Educación, la brecha inversa

Cuando pensamos en la brecha de género damos por supuesto que el desempeño femenino es peor. Pero en educación no es el caso. Si tomamos como referencia el indicador más básico, el abandono educativo temprano (población sin estudios secundarios superiores —Bachillerato o Ciclo Medio de Formación Profesional— y que no cursa estudios, reglados o no reglados), apreciamos que en el último cuarto de siglo la ejecución de las mujeres es mejor.

¿A qué se debe? Quizá a que las mujeres sean más listas, pero no parece el caso: los estudios sobre inteligencia señalan que hombres y mujeres tenemos el mismo nivel de inteligencia. Podría deberse a su especialización, pues hay estudios que señalan que este promedio esconde diferentes aptitudes, con mejores resultados femeninos en áreas relacionadas con el lenguaje, más transversales al currículum. Por ejemplo, en el informe PISA de evaluación de estudiantes las mujeres superan a los varones en las pruebas de lectura en los 72 países analizados; pero también en la mayoría, como ocurre en España, los hombres muestran mejores resultados en matemáticas. No es fácil discernir si esta especialización se debe a la socialización diferencial de género o a la naturaleza, pero sí observamos variaciones entre países o a lo largo del tiempo como para intuir que no todo es naturaleza.

La diferencia puede estar en la cultura escolar. La feminización de la profesión docente, los métodos didácticos que insisten en la presentación ordenada y pulcra de las tareas y la penalización de la desobediencia y de los comportamientos de riesgo físico pueden estar provocando que el espacio escolar esté cada vez más alejado de lo que se espera del macho, por lo que los chicos vivirían la escuela como ajena a la construcción social de su masculinidad. Pero estos elementos están ahí desde hace mucho tiempo, desde que las mujeres tenían peores resultados escolares, y además observamos que hay cambios rápidos como los sucedidos tras la crisis (de 2008 en adelante) mientras que todos esos factores, cuando cambian, lo suelen hacer de forma más pausada.

El hecho de que, tras la crisis, se haya producido un descenso rápido de las tasas de abandono educativo, intenso para varones y mujeres, nos pone en la pista del mercado de trabajo. Las personas toman sus decisiones educativas en el marco de tres instituciones: familia, escuela y mercado de trabajo. La primera y la tercera son espacios que generan más desigualdad de género que la escuela. En ésta, con ajustarse a las expectativas de la institución se obtienen buenos resultados, y las expectativas son ser obedientes y obtener buenos resultados en los exámenes; mientras que en la familia se espera que las mujeres dediquen más tiempo a trabajo no remunerado, y el mercado laboral está diseñado como si no existiese dicho trabajo. Como resultado, la discriminación en la familia y en el trabajo se compensa con una mayor inversión en el ámbito más igualitario: la educación.

Fuente:  Elaboración propia con datos de Eurostat, indicador edat_lfse_14

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