El deterioro democrático

Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 pareció que se abría una era de expansión democrática universal. Es cierto que cuantitativamente aumentó el número de poliarquías, pero -al desaparecer el rival antagónico con el que competir (el antiguo bloque del socialismo real)- la calidad democrática fue deteriorándose. Son cada vez más perceptibles tendencias hacia la formalización de la democracia, es decir, a su reducción a un mero mecanismo electoral de selección de élites políticas. Una vez se ganan las elecciones los controles, garantías y equilibrios son un obstáculo, de ahí que muchos gobernantes actúen como si aquellas otorgaran patente de corso, lo que significa que las autoridades se resisten o incluso se niegan a dar cuenta de sus actos hasta la siguiente convocatoria electoral ritual.

De modo que simplificado puede considerarse que el mundo actual está dividido en tres tercios: democracias estándar, pseudodemocracias y dictaduras abiertas. Lo más inquietante es el crecimiento de las segundas: se trata de democracias  en el mejor de los casos puramente electorales y delegativas, con claro rechazo de la dimensión liberal de las primeras. El único momento mínimamente democrático es el electoral (a veces muy manipulado) puesto que, a continuación, el gobierno tiene las manos completamente libres y arrincona a la oposición. Es lo que Guillermo O’Donnell denominó “democraduras”: en este modelo, una vez la mayoría (por definición circunstancial) gana tiene carta blanca para imponer unilateralmente su programa. Los gobiernos de las “democraduras” controlan a los medios de comunicación social y a los tribunales para silenciarlos y colocar a sus fieles, purgando tales instituciones de adversarios para hacerse inamovibles en el poder. Es lo que ha ocurrido en la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogán, la Venezuela de Maduro o la Nicaragua de Ortega. En tales regímenes la división de poderes desaparece, el Estado de Derecho no existe y la oposición tiene enormes dificultades para actuar. Los gobernantes autoritarios  han aprendido las lecciones del pasado, de ahí que ahora resulte más práctico hacer ver que se guardan formas mínimas y aparentes de democracia que usan para legitimarse.

El problema es que el ejemplo de estas pseudodemocracias está empezando a tener efectos negativos incluso en las democracias consolidadas de los Estados Unidos de América (EUA) y de la Unión Europea (UE), lo que es altamente preocupante. La tentación del gobierno de controlar todos los resortes, reducir los mecanismos de control y perpetuarse en el poder es cada vez más alta. Por tanto, se está corriendo un serio riesgo de ir hacia democracias de fachada, fundamentalmente electorales (e incluso en este caso con trabas cada vez mayores para la oposición) y con gobiernos que en el ejercicio de sus funciones no son responsables y no rinden cuentas. En otras palabras, es alto el riesgo de que se produzca una “ocupación” del Estado por parte de gobiernos poco escrupulosos con las reglas y que designen a sus incondicionales al frente de todas las instituciones, vaciándose así de sentido pluralista la democracia. Un genuino sistema democrático implica no sólo que la mayoría electoral forme gobierno, sino que éste respete al máximo a la minoría que puede ser alternativa en el futuro. Además, no es concebible una democracia seria sin el Estado de Derecho: es cierto que éste no puede ser un corsé irreformable que bloquee cualquier programa político de cambio, pero sí es un cauce insoslayable que no debe violentarse porque si no la democracia degenera en pura fachada al arbitrio de cualquier fuerza política que la podría manejar a su antojo.

En los EUA, a parte del enorme poder condicionante habitual de los lobbies económicos (por no mencionar el contradictorio efecto de las redes sociales), hay que subrayar otros elementos negativos que se han agravado en los últimos tiempos.  Es incomprensible que los Demócratas no denuncien con mucha más firmeza la descarada manipulación de los distritos electorales (la práctica del gerrymandering) que hacen los gobernadores Republicanos (lo esencial del sistema electoral en los EUA es de competencia estatal, no federal) puesto que con esta práctica es  de hecho imposible que aquellos puedan recuperar el control de la Cámara de Representantes. A continuación, es también poco comprensible  que no  hagan gran cosa para superar los engorrosos trámites administrativos para registrarse y poder votar, hoy francamente disuasorios en muchos Estados, lo que afecta sobre todo a pobres y minorías étnicas. Las máquinas de votar y los mecanismos de recuento no ofrecen suficientes garantías en términos estándar de calidad democrática y aunque queda siempre abierta la vía judicial- más garantista- hay que recordar no sólo que es cara y lenta, sino que no siempre es satisfactoria: basta tener presente la tan criticable decisión del Tribunal Supremo  que ordenó parar el recuento en Florida en 2000, lo que le dio la victoria a George Bush jr. frente a Al Gore que obtuvo más votos populares. Por último, después de lo que le ha pasado a Hillary Clinton (perdedora en compromisarios pese a tener casi tres millones de votos más que Donald Trump) debería abrirse un debate a fondo sobre un sistema electoral tan anacrónico basado en un sistema indirecto: con un sistema como el de Francia (circunscripción nacional única y voto directo) Clinton sería hoy Presidenta.

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El panorama de la UE no está mucho mejor: la degeneración democrática de Hungría (Víktor Orbán) y Polonia (Jaroslaw  Kaczyński) es muy inquietante y lo peor es que la UE no está haciendo casi nada para invertir el actual rumbo involucionista en ambos países, más allá de alguna declaración retórica para expresar su “preocupación” y eso pese a que cuenta con instrumentos de presión potencialmente eficaces (privarles del derecho de voto en el Consejo y cortar los fondos estructurales). Orbán y Kaczyński son los aplicadores en la UE de la receta de las democracias iliberales de tipo putiniano que colocan a una Nación abstracta por encima de los ciudadanos reales. En la práctica, es el gobierno el que interpreta la voluntad nacional y para ello expande al máximo su poder en los medios de comunicación social, los tribunales y todas las instituciones representativas. La oposición, sobre todo en Hungría, está anulada y no es alternativa: Orbán ha manipulado las circunscripciones electorales para hacer casi imposible el recambio. En Polonia hay alguna esperanza porque sí se producen significativas movilizaciones sociales contra los recortes de derechos y libertades, pero -de momento- tampoco en ese país la oposición tiene fuerza para revertir la actual involución reaccionaria.

El inquietante informe de JP Morgan sobre el engorro que suponen las Constituciones democráticas antifascistas aprobadas tras 1945 por la centralidad que otorgan a los Parlamentos, las amplias garantías para los ciudadanos, los controles  institucionales sobre los gobiernos y la generosidad de los derechos sociales son todo un síntoma de estas tendencias restrictivas y formalizadoras de la democracia. Hay un deseo de otorgar más poder, más estabilidad y menos sujeción a controles a los gobiernos: en Italia, por ejemplo, en su momento Silvio Berlusconi argumentó a menudo que el Parlamento era un estorbo que le impedía “gobernar” y en esta tentación incurrió incluso Matteo  Renzi, desde otra perspectiva política, con su infortunado intento de reforma constitucional. Con ello, no se apercibió de que si un gobierno progresista restringe los controles sobre le Ejecutivo, cuando pase a la oposición se arrepentirá de lo hecho porque sus adversarios conservadores le aplicarán tal medicina. Es un ejemplo del cortoplacismo de ciertas fuerzas progresistas que, a veces, se han dejado seducir por los mitos de la “gobernabilidad” por encima de le representatividad, la responsabilidad y la rendición de cuentas, pilares de una democracia avanzada bien entendida y no aparente.

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1 Comentario

  1. Chumy
    Chumy 01-31-2017

    Por ahí van los tiros. Muy acertado artículo. Conocí al autor en BCN, con nuestro común amigo Matías. Abrazos

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