación simplista, la denuncia retórica y la lógica de un antagonismo constante; es momento de moderar el tono para concretar una verdadera transformación (como se pudo ver al proclamar su victoria). Su discurso redentor sirve para ganar elecciones, pero puede convertirse en un lastre para gobernar.

La victoria de AMLO ha fracturado el sistema político vigente durante décadas: el PRI, el y el PAN y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) apenas suman el 40% de los votos. Pero ahora se trata de convertirlo en un movimiento afirmativo y comprometido con la construcción de un proyecto de país, que entusiasme a las mayorías, que sea políticamente viable y cuyos resultados sean perceptibles rápidamente por parte de la sociedad. El bono de la confianza tiene una  fecha de caducidad muy corta.

 

Autoría

1 Comentario

  1. Thierry Precioso
    Thierry Precioso 09-07-2018

    Ya sé que no llevó la negociación para la renovación del ALENA pero es un hecho no hizo nada para entorpecerla. El movimiento evangelista es fuerte en toda Latinoamérica, en Brasil también había un partido con esta característica. Es verdad que los partidos “evangelistas” son políticamente ambiguos pero indican una voluntad de vinculo social presente en mucha gente y López Obrador hace bien intentando conectar con este movimiento ya no tan incipiente. Deseo suerte a López Obrador por el bien de México.

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