Discursos odiosos, que no del odio

Hazteoir, grupo ultracatólico, ha exhibido en Madrid un autobús con lemas que han sido considerados contrarios a la transexualidad. Mientras, en el carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, el Drag Sethlas, levantaba la polémica al aparecer travestido como una Virgen y como un Cristo crucificado. Son dos ejemplos recientes que han merecido, por unos grupos u otros, el título de discursos odiosos e, incluso, han dado pie a que se plantee la apertura de diligencias penales.

Sin embargo, creo que se está recurriendo al término “odio” de forma un tanto ligera, banalizando el propio sentido del término y, con ello, exagerando las respuestas. Odiar implica un sentimiento de aversión u hostilidad, desear un mal a otro. No es lo mismo, por tanto, que burlarse o que cuestionar las ideas ajenas, aunque se haga de forma hiriente o despreciativa. Jurídicamente el término “discurso del odio” es una categoría todavía más precisa, dentro de la falta de determinación normativa de la misma y que se refiere, únicamente, a aquellas formas más graves de expresión, dirigidas contra grupos especialmente vulnerables, “que difunden, incitan, promueven o justifican el odio racial, la xenofobia, el antisemitismo y otras formas de odio racial y de intolerancia” (R (97) 20 del Consejo de Europa sobre discurso del odio de 30 de octubre de 1997). La provocación a cometer actos violentos u hostiles o la humillación de ciertos colectivos por motivos discriminatorios no quedará amparada y el propio Código penal las castiga en su artículo 510 (no exento de críticas constitucionales por su imprecisa formulación, todo sea dicho).

Ahora bien, al final, si todo es odio, si reprochamos cualquier estridencia que choque contra nuestras ideas o desprecie los símbolos con los que nos sentimos identificados, confundiéndolas con auténticos actos de humillación o de insulto; si por nuestra sensibilidad social (o, quizá, hipersensibilidad) banalizamos lo que son verdaderas ofensas, al final nos quedaremos sin libertad y viviremos en una sociedad intolerante. El respeto a la diversidad de identidades individuales y colectivas es un valor digno de consideración, pero debemos comprender también que nuestra sociedad es plural y que ello comporta, necesariamente, la confrontación y el contraste de visiones, sobre todo en un mundo inter-conectado, donde cada vez son menos los espacios privados. Los medios de comunicación y las redes sociales amplifican nuestras actuaciones. Lo que antes quedaba en la privacidad de un grupo –desde una homilía hasta una gala carnavalesca, pasando por un chiste de barra de bar-, ahora abre telediarios nacionales. Más allá del legítimo proselitismo de las propias ideas, como puede ser circular un autobús por una ciudad o convocar una manifestación. Todo lo cual exige que contextualicemos adecuadamente y también que asumamos la diversidad. Igual que no podemos estar continuamente sintiéndonos ofendidos, también tenemos que tratar de ser respetuosos en nuestras expresiones públicas.

En una democracia plural habrá grupos (normalmente “grupúsculos”) intolerantes, que propugnen mensajes ciertamente indeseables. De hecho, no podemos olvidar que la libertad de expresión protege ser racista, e incluso expresarse y reunirse con personas que piensen como tales, siempre que no se insulte a otras personas ni se provoquen actos violentos. Y, sobre todo, lo que no protege es actuar como un racista. Éste es el equilibrio básico y el coste de vivir en una democracia liberal. Desde una perspectiva jurídica la respuesta no puede ser la sanción a los hirientes transgresores –sí a quienes insultan, humillan o amenazan-; pero socialmente sí que podemos demostrar firmeza repudiando a los que atacan los valores democráticos de convivencia, al tiempo que se ha de mostrar tolerancia y respeto hacia quienes piensan distinto, libres de odios. Porque todos, con nuestras diferentes formas de ver el Mundo y de buscar la Verdad, convivimos en un espacio común como personas libres y con igual dignidad.

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