Donald Trump y la política asiática de Estados Unidos

El viaje por cinco países del presidente de Estados Unidos, Donald Trump ha sido identificado como el viaje más largo por Asia de un presidente estadounidense en décadas. Entre sus escalas, que abarcan Japón, Corea del Sur, China, Vietnam y Filipinas, se ha elegido tanto a Estados aliados como rivales de la potencia norteamericana y, la mayor parte de ellos, con cierto valor estratégico para Estados Unidos en materia económica pero, principalmente, de seguridad. A esto cabe añadir el encuentro de la APEC, donde estarán presentes también líderes de otros Estados de la región e incluso el presidente de Rusia, con quien el presidente Trump reiteró la conveniencia de mantener buenas relaciones y el de la ASEAN, dos de los foros económicos y políticos más importantes de la región. A priori, este viaje podría llevar a realzar la importancia de la región de Asia-Pacífico, rebautizada en este viaje como región Indo-Pacífica, para la política exterior de Estados Unidos.

Este extremo no es fácil de rebatir. Desde la presidencia de su antecesor, Barack Obama, la región de Asia-Pacífico se planteó como uno de los escenarios estratégicos clave para la política exterior estadounidense. Asuntos clave como el crecimiento de China como un potencial rival por la hegemonía regional, los conflictos territoriales en los mares del Sur y del Este de China, los crecientes desafíos para la seguridad regional de potencias como Corea del Norte y la creciente importancia económica y comercial de la región, provocaron que ésta fuera considerada de interés prioritario para la política exterior estadounidense en diferentes discursos y documentos estratégicos.

Estrategias como el famoso Pivot o Giro hacia el Pacífico, defendida por decisores de la Administración y apoyada por líderes como el propio presidente Obama, autoproclamado “primer presidente estadounidense del Pacífico”, la secretaria de Estado Hillary Clinton, el consejero de Seguridad Nacional Tom Donilon o el secretario de Estado adjunto para Asia Oriental y el Pacífico Kurt Campbell, fueron precisamente justificadas en estos términos. Dicha estrategia, pretendía incrementar la presencia estadounidense en dicha región a efectos de afrontar estos desafíos regionales. Sin embargo, la necesidad de atender otros escenarios como el Próximo Oriente después de la Primavera Árabe y Europa Oriental, llevaría a críticas por la falta de materialización de dicha política que incluyeron a los propios líderes asiáticos, por considerar que Estados Unidos se desentendía de sus problemas regionales, pese a iniciativas como el TPP o Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio.

De manera coetánea a este debate, en los círculos académicos estadounidense comenzaron a aparecer debates como la necesidad de contención de China como principal desafío para la seguridad estadounidense, propuesta realizada por el conocido autor realista John Mearsheimer o la famosa interpretación ex post, de la obra de Tucídides encabezada por el conocido académico Graham Allison, que analizó la famosa Trampa de Tucídides, que plantea la posibilidad real de que la rivalidad entre una ascendente China y una hegemónica Estados Unidos pudiese conducir a una guerra como sucedió, entre otros casos, con Atenas y Esparta.

El candidato Donald Trump no demostró tener durante la campaña un especial interés en la política asiática de Estados Unidos al centrarse en la lucha contra el Estado Islámico, en la necesidad de colaborar con Estados como Rusia para combatir el terrorismo o en rechazar guerras de elección como Irak. Únicamente dos temas que afectaban a la región tuvieron un papel en su agenda: las críticas a China por su política económica y comercial y la parte que les tocaba a los aliados asiáticos por no gastar lo suficiente en su propia defensa y depender de Estados Unidos en la materia.

Este corto listado de asuntos fue modificándose con el tiempo. Entre los primeros líderes con los que el presidente estadounidense se reunió o habló destaca, precisamente, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, que fue particularmente hábil al diseñar su estrategia de acercamiento a un siempre difícil líder estadounidense, y la entonces presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye. Las garantías en materia de seguridad a sus aliados asiáticos fueron mantenidas, pese a la frustración de los mismos por el abandono de iniciativas prioritarias para ellos como el TPP. Más tarde llegaría el acercamiento al presidente Xi Jinping con su visita a la residencia de Mar e Lago que serviría para acercar posiciones y suavizar las declaraciones electorales del presidente estadounidense.

Este creciente interés se ha incrementado con el desarrollo del programa armamentístico de Corea del Norte, que ha ido escalando puestos en la lista de prioridades de la Administración, al suponer una creciente amenaza para la seguridad de Estados Unidos y sus aliados regionales. Este hecho se puso de manifiesto en destacados discursos como el que lanzó el presidente estadounidense en Naciones Unidas, donde identificó a Corea del Norte como una de sus principales prioridades.

Precisamente el asunto de Corea del Norte, junto con la política económica y comercial, definida como “vital” en su discurso de la APEC, han sido los ejes centrales de este viaje. Defendiendo reiteradamente la estabilidad regional a través de una política de “paz a través de la fuerza” que rememora al presidente Reagan, el presidente Trump ha reivindicado el rol estadounidense como potencia regional -igual que hizo Obama- demandando, al mismo tiempo, la necesidad de modificaciones y cambios en los acuerdos comerciales con los diferentes Estados de la región a efectos de reducir el déficit comercial estadounidense, priorizando los acuerdos bilaterales pese a la posibilidad de que un modelo alternativo al del TPP siguiese adelante sin presencia de Estados Unidos. Llama la atención, en cambio y pendiente el discurso ante la ASEAN, la ausencia de referencias a asuntos controvertidos pero enormemente relevantes desde el punto de vista de la seguridad y estabilidad regional como los conflictos territoriales de los Mares del Sur y del Este de China, que no han merecido más que una breve referencia durante su discurso de Tokio, de acuerdo con la tradicional postura estadounidense de garantizar la libre navegación en la zona y que ya causó ciertas tensiones con China durante los mandatos del presidente Obama.

Tampoco hubo menciones a aspectos ideológicos o de valores como la democracia o los derechos humanos algo que, por cierto, tampoco estuvo presente en la primera visita de Hillary Clinton como secretaria de Estado a Asia. Si que puede observarse cierta evolución en su discurso hacia posiciones más tradicionales de política exterior, en especial en sus referencias a la naturaleza autocrática de Corea del Norte, que enlazan con posturas neoconservadoras, que ya pudimos ver en sus pronunciamientos sobre el acuerdo nuclear con Irán. Este es un extremo que se confirmaría en el caso de que la supuesta “alianza de democracias” con la que algunos analistas están especulando frente a los desafíos de seguridad de la región, fuese llevada a cabo.

En definitiva, un viaje sin aportaciones novedosas que marca una importante línea de continuidad con su predecesor, salvo en lo que respecta a las cuestiones comerciales. Sigue pendiente el gran reto de esbozar una estrategia de política exterior coherente hacia una región crecientemente relevante en cuestiones de seguridad, con asuntos de naturaleza vital como el ascenso y la creciente asertividad de China y, en menor medida, el plan nuclear de Corea del Norte. A esto cabe añadir los problemas provocados por la disfuncionalidad del proceso de toma de decisiones de la Administración y la imprevisibilidad de las acciones de una política exterior, marcada por una mezcla incoherente de posturas ideológicas jacksonianas, realistas y neoconservadoras, presentes tradicionalmente en el Partido Republicano.

Encauzar los citados desafíos es un elemento clave si la Administración quiere desarrollar una política exitosa hacia la región, que cumpla con los objetivos planteados por la misma en su política internacional.

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