El cuerpo de las mujeres como campo de batalla

La concesión del Nobel de la Paz 2018 al ginecólogo congoleño Denis Mukwege y a la activista yazidí Nadia Murad por su coraje y esfuerzos para denunciar y combatir la violencia sexual como arma de guerra ha devuelto el foco de atención internacional a esta infame vulneración de derechos humanos, que vienen sufriendo especialmente las mujeres en situaciones de violencia, conflicto armado y post-conflicto.

Además, el anuncio del Nobel de la Paz coincide con el primer aniversario del potente movimiento social #Metoo, surgido como denuncia de las mujeres contra el acoso y violencia sexual a raíz del escándalo del caso Harvey Weinstein.

Los conflictos armados actuales se caracterizan por el elevado número de víctimas civiles y su ataque deliberado. En este sentido, la vulneración de derechos humanos a la que se ve sometida la población civil en situaciones de conflicto y post-conflicto es flagrante, pero mujeres y menores sufren una especial vulnerabilidad y desprotección.

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Por otra parte, cabría destacar en este análisis que  las mujeres soportan una doble discriminación: 1) La relacionada con la desigualdad de género estructural presente en los países afectados por conflictos (que supone discriminación en el acceso a los servicios básicos como sanidad o educación, violencia de género, menor capacidad de tomar sus propias decisiones vitales y dificultades económicas y, 2) la relacionada con su condición de refugiada o víctima de la violencia armada, que agrava la primera.

Naciones Unidas define el término ‘violencia sexual relacionada con los conflictos’ haciendo referencia a la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, el aborto forzado, la esterilización forzada, el matrimonio forzado y todas las demás formas de violencia sexual de gravedad comparable perpetradas contra mujeres, hombres, niñas o niños como resultado directo o indirecto de un conflicto.

La violencia sexual ha sido utilizada por las partes en conflicto armado a lo largo de la historia y se utiliza a modo de estrategia de terror, aplicada a veces sistemáticamente para obtener objetivos militares y políticos. Con estos crímenes, se persigue humillar al enemigo, destruir comunidades, modificar étnicamente a las poblaciones e infectar de VIH de forma deliberada, entre otros objetivos. Afecta particularmente a mujeres y niñas.

Según el Informe sobre la violencia sexual relacionada con los conflictos emitido por el secretario general de Naciones Unidas el 23 de marzo de 2018 (preparado en conformidad con la Resolución 2106/2013 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y que abarca el período comprendido entre enero y diciembre de 2017),  la mayoría de los incidentes de violación en masa siguen ocurriendo con impunidad. Así, denuncia que el año pasado la violencia sexual se siguió empleando como táctica de guerra, terrorismo, tortura y represión, y que esta terrible violación de derechos humanos es común a una serie de conflictos, como los referidos a los casos de Irak, Malí, Myanmar, Nigeria, la República Centroafricana, la República Democrática del Congo, Somalia o Sudán del Sur.

Las secuelas de la violencia sexual como arma de guerra son devastadoras, con repercusiones a corto y largo plazo para sus víctimas.

Además de los daños físicos y psicológicos, las mujeres padecen en sus propias comunidades el estigma de ser víctimas de la violencia sexual como arma de guerra y la exclusión en estas sociedades polarizadas a causa de los conflictos armados, la impunidad de los actos criminales cometidos contra sus personas, la pobreza, el incremento de su vulnerabilidad ante las mafias de la trata y explotación, pueden ser consideradas como partidarias de grupos extremistas violentos en lugar de víctimas y supervivientes y, sufrir enfermedades de transmisión sexual y embarazos (que a veces son el objetivo) fruto de las violaciones sufridas. A su vez, los niños concebidos en estas violaciones arrastran también el estigma social que soportan sus madres.

La situación de las víctimas de violencia sexual como arma de guerra es muy complicada en los países en conflicto y post-conflicto porque necesitan una serie de atenciones médicas, apoyo psicológico, asistencia económica, medios que les permitan empoderarse, vías jurídicas para reparar los crímenes cometidos contra ellas o vías de reintegración a todos los niveles en sus comunidades en un contexto en el que la falta de recursos les dificulta enormemente recuperarse y salir adelante.

Asimismo, es importante destacar que la violencia sexual puede continuar o incrementarse una vez finalizado un conflicto armado debido a las condiciones de inseguridad e impunidad que suelen prevalecer en el periodo posterior. Preocupa también especialmente que las niñas sufren un mayor riesgo de ser forzadas al matrimonio temprano y forzado en zonas de conflicto, post-conflicto y en campos de refugiados.

La comunidad internacional reconoció el sufrimiento adicional que sufren mujeres y menores en contextos de violencia, conflictos armados y situaciones de post-conflicto tras la adopción de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, con ella, la Agenda de Mujer, Paz y Seguridad.

Tras ésta, la Resolución 1820 (2008) se convirtió en la primera en reconocer la violencia sexual como táctica de guerra, al ser utilizada de forma sistemática para conseguir objetivos militares o políticos y amparándose en la impunidad.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer y los asuntos de Mujer, Paz y Seguridad deben den ser abordados de forma efectiva por la comunidad internacional y, por ende, de los estados.

Sobre los galardonados

Denis Mukwege, también Premio Sájarov a la libertad de conciencia en 2014, es un referente en la protección de mujeres y menores en África.

El conflicto sin fin que viene padeciendo la República Democrática del Congo desde hace más de 20 años ha llevado a un sufrimiento extremo a la población civil, que sigue sufriendo agresiones y violación de sus derechos humanos.

Mukwege ayuda, junto al personal médico del hospital Panzi en Bukavu, fundado por él mismo, a víctimas de la mutilación genital femenina y violencia sexual en un contexto de guerra. También alerta sobre la necesidad de que los hombres se impliquen totalmente en la lucha contra la violencia sexual contra las mujeres. Como el mismo galardonado denunció al recibir el Premio Sájarov, “los cuerpos de las mujeres se han convertido en un auténtico campo de batalla y la violación se utiliza como arma de guerra”.

Nadia Murad, también Premio Sájarov a la libertad de conciencia en 2016 junto con Lamiya Aji Bashar (arriba en la imagen) es una joven yazidí de 25 años que fue convertida en esclava sexual por el autoproclamado Estado Islámico, testigo y víctima de las aberraciones cometidas por los terroristas contra su pueblo. Éstos atacaron en agosto de 2014 a los miembros de la minoría religiosa yazidí en Sinjar, una región al norte de Irak. Los hombres, niños y discapacitados fueron asesinados por los terroristas. Previamente, el conocido como Estado Islámico había atacado importantes ciudades como Mosul en Irak y otras comunidades chiitas y cristianas.

Nadia Murad y otras miles de mujeres yazidíes fueron secuestradas, vendidas, violadas y objeto de otras aberraciones por parte del autodenominado Estado Islámico.

Ella logró huir de ese infierno, pero buena parte de los miembros de su familia fueron asesinados o están desaparecidos. Desde entonces, se ha convertido en un referente de la lucha por los derechos humanos, la dignidad y la justicia para las víctimas del autoproclamado Estado Islámico.

Personas como Denis Mukwege y Nadia Murad son un orgullo para la humanidad. Ojalá su compromiso con la paz y la defensa de los derechos humanos sirva para renovar los esfuerzos internacionales en la lucha contra esta terrible forma de violencia contra las mujeres.

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