El atlantismo irreflexivo de Trump en Siria

El ataque de Estados Unidos, Reino Unido y Francia contra infraestructuras sirias presuntamente vinculadas a la fabricación de armas químicas fue una muestra de atlantismo irreflexivo. Donald Trump había justificado previamente la intervención como una cuestión de “seguridad nacional”, con el objetivo de evitar el uso futuro de este tipo de armamento que, el pasado 8 de abril, habría causado 50 muertos y obligado a atender a muchas más por síntomas relacionados con su utilización. Sin embargo, el presidente estadounidense rechazó la idea de una presencia militar permanente en el país mediterráneo, al tiempo que apuntó a Rusia por su alianza con Bashar Asad y su fracaso a la hora de desmantelar el arsenal químico del régimen sirio. Con ello ha aumentado la tensión entre las dos potencias, ya de por sí elevada a causa de las sanciones impuestas al país euroasiático.

Siria ya constituyó un importante dolor de cabeza para la Administración Obama. Su reacción original ante la Primavera Árabe y su tesis de que existía un “lado correcto de la historia” le llevaron a pedir la salida de un aliado tan importante para Estados Unidos como el egipcio Hosni Mubarak y a intervenir militarmente en Libia para derrocar el régimen de Gadafi, en lo que se ha considerado como uno de los grandes fiascos de su Presidencia. Nada hacía pensar que un régimen que había reaccionado de manera similar al del dictador libio, reprimiendo las manifestaciones opositoras, no siguiera un destino similar.

Sin embargo, el presidente estadounidense rechazó la intervención. A pesar de las presiones de miembros tan importantes de su Administración como Hillary Clinton, de senadores influyentes como los republicanos John McCain y Lindsey Graham o de medios tan destacados como The Washington Post, el presidente estadounidense optó por trazar una línea roja basada en la utilización de armas químicas, básicamente asentada sobre la convicción de que el régimen sirio no la cruzaría. El ataque con este tipo de armamento del 21 de agosto de 2013 echó por tierra tal presunción y estuvo a punto de conducir a un ataque limitado de varios días, frustrado finalmente por las divisiones internas de la Administración, su impopularidad entre el electorado y la retirada de algunos aliados como Reino Unido, lo que le llevó a plantear la intervención ante el Congreso estadounidense. La mediación rusa, que llevó a Siria a entregar supuestamente su arsenal químico para que fuera destruido, pareció mitigar el posicionamiento estadounidense y provocó un cambio en la política exterior de Obama sobre la región. Cuando la intervención en Siria se produjo, no se orientó contra el régimen, sino contra la amenaza para la seguridad que suponía el recientemente creado Estado Islámico (EI).

Trump denegó en la campaña presidencial intervenir en guerras ajenas al interés nacional estadounidense. Rechazó explícitamente el conflicto de Irak y afirmó que Estados Unidos no debía “ser un constructor de naciones”. Su discurso se alineaba por aquel entonces con los críticos de la política exterior norteamericana de la posguerra fría, que aglutinaba un conjunto de voces heterogéneas que iban desde académicos realistas a líderes libertarios como Rand Paul, pasando por algunos sectores demócratas pacifistas como el de Bernie Sanders. Todos ellos rechazaban participar en conflictos en los que la seguridad nacional estadounidense no estuviese en juego. Más aún, en los debates de las campañas de primarias y presidencial, Trump llegó a defender la necesidad de colaborar tanto con Rusia como con Asad para combatir al que consideraba el enemigo número uno de Estados Unidos: el Estado Islámico.

A pesar de todo, con el supuesto ataque químico del 4 de abril de 2017 (hace un año) el presidente dio un giro de 180 grados e hizo suya la línea roja de Obama, ordenando una intervención limitada contra la base siria desde el que se lanzó. Dada la disfuncionalidad del proceso de toma de decisiones internas de la Administración, no es fácil conocer la razón real por la que se produjo este cambio. Varias teorías apuntaban a la indignación del presidente con las imágenes de los efectos del ataque, facilitando que los más favorables a responder pudiesen convencerle, e incluso la influencia de su hija Ivanka. En cualquier caso, la intervención no tuvo aparentemente continuidad y los esfuerzos de la Administración se concentraron nuevamente en la batalla contra el EI.

El ataque del 14 de abril, justamente un año después de los acontecimientos descritos, se produce en un momento completamente diferente. Por un lado, el proceso de toma de decisiones está condicionado por la retirada de dirigentes tan relevantes como el director del Consejo Económico Nacional Gary Cohn, el secretario de Estado Rex Tillerson y el consejero de Seguridad Nacional Herbert McMaster. Con ello, los sectores liberal y realista de la Administración han quedado debilitados fortaleciendo, en cambio, el ala más cercana al neoconservadurismo y al intervencionismo con el nombramiento de John Bolton como consejero de Seguridad Nacional y la propuesta de Mike Pompeo para secretario de Estado.

Por otro lado, las condiciones sobre el terreno en Siria, aquéllas que hicieron que Obama se planteara seriamente la intervención y sobre las que incluso halcones como Bolton se muestran hoy escépticos, se han mantenido o incluso han empeorado:

1.- Una oposición dividida y crecientemente debilitada por la ofensiva del régimen y sus aliados, con elementos extremistas en sus filas vinculados a diferentes movimientos yihadistas. Los kurdos son la excepción. Su posición no es antitética con la del régimen debido a que su prioridad es, antes que el cambio de régimen, la autonomía de las zonas donde son mayoritarios.

2.- La presencia de grandes potencias y potencias regionales (Rusia e Irán) hace al régimen de Asad diferente del de Gadafi, que careció de apoyos internacionales de relevancia. Además, este apoyo convierte en una posibilidad real la colisión de las potencias intervinientes con fuerzas de ambos países que operan sobre el terreno.

3- La poca convicción de que una intervención a pequeña escala o de castigo sea suficiente para marcar la diferencia y evitar ulteriores usos de armas químicas, así como la improbabilidad de que dé resultado una de mayor entidad, dirigida a cambiar el régimen, como demuestran los precedentes de Libia o Irak.

La decisión de intervenir antes de que los inspectores finalizaran su investigación y recopilación de mayores evidencias, tal y como defendía Jim Mattis, secretario de Defensa,  tiene además el riesgo de fortalecer, de cara a la opinión pública, el argumento ruso de “ataque fabricado”. Se trata de un asunto no menor debido a la sensibilidad hacia este argumento de ciertos sectores de la opinión pública, dado el precedente iraquí.

Todos estos factores hacen que la intervención, planteada sin estrategia alguna ni un objetivo claro -más allá de castigar al régimen por el ataque químico-, merezca una reflexión más sosegada por parte de unos líderes que no parecen haber aprendido de las lecciones del pasado y carecen de evidencia sobre su resultado. Si no es así, caricaturizarán las intervenciones ideológicas de la posguerra fría y convertirán sus convicciones en un problema colectivo que va más allá del presidente Trump.

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1 Comentario

  1. Carlos López
    Carlos López 04-15-2018

    Pues a mi me ha parecido que, afortunadamente, han pasado ya los años de irresponsable dejar hacer de Obama. El límite será pequeño (armas químicas) pero al menos se respalda, no queda en buenos deseos.

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