Desigualdad, salud y política

El sociólogo Göran Therborn define la desigualdad como una violación de la dignidad humana y una negación de la posibilidad de desarrollo de las capacidades humanas que puede adoptar múltiples formas y que tiene múltiples consecuencias. En su ensayo La desigualdad mata, el sociólogo sueco ofrece una teoría multidimensional sobre la desigualdad y logra definirla en base a tres pilares cuya combinación o existencia lastiman la capacidad de funcionar plenamente como un ser humano y de poder optar por una vida de dignidad y bienestar. Estos tres pilares son la desigualdad vital, basada en la salud física y mental, la desigualdad existencial, relacionada con la autonomía, los derechos y la libertad de las personas, y la desigualdad de recursos, centrada en los aspectos económicos y materiales. Los tres se relacionan y se entrelazan formando un fenómeno social complejo cuyo análisis no puede ser más que multidimensional.

La relación que se da entre dos de esos tres pilares de la desigualdad, el de recursos y el vital,  es la que Elisa Díaz Martínez analiza en un artículo para el Observatorio Social de “la Caixa” sobre desigualdad en España y salud. El artículo se centra en el estudio de la relación existente entre desempleo y estancamiento de la movilidad social y los efectos negativos sobre el bienestar y las condiciones de vida de los españoles. La autora explica cómo la incipiente recuperación macroeconómica no compensa los efectos sociales devastadores que la crisis de 2008 ha provocado en el seno de la sociedad española, en especial en los más vulnerables: mayor desprotección social, incremento del desempleo, subida del índice de Gini, de la tasa de pobreza y del indicador AROPE entre 2008 y 2014. Estos efectos negativos no afectaron igual a toda la estructura social española, sino que fueron y son especialmente duros en ciertos grupos que no están percibiendo los frutos del actual crecimiento económico ni se benefician de ningún tipo de distribución de la riqueza.

Tanto la pérdida de empleo como las consecuencias sociales de la crisis económica se han cebado con la base de la estructura social, es decir, los trabajadores de cuello azul y los más desfavorecidos que ya partían de una situación más vulnerable antes de la crisis. Como este grafico de Kiko Llaneras muestra, ha sido la población situada en los percentiles más bajos de la distribución de ingresos los que más poder ingresos han perdido a lo largo de la crisis económica en España (2007-2013).

Esto, como bien muestra el estudio de Elisa Díaz Martínez, ha tenido efectos negativos sobre la salud de estos grupos sociales. A pesar de ser el segundo país con mayor esperanza de vida del mundo, la salud de los españoles, en especial los situados en la base de la estructura social, se ha resentido a lo largo de estos años de crisis. La prevalencia de algunas de las enfermedades más comunes como las que aparecen en este gráfico nº2 afecta en mayor porcentaje a aquellas personas que tienen un menor nivel de estudios (y se encuentran en paro o con trabajos de cuello azul).

Pero no solo eso. La falta de recursos o expectativas vitales también se refleja en la percepción subjetiva de la propia salud: los trabajadores no cualificados, los cualificados del sector primario y los semi-cualificados perciben su salud peor que aquellos situados en la parte más alta de la estructura social y salarial.

Esta desigualdad vital, es decir, relacionada con la propia salud física no solo es percibida, sino que tiene una base muy real. Problemas comunes de salud como la tensión alta o el dolor de espalda se dan en las categorías sociales más bajas.

Los efectos de la falta de recursos económicos, de la precariedad laboral y de la escasez de oportunidades vitales, que averían el ascensor social, sobre la salud de las personas, es decir, sobre su propia integridad física y mental, quedan demostrados: la desigualdad vital atrofia nuestras vidas. La hace más odiosa, más breve y más dependiente aumentando la morbilidad y la prevalencia de enfermedades crónicas en especial en la población que se sitúa en la base de la estructura social. ¿Pero qué podemos hacer para evitar que la desigualdad económica y de recursos existente deje de golpear sistemáticamente a los más desfavorecidos?

Una de las posibles soluciones está en la política. En los últimos tiempos y relacionado con el estudio de la desigualdad, se ha analizado el papel de los distintos grupos sociales en el proceso democrático para explicar los fundamentos políticos de la desigualdad económica. Es un hecho que los sectores más desfavorecidos de la población no acostumbran a participar del sistema político, sobre todo, a nivel electoral. Los barrios más pobres o con mayores índices de exclusión social son los que menos participan políticamente y la abstención alcanza niveles de récord. En su último libro, el profesor de la Universidad de California Russel J. Dalton, explica que una de las causas de la existencia de la desigualdad socioeconómica se da en el abismo que se produce entre la participación política de los más acomodados y la de los más desfavorecidos: la participación de lo más ricos les permite actuar como un actor social con capacidad para defender sus intereses como grupo dentro del proceso democrático. Eso explicaría que los representantes políticos siempre estén dispuestos a atender las demandas de los grupos con más poder económico, ya que participan más políticamente y tienen mecanismos para influir en el proceso político. En la misma línea insiste Branko Milanovic, uno de los mayores expertos sobre desigualdad del mundo, cuando afirma que el poder y la influencia de los que más tienen sobre el proceso político conduce a los representantes a elaborar y diseñar políticas públicas que fortalecen dicha posición social y económica convirtiendo el sistema democrático en una plutocracia. La abstracción política que se da en los sectores más desfavorecidos, cuya participación política, social y electoral es mucho menor que la de los sectores más pudientes, hace que sus demandas y peticiones económicas o sociales no sean atendidas por unos representantes políticos que prefieren dirigir sus esfuerzos y sus campañas hacía aquellos sectores, clases medias mayoritariamente, cuya participación en el proceso político y por lo tanto en el juego electoral está garantizada.

Intentar acabar con la desigualdad vital, basada en el deterioro de la salud física y mental de las personas, necesita atacar a la vez la desigualdad de recursos y la desigualdad existencial. Para poder atajar esta problemática debemos favorecer un aumento de la participación política de los sectores más desfavorecidos para que su voz y sus demandas puedan ser atendidas, lo que redundaría en políticas públicas destinadas a combatir las causas del deterioro de su situación social y económica (política de vivienda, educativa, de rentas, etc.). Una vez entren en funcionamiento estas políticas públicas sociales, laborales y económicas, la salud de estos sectores de la población comenzará a equilibrarse con la de los sectores más favorecidos. Un enfoque multidimensional que ataque a la vez la desigualdad existencial, la de recursos y la de salud es necesario para poder garantizar una vida digna a aquellos que padecen esta situación.

Artículo realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”

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