El cambio en los sistemas de partidos europeos

Al inesperado resultado que se produjo en la consulta sobre el BREXIT pronto se sumó otro “gran evento” tan imprevisto o más: la victoria en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos del excéntrico multimillonario Donald Trump. Lejos de poder ser calificados como casos excepcionales en una pauta general de estabilidad política, ambos sucesos podrían enmarcarse dentro de las grandes transformaciones que varios países están experimentando en sus sistemas de partidos. A todo ello pronto podrían sumarse más casos atípicos, estando ya cerca las elecciones presidenciales de Francia (23 de abril), las generales de los Países Bajos (15 de marzo) y las federales en Alemania (24 de septiembre). En estos tres países es posible que formaciones de carácter populista, que ya en los anteriores comicios habían gozado de un relativo éxito electoral, puedan consolidarse o incluso convertirse en actores centrales de la vida política. En Francia, las encuestas apuntan a que la presidencia podría estar entre el Partido Republicano de François Fillon, o el Frente Nacional (una formación populista de extrema derecha) de Marine Le Pen. En los Países Bajos, los sondeos vaticinan que el PVV, una formación populista de derechas con un marcado discurso anti-inmigración, podría conseguir entre el 20 y el 25 por ciento de los votos. Por su parte, en Alemania, en las recientes elecciones celebradas en los 16 Länder, se produjo  la entrada en 10 de ellos de Alternativa por Alemania, un partido que surgió en 2013 con dos elementos claros en su discurso, el euroescepticismo y la anti-inmigración, y es más que previsible que en 2017 mejoren sus resultados electorales actuales.

Estos posibles cambios políticos vendrían a unirse a las trasformaciones que, desde el inicio de la Gran Recesión, han sufrido la mayoría de los sistemas de partidos de los países europeos occidentales. La entrada de nuevos partidos en las cámaras de representación nacional, o el aumento en el cambio de preferencias electorales de los votantes, no se ha circunscrito solamente a los países que padecieron los mayores efectos de la crisis económica (España, Grecia, Italia, Irlanda o Islandia), sino que ha sido una tendencia general de los países de nuestro entorno, incluso en aquellos donde las consecuencias sociales de la crisis apenas se percibieron. Sirvan los ejemplos de Noruega, Luxemburgo o Finlandia, donde los nuevos partidos consiguieron entrar en el Gobierno. Por ello, lejos de poder afirmar que los cambios, que en el corto plazo, han experimentado los sistemas de partidos europeos han sido el resultado de los efectos que la mala situación económica ha tenido en el voto, habría que establecer cautelas y extender a otros factores explicativos las razones que están detrás de estas alteraciones en el comportamiento político de los electores.

Estudios recientes que han abordado las consecuencias políticas de la Gran Recesión en los países de Europa occidental, precisamente han puesto de manifiesto que el menor apoyo electoral que están recibiendo los partidos establecidos podría estar relacionado con el peso que recientemente están cobrando nuevos temas, como la integración europea, la inmigración o la globalización, que, a su vez, podrían estar sustituyendo a los cleavages tradicionales, como el religioso y el de clase social. A todo ello, habría que sumar una cierta convergencia programática  de los partidos mayoritarios (conservadores y socialdemócratas) que ha podido activar un cierto proceso de desalineamiento (distanciamiento) de los votantes con los partidos establecidos. 

En este sentido, todo apuntaría a que la Gran Recesión ha acelerado los cambios políticos que, de una u otra forma, estaban experimentando los países de Europa occidental desde hacía años. Así, la grave crisis económica que desde 2008 han sufrido la mayor parte de países europeos ha actuado como el detonante necesario para que se materializasen esas transformaciones. A estos cambios en la estructura de cleavages, habría que unir un elemento de mayor impacto y que está detrás de este proceso de desalineamiento electoral: la crisis de la democracia representativa. Peter Mair, uno de los politólogos más influyentes de los últimos años, dedicó una parte importante de su obra a describir las dificultades por las que está atravesando la democracia de partidos. Para Mair, los partidos habrían perdido su función de correa de transmisión de las demandas de los votantes a las instituciones, mostrándose cada vez menos capaces de movilizar al electorado. Así, las formaciones políticas habrían terminado por retirarse a las instituciones, mientras que los ciudadanos lo han hecho a su vida privada.

La crisis/erosión de la democracia representativa ha abierto una brecha entre representantes y representados que ha facilitado el desafío de las formaciones populistas. De hecho, no han sido solo nuevas formaciones las que han aprovechado esta brecha para entrar en los Parlamentos nacionales, sino que partidos que con anterioridad habían acudido a las urnas obteniendo escasos votos, cuyo denominador común es el discurso anti-establishment, han conseguido en los comicios posteriores a 2008 un apoyo electoral notable. Podrían apuntarse varios ejemplos. En Finlandia, en las elecciones de 2015, el partido de los Verdaderos Finlandeses consiguió un 17,7 por ciento de los votos. En Dinamarca, la segunda fuerza más votada fue el Partido Popular Danés. En Austria, el Partido de la Libertad consiguió el 20 por ciento de los sufragios. Todo ello volvería a subrayar que el aumento en la fragmentación partidista no se circunscribió únicamente a los países deudores, como cabría esperar si solo se tuviese en cuenta la economía como elemento explicativo del surgimiento de nuevas formaciones y del éxito de terceros partidos alejados de las formaciones tradicionales. La mayor fragmentación partidista se extendió a todos los territorios. Esta entrada de nuevos partidos y este “éxito” electoral de las formaciones no mayoritarias guarda una estrecha relación con los niveles de volatilidad electoral observados en los últimos comicios celebrados. Este indicador clásico del sistema de partidos, que mide el cambio (en porcentaje) de preferencias electorales de una elección a otra, ofrece una información valiosa sobre la estabilidad política de un país. Unos bajos niveles de volatilidad mostrarían un sistema de partidos estable y, lo contrario, con altas tasas de volatilidad.

El Gráfico 1 refleja que, mientras la situación económica podría explicar los elevados niveles de intercambio electoral en las elecciones posteriores a 2008 en países como Portugal, Grecia o España, a priori, parece difícil pensar que pudiese jugar el mismo papel en los Países Bajos, Francia o Reino Unido, donde los efectos de la crisis económica fueron más débiles. Sin embargo, en estos países los niveles de volatilidad electoral registrados fueron los siguientes: del 22,5 por ciento en los comicios de 2010 de los Países Bajos, del 18,7 por ciento en las elecciones de 2012 en Francia y del 18,2 por ciento en Reino Unido en 2015 (hay que tener en cuenta que la literatura especializada considera elevados valores superiores al 15 por ciento).

Gráfico 1. Volatilidad electoral en Europa occidental, 1940-2016

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Estos valores, unidos al menor porcentaje votos que concentraron la mayoría de partidos tradicionales en las elecciones posteriores a 2008 y al significativo apoyo electoral cosechado por partidos populistas de izquierda y derecha, llevan a pensar que el cambio en el sistema de partidos que están experimentando los países de Europa occidental trasciende la lógica de las tesis del voto económico. Todo apunta a que, en la línea de lo que sostienen varios estudios recientes, la crisis económica haya sido sólo el detonante de una mayor crisis de la democracia de partidos, en la que, nuevos temas relacionados con valores y actitudes, están cambiando las preferencias electorales de los votantes en toda Europa.

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