El ‘Brexit’, más cerca de ‘Barrio Sésamo’ que de ‘Trece Días’

La tarde del domingo las instituciones y el Gobierno británico anunciaban que seguían sin producirse progresos en unas negociaciones que ahora quedan pendientes de los avances que se negocien en el Consejo Europeo de hoy. Las negociaciones llevan meses encalladas en torno a la solución de emergencia para la frontera entre la República de Irlanda y el Ulster británico. La falta de acuerdo en este complejo asunto está haciendo que los aspectos sustantivos de la negociación entre Reino Unido y UE después del 29 de marzo de 2019 sigan sin abordarse, pues ambas partes se habían puesto de acuerdo en cerrar en primer lugar cómo mantener una frontera invisible en la isla de Irlanda aunque el resto de negociaciones para el Brexit no tuviese éxito; lo que se conoce en la jerga como backstop o solución de urgencia.

A pesar del fracaso en las negociaciones, ambas partes han recordado que habrá oportunidades de seguir hablando y que en la UE es habitual que los acuerdos se adopten a última hora.  La pregunta es si se están preparando –y preparando a sus opiniones públicas– para un resultado final adverso, o si bien se trata de escenificar su propio liderazgo visibilizando la complejidad de las negociaciones y los méritos del acuerdo que se alcance. Para poder posicionarnos ante esta cuestión, conviene tener presentes varios principios estratégicos que los negociadores en asuntos europeos conocen bien.

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El primer principio es el de llevar las negociaciones al límite, el ‘brinkmanship’del que ya hemos hablado en Agenda Pública respecto a las negociaciones con Grecia. Estamos en una situación parecida al juego del gallina, en el que ambas partes intentan que sea la otra quien ceda en primer lugar. En este tipo de juegos, ambos tienen interés en enviar señales al rival sobre su determinación de aceptar las consecuencias negativas del desacuerdo, en la esperanza que sea el otro jugador quien asuma el coste de actuar racionalmente. Es, pues, en este contexto en el que habría que entender las declaraciones sobre lo improbable del acuerdo, pues los jugadores siguen intentando modificar las posiciones de su rival. El riesgo de este modelo de juego es que frente al más predecible juego del prisionero, el ‘juego del gallina’ tiene dos soluciones posibles: uno de ellos lo ejemplifica la película ‘Trece Días’ sobre la crisis de los misiles cubanos, pero el otro se vio en la crisis diplomática del verano de 1914, cuando todas las potencias adoptaron decisiones no cooperativas a pesar de disponer de alternativas. Aunque naturalmente el Brexit no es comparable con un escenario bélico, no está de más recordar que la Historia ofrece numerosos ejemplos en los que se alcanzan soluciones sub-óptimas por errores de cálculo sobre la posición de los rivales.

El segundo principio es que, como recordó en 2017 Jacob Rees-Mogg –uno de los halcones del Partido Conservador en lo relativo a las negociaciones del Brexit–,  nada está acordado hasta que todo esté acordado. Aunque las dos partes se pusieron de acuerdo de buena fe en alcanzar primero acuerdos sobre las condiciones de la salida –compromisos financieros adquiridos por el Reino Unido con la UE, derechos de los ciudadanos y frontera en Irlanda–, el escollo del backstop irlandés demuestra la interrelación de los asuntos. El de la frontera de Irlanda no se plantearía si el Reino Unido permaneciese en la Unión Aduanera –incompatible con la voluntad de recuperar la política comercial– o en el mercado interior –incompatible con las promesas relativas a la recuperación del control. Ante esta situación, los negociadores europeos consideran que la única solución de emergencia viable que evita una frontera en Irlanda y que mantiene la integridad del mercado europeo en esta isla es un control aduanero entre Irlanda del Norte y el resto del Reino Unido. Aunque esta solución es menos infrecuente de lo que defienden los conservadores británicos –era, por ejemplo, la situación existente entre las Islas Canarias y el resto de España antes de 1991–, parece de momento inaceptable para el partido unionista irlandés DUP, socio clave para la estabilidad parlamentaria de Theresa May.

El escollo de la negociación sobre Irlanda es un obstáculo adicional al principal problema del Gobierno británico de Theresa May: su incapacidad para llegar a un acuerdo dentro de su propio partido sobre qué tipo de ‘Brexit’ (duro o blando) debería tener lugar. El primero tiene el apoyo de los halcones, pero ni los conservadores moderados ni los laboristas se plantearían darle apoyo. Un Brexit blando no es por ahora una opción, dada la oposición de los halcones y que los laboristas ya han dicho que se opondrán a cualquier salida acordada por los conservadores.

En este contexto, ha emergido con fuerza la idea de un ‘People’s Vote’, un referéndum en el que se confirmaría (o no) el acuerdo final, y que en principio incluiría la opción no sólo de rechazarlo, sino también de permanecer en la UE. La campaña por un People’s Vote ha recibido el apoyo de una parte muy importante del Partido Laborista, cuya facción europeísta (liderados por ‘Another Europe is Possible’) está ganando apoyos entre los simpatizantes de Corbyn. El eslogan de esta facción europeísta es Love Corbyn, Hate Brexit (Amamos a Corbyn, odiamos el Brexit), y es actualmente el grupo más influyente pro-remain dentro del Partido Laborista, mucho más que el New Labour, la derecha del partido que no sólo está contra el Brexit, sino también contra el giro a la izquierda laborista liderado por Corbyn.

Sin embargo, el People’s Vote no tiene sólo el apoyo de una gran parte de la base laborista, sino también de unos cuantos conservadores que lideran la campaña ‘Conservatives for a People’s Vote’, como la diputada Anna Soubry. Por tanto, el People’s Vote pudiera tener el apoyo parlamentario que le faltaría al acuerdo final del Brexit. Este sábado 20 de octubre, miles de personas marcharán hasta Westminster para pedir un People’s Vote, una opción que puede canalizar el descontento de los ciudadanos británicos con el Ejecutivo conservador y que podría servir de alternativa para Theresa May a unas elecciones generales que darían, con toda seguridad, el Gobierno a Jeremy Corbyn.

Por último, el tercer principio a recordar es la perenne lección de ‘Barrio Sésamo’ sobre la diferencia entre ‘dentro’ y ‘fuera’; o, por decirlo en términos más académicos, la distinción de Schmitt entre amigo y enemigo. El Gobierno de su Majestad tiene razón cuando recuerda que los compromisos de última hora son habituales en Bruselas, pero haría bien el Foreign Office en hacerse con unas cuantas decenas de copias del libro El paso hacia Europa’, de Luuk Van Middelaarpara recordarle a sus negociadores que las reglas que se aplican a quienes están sentados en la mesa europea son distintas de las reglas para aquellos que están fuera. Es decir, las largas negociaciones europeas se producen entre europeos por el compromiso de mantener las negociaciones abiertas para, en la medida de lo posible, no dejar a un socio en minoría. Pero el Reino Unido se levantó de la mesa en junio de 2016 y desde entonces está en proceso de convertirse en un tercer Estado. Desde la mañana en que anunció la decisión de abandonar la UE, se encuentra en una posición incomodísima: necesita la cooperación de los 27 para producir un Brexit económica, política y socialmente aceptable, pero los 27 han dejado de considerar al RU como un socio cuyos intereses deben tenerse en cuenta para verlo como a un tercer Estado que debe acomodarse a las peculiaridades de la Unión. En este sentido, no está de más apuntar que la teoría de la UE como poder normativo nos recuerda que Bruselas es la principal exportadora mundial de normas: el fracaso actual de las negociaciones sobre el estatus de Irlanda sugiere que no sólo el Reino Unido no está “retomando el control”, sino que la UE parece mucho menos flexible a la hora de acomodar sus intereses que antes de 2016.

La unidad de los 27 en las negociaciones y la división dentro del Gobierno británico acentúan el desequilibrio de poder: paradójicamente, desde ‘fuera’ el Reino Unido está a merced de la UE, que tiene la sartén por el mango. Todo esto no significa que las negociaciones estén abocadas a un Brexit sin acuerdo, pero este escenario sub-óptimo puede producirse si el Gobierno británico no asume que desde el 23 de junio de 2016 ya no se sienta en la misma mesa que los demás.

(¿Es posible llegar a un buen acuerdo?) En #AgendaExterior

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